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TRIBUNA

La chica de Cuelgamuros

sábado 13 de septiembre de 2014, 19:56h
Actualizado el: 13 de septiembre de 2014, 20:01h
Salía de visitar ese monumento faraónico erigido por Franco en memoria de los caídos en la guerra civil, por ambos bandos, cuyos huesos reposan en esa basílica excavada en la montaña, ganada a pulso a la madre naturaleza y en cuyo profundo seno se obra el milagro de la transustanciación, que el pan y el vino amasado por los hombres se transforme en el cuerpo y en la sangre de nuestro Redentor, del Hijo de Dios, de Dios mismo que bajo esa cruz altísima e imponente promete la paz eterna para los que murieron en la contienda por ambos bandos y nos promete a cada uno de nosotros una resurrección que no merecemos y que tendremos gracias a su perdón e infinita misericordia. Estaba, según salía, anonadado, enamorado, conmovido, pensativo y meditabundo de lo hondo de la basílica, de esa basílica que toma el nombre hermosísimo que sin duda sabían dar los gerifaltes del Antiguo Régimen a sus cosas y a sus personas. “Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos”, cuando ya en la tienda de regalos, mientras ojeaba el libro de la construcción con las cartas de Diego Méndez, el arquitecto, al Generalísimo, y sus contestaciones, los planos de las obras, de aquel esfuerzo colosal que solo pueden permitirse las dictaduras y en especial la de Franco que a mi modo de ver fue paternalista, cuando la chica joven de la tienda, de mediana estatura, morena de ojos negros expresivos y llenos de pasión, me dijo.


-- Esto que está viendo usted es único en su género.

-- He estado en Egipto, hija – murmuré con benevolencia.

-- Esto es mejor, mejor que Petra. – afirmó sonriendo.

-- ¿Mejor que Kefrén?. Penetré encorvado por un pasadizo profundo hasta la cámara mortuoria.

-- ¡Mejor!- exclamo sonriendo y con todo el brillo de sus ojos juveniles.

-- ¿Cuánto tiempo estáis aquí?.

-- Todo el día, nos turnamos solo para comer, pero es lo mismo. Esto es una mastaba. ¡Es mejor que las mastabas!.

-- ¿Qué estudias?.

-- Arte – respondió – y estoy en el mejor sitio del mundo, en un enterramiento horadado hasta el centro de una montaña.

La verdad es que no llegué hasta las tumbas de José Antonio y de Franco, una cierta tristeza me embargaba al ver que la enfermedad de Párkinson iba paralizando mis piernas.

-- Como el Valle de los Reyes… – continuó la chica -.

-- ¿Cómo el Valle de las Reinas?.

-- Como el Valle de las Reinas – asintió sonriendo.

-- “Como la Tumba de Hatshepsut?”

-- Como la tumba de Hatshepsut, exacto- reafirmó -.

Ahí está El General Franco – dijo.

-- Soy Premio Nacional – murmuré muy bajito.

-- ¿De cuándo?.

-- La mujer de aquel hombre, del Jefe del Estado - murmuré de pronto - quería venir y estuvo en el teatro la de don Luis Carrero Blanco. Me tuvieron en el Casino Militar retenido unas horas pero Mario Antolín lo resolvió todo.

-- ¿Quién era Mario?.

-- Un camisa vieja, se impuso a la censura, solo quitaron frases como “militar que no mata jardín sin flores” y cosas por el estilo.

Olga, así se llamaba la dependienta, sonrió.

-- ¡Cuánto me hubiera gustado estar allí! – exclamó.

-- Era otro mundo - murmuré con algo de nostalgia mientras acariciaba el libro explicativo de las obras de la construcción del templo, el más completo, una joya, costaba setenta euros y dudaba.

-- ¿Se lo va a llevar?. Es el mejor.

Mientras lo estaba pensando recordé aquella época, cuando el yugo y las flechas coronaban todas las construcciones, cuando España y el mundo eran tan diferentes.

Miré a la dependienta. Era casi adolescente.

-- Me lo llevaré otro día, sí.

-- Cuando usted quiera – respondió mirándome fijamente aquella criatura llena de futuro, y añadió. --¿Cómo se llama usted?.

-- Germán Ubillos – respondí apoyándome en el bastón de caña.

-- No se preocupe, yo se lo guardaré, le guardaré el libro hasta que vuelva.

Le di la mano. La luz cegadora de la salida de la montaña nos envolvía.

La chica de “Cuelgamuros” retuvo mi mano entre las suyas unos segundos. Fueron unos momentos inexplicables. Después salí a paso muy lento, medio arrastrándome, era casi lo último que quedaba de aquella época, de aquél mundo, de aquella dictadura.
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