TRIBUNA
Hipocresía y frustración
lunes 22 de septiembre de 2014, 20:04h
Actualizado el: 22/09/2014 20:44h
El diez por ciento largo de más “noes” que “síes” en el referéndum sobre la independencia de Escocia ha provocado un suspiro de alivio no solo en la práctica totalidad de la sociedad inglesa y en los dos millones largos de escoceses que han votado “no”, sino en amplias zonas del planeta conectadas con el mundo británico, empezando por la UE. También se ha respirado con satisfacción en otros lugares de este mundo cada vez más globalizado sobre los que, como una nueva espada de Damocles, pende esta nueva moda del “derecho a decidir”, diseñada con nula precisión, hace ahora cien años, por Woodrow Wilson y la fracasada Sociedad de Naciones, con el nombre de “derecho o libertad de autodeterminación” para situaciones coloniales. Nunca como herramienta para fragmentar viejas y exitosas construcciones políticas como lo es el Reino Unido. O España.
Pero lo que más me ha llamado la atención han sido las hipócritas manifestaciones de algunos líderes separatistas españoles incluidos esos –políticos y periodistas o, más bien, propagandistas (pues más bien parecen esto que lo primero)- que hacen equilibrismo sobre ese inconsistente alambre que han bautizado como “tercera vía”. Me refiero claro está, a esos sectores de la izquierda –especialmente al PSOE- que casi levitan cuando hablan de “la tercera vía”, que a mí me parece una vía de tercera y sin salida. Se oponen estos “viajeros de tercera”, ¡por supuesto! al separatismo, faltaría más, aunque, contradictoriamente, permiten a sus socios catalanes (¿lo siguen siendo?) que voten a favor de “la consulta”, como pudorosamente se ha impuesto denominar a lo no sería más que un referéndum de autodeterminación, pura y simplemente. Y aprueban la llamada “ley de consultas”, que trata de legalizar lo ilegalizable. ¿Dónde van por ahí los socialistas catalanes? Por esa vía solo les espera el abismo de la desaparición. Porque en política lo inútil e incoherente está condenado irremisiblemente. Es una ley histórica sin excepciones.
Estos terciarios –no, precisamente, franciscanos- en busca de un nuevo péndulo de Foucault que demuestre las supuestas virtudes de su capacidad de equidistancia, rechazan también lo que han denominado “inmovilismo” de Rajoy. Toda una nueva doctrina jurídica a la que no le parece bien cumplir la ley vigente –eso es el inmovilismo para ellos- porque hay que hacer una ley nueva, incluso reformar la Constitución como yo quiero y a mí me gusta, introduciendo un supuesto esquema federal, que ni saben explicar y que quien no esté sordo o ciego sabe que no va a resolver ninguno de esos problemas para cuya solución presumen de tener la mágica respuesta. “Volvamos todos juntos al fracasado federalismo –cantonalismo de la casi non-nata I República (nunca llegó a tener aprobada la constitución y el proyecto es una delicia…si me permiten el cachondeo). ¿Querrá de verdad el nuevo PSOE “sanchista” volver a 1873?
Pero sorprende todavía más las hipócritas declaraciones de los líderes separatistas que ponen cara de alegrarse ante lo que ha supuesto para ellos una profunda decepción. Soñaban con el “sí” escocés como un anticipo de un supuesto “sí” catalán o vasco que, con Escocia o sin Escocia, no se va a producir nunca porque aquí se sabe que, siendo importantes las urnas (no todas las urnas ni en todas las circunstancias) por encima de ellas está eso que los británicos llaman desde hace siglos the rule of law, que para nosotros es el Estado de Derecho. Algo que, frívolamente, Cameron olvidó al jugarse a las cartas con Salmond la independencia de Escocia. Para él el resultado ha sido un alivio, un alivio provisional, pues en el Reino Unido estas bromas con cosas tan serias como la unidad que forman Gran Bretaña e Irlanda del Norte no se perdonan nunca.
Artur Mas ha dicho una serie de estupideces (perdón por la contundencia, pero no se las puede llamar de otra manera) que demuestran el acierto de aquello de que los dioses ciegan a los que quieren perder. Su único atisbo de sinceridad es cuando ha afirmado que habría preferido el “sí”, aunque todo eso de “las urnas como única solución a un conflicto” y sus loas a “la democracia real” son una monserga sin ningún fundamento serio. A ver si se entera que Cataluña no es soberana, ni nunca ha sido independiente, ni reino ni estado. Y eso ha sido así desde los orígenes de la etapa constitucional, hace ya doscientos años, por no hablar de todo lo anterior, que tampoco justifica la gran patraña separatista. Aquí solo tiene soberanía la Nación española en su conjunto. Al menos desde la Constitución de 1812 (antes la soberanía era patrimonio real), que fue firmada con entusiasmo por los diputados catalanes Antonio de Capmany, Fernando Navarro, Francisco de Papiol, Francisco Calvet y Rubalcaba, Juan Bautista Serrés, Jaime Creus, Ramón Lázaro de Dou, José de Espiga y Gadea, Felipe Aner de Esteve, Juan de Ballé, Ramón Utgés, Félix Aytés, Ramón de Lladós, Francisco Morrós y el Marqués de Tamarit. Todos ellos tenían más sentido común (el famoso seny catalán) que la moderna tribu de los separatistas.
Si Mas se empecina en sus mentiras, con las que ha engañado a una o varias generaciones, que sepa que nunca ganará. Solo habrá demostrado su insolvencia como político y demostrado su nulo sentido de ese mínimo moral que se exige a un gobernante: Decirle a su pueblo las verdades, aunque duelan, y no estafarle con trapacerías, falsificaciones escandalosas e irrealizables señuelos. ¿Va seguir con eso de que “España nos roba”, que hasta se enseña en las escuelas, ahora que sabemos dónde estaban de verdad los ladrones?
El otro líder separatista, el vasco Íñigo Urkullu, podría asesorarse un poco mejor o estudiar un poco más (no a Mas). Venir a estas alturas con el vaniloquio de las naciones sin estado es tener el reloj más de un siglo retrasado. Como dijo Renan “una nación es haber hecho grandes cosas en el pasado y querer seguir haciéndolas en el porvenir”. Los vascos han hecho grandes cosas y seguro que las seguirán haciendo, pero como españoles y en el marco de una España, en la que voluntariamente se integraron, hace siglos, por medio de la Corona de Castilla. Estos endebles líderes-pluma están como aquellos ateneístas del siglo XIX que querían hacer una votación acerca de la existencia de Dios. No un debate, que en aquel ámbito culto habría tenido, quizás, todo el sentido, sino una votación.
Se les llena a estos líderes separatistas la boca con la democracia y a ver si se enteran de que una democracia no se define solo y en exclusiva por la existencia de elecciones. Y menos aún por la celebración o no de referendos, como intenté explicar aquí la semana pasada. Los expertos actuales han elaborado el concepto de “democracias electorales” –de las que hoy en día hay una buena cosecha- que son aquellas que votan mucho (a Chávez le encantaba “consultar” a sus engañados y explotados conciudadanos) pero que carecen de todos los elementos exigibles en una democracia que lo quiera ser de verdad: Respeto a todos (TODOS) los derechos humanos, auténtica separación de poderes y, especialmente, independencia del Judicial, igualdad de todos ante la ley, cumplimiento estricto por gobernantes y gobernados de todo el ordenamiento jurídico…etc.
Es evidente con ese baremo la Cataluña actual está a años luz de una democracia homologable. La libertad de expresión y comunicación, está de hecho monopolizada y controlada por el poder, de un modo más patente y escandaloso en el ámbito audiovisual; La educación está escandalosa y vergonzosamente politizada al servicio del proyecto separatista; la igualdad de los ciudadanos ante la ley es inexistente, pues tu suerte depende de si eres o no “un buen catalán”, es decir separatista o (“uj, que asco, españolista”); la corrupción se ha convertido en una seña de identidad de régimen y tarda décadas de detectarse y más aún en ponerse en manos de la justicia a los ladrones. Impera allí la espiral del silencio: los que no comparten el discurso oficial están condenados al silencio, en parte por falta de oportunidades y en parte por el miedo que en esas situaciones se enseñorea del ambiente pues nadie se atreve a expresarse en contra de quienes detentan el poder. Y digo detentar (DRAE: “Retener y ejercer ilegítimamente algún poder o cargo público”), porque los dirigentes de esas comunidades gobernadas por separatistas incumplen a diario el juramento o promesa que hicieron de “cumplir y hacer cumplir la Constitución” que, evidentemente, no ampara ninguna de sus pretensiones.
El referéndum de Escocia ha sido una desgracia porque ha dejado lacerada y dividida a la sociedad escocesa y desorientada a la británica en general. Cameron ha demostrado su insoportable levedad y la suya ha sido, muy probablemente una victoria pírrica. Seguiremos hablando de su pretendido referéndum sobre la permanencia en la UE. Nunca había tenido el Partido Laborista un defensor más acreditado, aunque resulte que estaba en los bancos de enfrente. Por fortuna, en España los gobernantes son lo suficientemente serios para no jugarse la “indisoluble unidad de la Nación española”, por citar literalmente el artículo 2 de la Constitución, ni a las cartas ni al dominó.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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