TRIBUNA
Los ojos de Cristo
sábado 20 de septiembre de 2014, 19:43h
Vengo hace meses escribiendo un ensayo sobre “El cuerpo humano” que quiero dedicar a mi amigo Anson, que bien se lo merece, cuando me dio por entrar en San Marcos, mi parroquia, y acercarme a confesar con un cura muy joven que ayuda a don Francisco, el párroco. Me dio por comenzar a saco con mis problemas y le hablé, como no, del cuerpo humano y de sus necesidades, o sea de las mías. Enseguida el curita me salió con eso de la santidad, no sé si ha sido Juan Pablo II o el Cardenal Ratzinger quien lo ha puesto de moda, pero en la larga Dictadura y en la casi más larga Democracia no había oído hablar yo en los confesonarios de la santidad, vamos, de eso de renunciar al propio cuerpo como si de ángeles se tratara, y es por eso por lo que a veces en mi desvarío he envidiado a los ángeles.
Bien; después de razonarme todo el problema y de ponerme como ejemplo el de Zaqueo, evangelio del día, y de la Samaritana, aquella mujer de Samaria a la que el Señor perdonó sus pecados que eran muchos y al final le dijo “no peques más”; y de escucharle yo con la mayor de mis atenciones esperando la fórmula mágica, el arte de birlibirloque capaz de solucionar todos los problemas que encierra nuestro cuerpo mortal y al que por cierto se ha dedicado menos tiempo del que la gente cree, cuando viéndome así, algo perplejo y pensativo, va y me dice.
-- Mira (o mire), aquella mujer tan pecadora y el otro, recaudador de impuestos para el Imperio Romano al que sus ciudadanos, sus vecinos, debían de odiar, solo necesitaron que Cristo les mirara.
Yo debía de seguir pensativo y más meditabundo, así que en un arranque de rabia y desparpajo dije.
-- ¿ Y dónde están los ojos de Cristo que quiero verlos?. Sí, quiero ver sus ojos – pensé a la vez que lo dije.
Lo pensé con el convencimiento de que lo que me faltaba, lo que nos falta a tantos como yo, es ver los ojos de Cristo en este mundo tan gris y a veces tan aburrido por no decir infame.
El joven sacerdote respondió sonriendo.
-- Aquí los tiene usted, en este Sacramento.
Momentos más tarde y sin que abriera la boca, mientras hacía la señal de la cruz con su mano derecha a la altura de mi cara, repitió las frases inefables…..
-- …Tus pecados te son perdonados. No peques más.
Pueden pensar los lectores que soy un mea pilas, pueden pensar lo que quieran, lo más probable es que se equivoquen, soy amigo de algún clérigo como lo eran Graham Green, André Frossard o Gerald Brenan pero pienso que dejo bastante que desear.
El caso es que verdaderamente y a pesar de mi frialdad intelectual me hubiese encantado mirar ahí a la derecha del confesonario, en la semioscuridad, y ver la sombra de Cristo, su figura corpórea real, la de hace veintiún siglos mirándome fijamente a los ojos.
¿Habría vencido por fin la maldición de este cuerpo terrestre que tanto bien y tanto mal ha hecho. O por el contrario seguiría siendo el mismo?
Parece que a la mujer Samaritana y al pequeño recaudador de impuestos les bastó esa mirada para transformarles por dentro.
Me fui pensando todo esto caminando hacia mi banco mientras el joven sacerdote, el ayudante del párroco, quedaba atrás en el confesionario.