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TRIBUNA

Escocia en el alero

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 15 de septiembre de 2014, 20:13h

La práctica totalidad de los británicos espera con ansiedad los resultados del referéndum escocés del próximo día 18, del que podría salir una ex-Gran Bretaña y un ex-Reino Unido, es decir un país más pequeño y dividido que, inevitablemente, perdería peso e influencia en Europa y en el mundo. El hipotético éxito del “sí” produciría notables cambios en la vida cotidiana de ingleses, galeses, nord-irlandeses y escoceses, es decir de todos los actuales británicos, de los que podrían marcharse, si triunfa el “sí” y de los que se quedarían en el disminuido Reino Unido. Y según la enorme mayoría de los análisis y de los estudios –incluidos algunos realizados en Escocia- esos cambios serían abrumadoramente negativos para la prosperidad e incluso para la libertad y las oportunidades de todos. Y lo peor de la situación es que esto no es un juego pues produciría resultados irreversibles. El viejo pero dinámico león británico se convertiría en un par de gatos, más bien domésticos.

No puede extrañar que en algún medio escocés haya aparecido la idea de “una independencia a prueba”, para ensayar el capricho independentista y, caso de que no funcionara –que parece lo más probable, aunque tardaría en llegarse a esa conclusión por la sectaria resistencia de los independentistas- volver al regazo materno de Westminster. Pero en este posible divorcio está expresamente excluida la eventual reconciliación, aunque a algunos independentistas les gustaría quedarse, por ejemplo, con la libra, la condición de miembro de la UE y, con la garantía además, de una total exclusión de la actual deuda pública del Reino Unido. “Yo me voy, pero me quedo con las joyas de la abuela, con la finca de la familia y no quiero saber nada de las deudas de papá”. ¿Eso es independentismo o, simplemente, caradura, paletismo y una deplorable falta de visión?

Como si fuera, por ejemplo, una ex-colonia -como Sudán del Sur, que acaba de separarse de Sudán para sumirse en una brutal guerra civil- los escoceses, algunos al menos, que se unieron con las otras dos coronas británicas, la inglesa y la irlandesa, hace tres siglos, en 1707, se querrían separar. Algún escocés gracioso afirma que, de hecho, la unión es más antigua y que no fue Escocia absorbida por Inglaterra sino al revés. En efecto, extinguida la dinastía Tudor en 1603, con la muerte de Isabel I, fue llamado al trono inglés Jacobo (Jaime) VI de Escocia que reinó desde Londres como Jaime I de Inglaterra. Una broma pero que muestra hasta qué punto los destinos de esos dos países han estado estrechamente imbricados, aunque a veces, en el pasado, fuera la guerra el modo de relacionarse. La corona irlandesa desapareció en el periodo de entreguerras del siglo XX y, tras la II Guerra Mundial, la corona imperial que, desde la reina Victoria hacía del monarca británico emperador (emperatriz) de la India, se extingue con la independencia de este último país.

Es un hecho absolutamente insólito que una primera potencia, que ha tenido dimensión imperial hasta hace poco más de medio siglo y que ha creado un modelo político, el parlamentarismo, en su forma de gobierno de Gabinete, envidiado y copiado con más o menos éxito en Europa, Asia, África, Oceanía y América (al menos por lo que se refiere a Canadá), se pueda fragmentar como quien dilapida la herencia familiar en una loca noche de juego vicioso y ludopático o como quien, en un arrebato de demencia senil, arroja al viento callejero la cartera de títulos y acciones del patrimonio acumulado por generaciones durante muchas décadas.

Y no es menos sorprendente que eso se haga por medio de un referéndum, por dos razones que vale la pena considerar. En primer lugar porque, pese a las apariencias, el referéndum es un sistema dudoso porque, habitualmente, trata cuestiones de enorme complejidad con el simplismo de un “sí” o un “no”, dejando un montón de flecos sin aclarar. Los constitucionalistas lo saben muy bien y recuerdan la querencia que han tenido siempre los dictadores, de Napoleón a Hitler, por los referendos o plebiscitos, que producen una supuesta pero dudosa legitimidad. Las nuestras son democracias representativas y, como ha escrito Giovanni Sartori, introducir elementos de “directismo” puede ser totalmente pernicioso. O tan equívoco como el artículo 92 de nuestra Constitución que prevé un eventual referéndum consultivo “para las decisiones políticas de especial transcendencia”. ¿Alguien se imagina que si en el referéndum sobre la OTAN de 1986 hubiera ganado el “No”, el Gobierno hubiera dicho “ya sé que no les gusta pero, a pesar de todo, vamos a integrarnos en la Alianza Atlántica”?

Más prudentemente, Alemania, curada del espanto nazi, no prevé la existencia de referendos y confía en su Cámaras parlamentarias. En Italia se ha abusado de los referendos aunque su Constitución excluye de esa fórmula “las leyes tributarias y de presupuestos, las de amnistía e indulto y las de autorización para ratificar los tratados internacionales”. Que es como decirles a los ciudadanos… “con las cosas de comer no se juega”. En Suiza también abusan de los referendos y a veces ponen a los gobernantes en situaciones imposibles, como el reciente que tira a la basura todos los compromisos de la Confederación Helvética con la UE sobre inmigración, que no saben cómo arreglarlo. O ese otro caprichoso que permite la existencia de mezquitas…pero sin minarete.

En segundo lugar, porque no hay nada más extraño al espíritu del parlamentarismo inglés que un referéndum, practicado desde el siglo XIX en algunas cuestiones locales, esto es a nivel exclusivamente municipal y a escala menor, pero desconocido a nivel nacional hasta 1975. Se trataba, en esta última ocasión, de la posible integración del Reino Unido en las Comunidades Europeas y como los partidos británicos estaban internamente muy divididos, a instancias de los laboristas se decidió hurtar, excepcionalmente, al Parlamento esta decisión y convocar a los ciudadanos. Después ha habido otros como el reciente sobre el sistema electoral y, en otro ámbito, digamos colonial, el que preguntó a los habitantes de las Malvinas si querían seguir siendo británicos o el que, contra las decisiones de la Naciones Unidas, se planteó en Gibraltar. Y es que, casi siempre en los referendos, hay un elemento de trampa.

Cuando Tony Blair fue primer ministro, se planteó lo que allí se llama devolution que, para entendernos se trata de establecer un sistema de autonomía que se aplica Escocia, Gales e Irlanda del Norte. Tras dos referendos, se estableció así un Parlamento escocés en Edimburgo, dotado, desde luego, de competencias mucho menores que las que poseen las comunidades autónomas españolas. Y la autonomía de Irlanda del Norte ya sabemos cómo ha sido suspendida por dos veces desde Londres, porque allí nadie pone en duda, la supremacía de las instituciones centrales.

Pero en el Parlamento de Londres sigue habiendo, por supuesto, representantes de Escocia, en concreto 59 de un total de 650. Por cierto que algunos parlamentarios ingleses plantean el problema de que, como Inglaterra no tienen más Parlamento que el nacional de todo el Reino Unido, ciertas cuestiones relativas a Escocia ya no pasan por el Parlamento de Londres, pero en cuestiones relativas Inglaterra sí tienen voto esos 59 MP (miembros del Parlamento) provenientes de Escocia. Y protestan de ese privilegio de que disfrutan sus colegas escoceses. Una manifestación más de esa tendencia típica de los nacionalismos: “En lo mío no mete nadie la nariz, pero en lo suyo yo siempre tengo algo que decir”. Similar a aquella vieja querencia comunista, que parece que ahora quiere resucitar: “Lo mío es mío y no se toca, lo de los demás hay que repartirlo entre todos”.

Cameron se ha equivocado profundamente y el otro día en Edimburgo estaba a punto de llorar y decía que si Escocia se separaba “se le partiría el corazón”. Y, muy probablemente, tendría que dimitir. Creo que en la práctica constitucional británica -que como han repetido allí los clásicos se basa en dos principios, el imperio de la ley y la supremacía del Parlamento- había elementos suficientes para no aceptar la celebración de un referéndum que nada menos que intenta trocear el territorio del Reino Unido. En vez de profundizar en la autonomía escocesa, que podría haber sido razonable, Cameron aceptó la idea del astuto Salmond, que parece que la da cien mil vueltas, de celebrar un referéndum. Como quien echa una moneda al aire. Pasará a la historia Cameron por su manía referendaria pues, salga lo que salga el jueves, tiene prometido otro para 2017 sobre la permanencia del Reino Unido o de lo que quede de él en la UE. Si gana las próximas elecciones, que cada vez parece menos probable.

Para quienes hemos dedicado una buena parte de nuestra vida al estudio y la explicación del Derecho constitucional comparado, es una verdadera pena contemplar cómo el modelo inglés, que tanto hemos admirado y que tanto nos inspiró, se haya convertido en una caricatura de sí mismo. Un contramodelo que ya no puede servir de inspiración. Si Bagehot, el clásico de los clásicos del constitucionalismo inglés, levantara la cabeza se volvería a morir del susto. Lo mismo que Churchill, que fue un guardián de las esencias, pero que tuvo que presenciar cómo el lejano imperio se fragmentaba. Pero lo de ahora no se refiere a lejanas tierras conquistadas, es que se quieren llevar los muebles de la casa común. Seguro que él no lo habría tolerado. Menos mal que, según parece, aunque sea por poco, se impondrá el sentido común y Escocia rechazará la estúpida propuesta de la independencia. Pero que, simplemente, se haya podido plantear esto indica que Europa está bastante loca.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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