Pocas veces han llegado tantos mensajes de condolencia procedentes del mundo de la cultura y del deporte por la muerte de un banquero, como ha ocurrido, sin embargo, desde que se ha conocido la noticia del fallecimiento del Presidente del Banco Santander. Especialmente, en estos tiempos de oscura época de crisis financiera. Porque lo más sencillo es, desde luego, generalizar. Dar rienda suelta a esa manía tan humana de meter en un mismo saco a todos los que hubieran podido entrar en él – por su profesión o cualquier otra circunstancia - pero que, por el contrario, supieron desde siempre que nunca les gustaría estar dentro. Patrocinio o mecenazgo, llamémoslo como más nos guste dependiendo de la modalidad, pero si hoy, desde distintos centros culturales, universitarios o deportivos, continúan llegando declaraciones que lamentan la muerte de Emilio Botín, es porque el banquero siempre estuvo volcado en la formación, el desarrollo y la promoción de la cultura española en todo el mundo.
Por supuesto, también del deporte y, en especial, del que se había quedado prendado en los últimos años, la Fórmula 1. No era extraño verle caminar por los circuitos o con los cascos puestos en el garaje frente a un monitor. Fernando Alonso y Emilio Botín llegaron a formar tan buen equipo, que sin el respaldo de la inyección económica de 200 millones de euros a Ferrari a través de un acuerdo de patrocinio del Banco Santander, vigente hasta 2017, al piloto asturiano le habría costado bastante más cumplir su sueño de correr en el coche del “cavallino rampante”. Aunque ahora ese sueño se parezca más a una esperpéntica pesadilla, pero eso es otra historia. Esta mañana, Alonso tuiteaba su pesar por la pérdida de quien se había convertido en su amigo, además de patrocinador. Justo el mismo día en que el piloto se quedaba sin su otro mentor en la escudería italiana: el presidente Lucca Cordero di Montezzemolo acababa de anunciar su dimisión a causa del lamentable curso automovilístico que este año protagoniza Ferrari. Este año y los dos o tres anteriores. Sin embargo, Botín era de esas personas que, cuando de verdad creen en algo y apuestan por ello, no se dejan vencer por el desaliento a las primeras de cambio. Tampoco a las segundas ni a las terceras.
De hecho, no hace mucho, Botín contestaba a las preguntas sobre la mala racha de los bólidos rojos, asegurando que: “Ferrari es el mejor de la historia porque la historia no son los cinco últimos años”. Y añadía: “Si Ferrari hiciera un equipo de futbol, lo patrocinaríamos”. Porque no hay duda de que buena parte del éxito reside en creer en aquello que se hace, aunque, por desgracia, no todo el mundo con fe inquebrantable en su profesión disponga de los recursos necesarios para poder dedicarse a ello. Por eso, muchas veces, en unas épocas más que en otras, sin el apoyo de los mecenas, no podríamos disfrutar de algunas obras de arte que forman ya parte de nuestra cultura universal. Precisamente, el presidente del Banco Santander tenía previsto asistir este miércoles a la presentación del cuadro “La educación de la Virgen”, de Velázquez, después de la restauración que se ha llevado a cabo durante tres años y que ha contado con el apoyo del Santander. En 2011, el propio Botín firmó en Nueva York un acuerdo con la Universidad de Yale, en cuyos almacenes había aparecido la obra en un lamentable estado de conservación, para financiar los trabajos de restauración y el traslado a España de la misma para su realización.
En Santander, era, sin duda, donde más invertía. En todos los campos. Como cuando su Fundación realizó la construcción del Centro de Investigación de Altamira, cuevas descubiertas por el abuelo del banquero, Marcelino Sanz de Sautuola. Nada más conocerse el fallecimiento de Botín, la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, convertía el previsto acto de clausura de sus Cursos de Verano en un homenaje al banquero cántabro, de quien destacaban “su mecenazgo desinteresado” a la educación superior, al desarrollo de actividades académicas y culturales en la prestigiosa universidad. Y la Universidad de Salamanca no tardaba tampoco en emitir un comunicado de su rector, lamentando la pérdida de Botín, “principal mecenas” de esta universidad en los últimos años con la creación de importantes becas que han contribuido, además, “a estrechar lazos con Iberoamérica y a que el intercambio de estudiantes y profesores se intensificara de manera notable”.
Botín apostaba por la integración de las artes en todos los planes educativos, pero también en los planes de desarrollo personal y profesional de las empresas. Estaba convencido de que en España “podemos y debemos potenciar no solo la inteligencia racional, sino también la inteligencia emocional y social, y la creatividad para afrontar los retos”. Con el objetivo de despertar y potenciar la creatividad, su proyecto más ambicioso ha sido el del Centro que llevará su nombre en pleno centro de su ciudad natal. En su construcción invirtió 77 millones de euros, con la previsión de aportar a través de su Fundación 12,5 millones de euros anuales en el programa de arte, educativo y social. El banquero estaba convencido de que la construcción del Centro Botín sería la mejor forma de atraer visitantes de todo el mundo a Santander, gracias a exposiciones, conciertos y diversos tipos de actividades culturales, también de carácter didáctico dirigidas a todos los públicos.
Solo durante el pasado año, la Fundación Botín invirtió 53 millones de euros en programas sociales y culturales. Y, además, sin la tan anhelada Ley de mecenazgo que ningún gobierno parece decidido a impulsar. Sobre la citada ley, se preguntaba esta mañana a Gregorio Marañón durante una rueda de prensa en el Teatro Real. El presidente del Real aseguraba que, por supuesto, estarían felices si por fin se aprobaba dicha ley, pero ponía el acento en lo verdaderamente importante: la existencia o no de una cultura civil de mecenazgo. Porque el problema, en realidad, no son las posibles deducciones fiscales, sino que de verdad se extienda la cultura de que hay que apoyar la creación artística. Que quien tiene los medios económicos para hacerlo, apoye a quien tiene el don de crear arte, cultura, espectáculo. Porque el dinero que invierte en riqueza cultural, vale, sin duda, el doble. Botín lo tuvo siempre claro y, por eso, no se “limitó” a colocar al Santander, aquel pequeño banco local ligado a la actividad agrícola, en el primer puesto del ranking bancario de la zona euro y en el tercero, a nivel mundial. Para Botín, había que alimentar también el espíritu.