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NOVELA

Karl Ove Knausgard: Un hombre enamorado

domingo 07 de septiembre de 2014, 10:51h
Karl Ove Knausgard: Un hombre enamorado
Traducción de Kirsti Baggethum y Asunción Lorenzo. Anagrama. Barcelona, 2014. 629 pág. 24,90 €. Libro electrónico: 15,99 €

Por José Miguel G. Soriano
«Todas las grandes novelas de nuestra época -dejó sentado hace años Alejo Carpentier- comenzaron por hacer exclamar al lector: ¡Esto no es una novela!». Relato, ensayo, crónica o dietario entremezclados, la obra de Karl Ove Knausgard (Oslo, 1968), parece responder a esa máxima. Con una inquietante advertencia («el verano ha sido largo, y aún no ha terminado») y una fecha , 29 de julio de 2008, da comienzo Un hombre enamorado, el segundo tomo de una amplia saga autobiográfica, provocadoramente titulada Mi lucha (Mein Kampf), de seis volúmenes y un total de 3.600 páginas que su autor comenzó a escribir como modo de superar una larga crisis creativa y vital y que, en un ciclo de apenas tres años, se ha asentado como uno de los mayores éxitos populares -se calcula que uno de cada cinco noruegos ha leído alguno de sus libros- dentro de una literatura, la nórdica, plagada por otro lado de grandes fenómenos recientes de best sellers (Larsson, Paasilinna, Gaarder…).


Tras un primer volumen centrado en la adolescencia y en la figura de su progenitor, alcohólico y autodestructivo, en Un hombre enamorado Knausgard prosigue su inquebrantable tarea de escrutinio del propio yo, del núcleo más profundo de la existencia humana y de la sociedad circundante, centrada esta vez en las frustraciones de su cotidianeidad conyugal y como padre de familia, descritas con meticulosidad y sin ocultar detalles: «La vida que vivía no era la mía propia. Intentaba convertirla en mi vida, esa era la lucha que libraba». Tras abandonar su país noruego natal, se muda a Estocolmo y su mundo cambia al enamorarse de quien habrá de ser su segunda esposa. La felicidad apasionada de un principio, la decidida experiencia de la paternidad darán paso, una vez vividas, a una creciente añoranza de una -supuesta- libertad perdida, del tiempo necesario para relacionarse con otros escritores y de soledad para producir su propia obra, compatibles –eso sí– con el escrupuloso cumplimiento de las obligaciones y rutinas del hogar.


Si la literatura es una cuestión de observación atenta, de mirada sensible y de posterior reflexión -además de selección-, en la escritura del autor noruego el lector se sumerge, dentro de un discurso ininterrumpido y sin cortes visibles, en una monótona reiteración de sucesos banales, de descripciones desmesuradamente puntillosas junto a reflexiones filosóficas u opiniones literarias, a la vez que se suceden los grandes acontecimientos que determinan una biografía. No todos los apuntes atesoran el mismo valor y debía por ello imponerse, en teoría, una rigurosa poda; sin embargo, su éxito ha consistido, precisamente, en la transgresión de la medida, en el atrevimiento de Knausgard por narrar una vida auténtica, la suya, desvelando los más íntimos sentimientos y declarando opiniones bien opuestas al consenso general. El lector, secretamente, disfruta con este ejercicio de descarnada honestidad y comprobando las correspondencias con su propia existencia.


Lo ingente de su proyecto ha hecho comparar la saga de Knausgard con En busca del tiempo perdido, modelo de una novela intimista que no se ha agotado. Las semejanzas se cifrarían en su extensión, de miles de páginas; la introspección y el autoanálisis; la minuciosa capacidad de observación y descripción; la libertad con que se suceden las evocaciones; y la presencia de reflexiones psicológicas y morales que desbordan lo puramente narrativo. No habría similitud, en cambio, en la transfiguración poética de la realidad operada por Proust, la hondura lírica de sus imágenes -en Knausgard, la vida real, el recuerdo del pasado, aparecen despojados de toda aura-, y en el estilo proustiano, de frases largas y sinuosas, sintácticamente complejas -frente al lenguaje directo, de oraciones breves y sin excesos verbales, del autor noruego-. Pero sí pudiéramos encontrarnos, ante Mi lucha, con un edificio literario con la inspiración de los grandes clásicos. El acierto de la claridad, sin merma de la profundidad, no está al alcance de todos los escritores; y de ahí que, como escribiera James Wood en The New Yorker, «There is something ceaselessly compelling about Knausgard’s book: even when I was bored, I was interested».





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