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DESDE OTRA ORILLA

De genocidios y guerras, cien años después

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
viernes 05 de septiembre de 2014, 20:12h

Era inevitable, y por supuesto saludable, que con motivo del aniversario que conmemora los cien años del comienzo de la I Guerra Mundial proliferaran evocaciones y análisis de aquel luctuoso acontecimiento. No es ese el único acontecimiento que suscita la revisión histórica y la correspondiente remoción de la memoria. En parecidas circunstancias, aunque con menos años de distancia y en perspectivas de diverso alcance, la hemos contemplado repetidamente con la II Guerra Mundial, con la de Corea, con la de Vietnam, con el asesinato de Kennedy y ahora mismo con las cuatro décadas trascurridas desde que Nixon se viera obligado a abandonar la presidencia de los Estados Unidos. Por no hablar de nuestras particulares, felices o infelices, efemérides: la Guerra Civil, el desastre del 98, la Transición, el reinado de Juan Carlos I. En mayor o menor medida han sido encrucijadas en que perspectivas nacionales, internacionales o ambas han contemplado un rotundo cambio de orientación y expectativas para definir un nuevo rumbo en naciones y pueblos. Era imperativo que ante tales terremotos históricos, y en el recuerdo de los mismos, historiadores, analistas y gentes del común se pregunten no solo por lo que ocurrió sino además por algo que tiene una vigencia inmediata: ¿son las circunstancias actuales parecidas a las que existían cuando, por ejemplo, estalló la I Guerra Mundial? ¿Podríamos temer que la similitud de situaciones, en caso de darse, podría abocarnos a una similar o parecida catástrofe? Es este el recodo en que Cicerón merece una y mil veces ser citado:”Historia vero testis temporum, lux veritatis, vita memoriae, magistra vitae, nuntia vetustatis”. (“De oratore”, II, 36)

La tentación determinista, no demasiado lejana de una visión cíclica y repetitiva de la historia humana, apostaría por la inminencia de la catástrofe. Elementos suficientes existen, dirían, para esperar que si la lección de la historia no es suficientemente aprendida, las consecuencias de la terrible experiencia de hace un siglo- guerra, desolación y muerte- se repitan con precisión matemática. Pero no hace falta mucha elaboración intelectual o vital para comprender que las circunstancias no son las mismas, que el mundo ha sufrido desde entonces profundos cambios en su estructura y comportamiento, que las guerras mundiales del siglo XX introdujeron en la conducta de la humanidad pautas de comportamiento distintas a las que desembocaron en aquellas catástrofes y que en definitiva, después de mucha sangre, no poco sudor e incontables lágrimas, la comunidad internacional es algo mejor y una tanto más responsable. Al fin y al cabo, y es lo que nos anima a descartar las similitudes mecánicas, ya no existe la competición que durante decenios marcó las relaciones entre los Imperios Centrales y de ellos con la Rusia no menos Imperial, ni tampoco el temor francés a ser arrollado de nuevo por la bota prusiana o la preocupación británica, tan Imperial como las demás, de mantener en equilibrio al resto de los principales actores internacionales. Tampoco estamos contemplando la traumática disolución del Imperio Otomano ni los peligrosos estallidos nacionalistas de los Balcanes, que fueron los que en definitiva encendieron la mecha de la conflagración.

Y sin embargo el recuento de los focos de conflicto que en este mismo momento producen dolor en sus millares de víctimas y atención en los responsables internacionales, tanto por su número como por su alcance, no puede ser archivado en los anaqueles de la normalidad. La llaga sangrante del Oriente Medio nos llega todos los días en versiones que el paso del tiempo no hace más que agravar y en las que se mezclan las imprevisibles consecuencias geopolíticas con los inenarrables sufrimientos de millones de personas a los que la guerra ha privado de la vida, o de la libertad, o de la dignidad elemental de su condición como consecuencia de aberrantes limpiezas étnicas, o sectarias, o religiosas, o políticas. Algunos dirán que en ello se encuentra la venganza de un pasado mal resuelto, precisamente aquel en que las potencias coloniales del momento, Francia e Inglaterra, no tuvieron más intereses que los propios a la hora de repartirse los despojos de la Sublime Puerta. Es un aceptable punto de vista que no acaba de solucionar el dilema: ¿vamos a contemplar impávidos la disolución de Libia, la perpetuación en Egipto de fórmulas represivas, la eterna continuación del conflicto entre palestinos e israelíes, la brutalidad del régimen sirio, la debilidad jordana y libanesa, las pugnas mortales por persona interpuesta entre iraníes y saudíes, la proliferación de la yihad genocida, la fragilidad de lo que queda de Irak, los acrecentados peligros terroristas en esa y en otras partes del mundo? Dirán los partidarios del realismo a ultranza que nada de ello supera el ámbito regional y que consiguientemente es limitada la capacidad de contagio. Añadirán además que solo los Estados Unidos tienen capacidad de intervención y que ausentes otros protagonistas mayores en la escena internacional –expresión piadosa que incluye a europeos, rusos y chinos- la misma abstención relativa de los americanos –matizada ahora un tanto por las urgencias humanitarias- condena a los combatientes a una guerra de lenta exterminación. Sin que el resto del universo tenga que darse por aludido. Es cierto lo primero. También lo es que tuvo que ser la gran democracia americana la que en las dos grandes guerras mundiales del XX se vio forzada a sacar las castañas del fuego a la doliente humanidad democrática europea. Y lo de la alusión tiene versiones varias: pocos fueron los que pensaron en 1914 que el asesinato de Archiduque Francisco Fernando, heredero del Imperio Austro Húngaro, mereciera una guerra mundial. ¿Podemos estar seguros de que no hay en estos momentos un Gavrilo Prinzip buscando a su particular archiduque? Eran más de setenta los que en la monarquía dual ostentaban ese título.

Y para los que todavía quieran practicar el rosáceo optimismo, nos queda siempre Vladimir Putin, que quisiera reencontrar Rusia allá donde la dejaron los zares y que para conseguirlo está dispuesto a violar las normas internacionales sobre la integridad territorial de los Estados y la inviolabilidad de sus fronteras. Si hace falta, armando a los insurrectos con proyectiles capaces de derribar aviones comerciales transportando a centenares de pasajeros.

Es cierto, nada es lo mismo. Pero a lo mejor sería de buena administración que alguien calculara lo que podría ocurrir en el caso de que lo fuera. Prinzip, un nacionalista serbio, tenía diecinueve años cuando asesinó al Archiduque. Y todavía resuenan las invocaciones del sabio Cicerón ante la traicionera insensatez:”Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? quam diu etiam furor iste tuus nos eludet? quem ad finem sese effrenata iactabit audacia?” . (“Oratio in Catilinam prima in Senato habita”).

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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