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TRIBUNA

Hernán Cortés y México

Natalia K. Denisova
martes 23 de septiembre de 2014, 20:22h
No conocemos el día de nacimiento de Hernán Cortés, lo que aprovecho para escribir sobre él sin necesidad de esperar una fecha determinada. Siempre es bueno recordar una figura histórica quizá más grande que César. Reconozco sin embargo que la excusa para escribir de este personaje es la celebración del "día patrio" (fiestas patrias de septiembre) en México, país que fundó el extremeño, antes conocido como el virreinato de la Nueva España. Su personalidad es muy interesante, le podemos ver como encomendero, aventurero, conquistador o gobernador. Fue, como la historia ha demostrado, uno de los grandes políticos de la época. Se ha escrito tanto sobre él que, paradójicamente, es hoy día uno de los personajes peor conocidos de la época del Descubrimiento. No obstante, mi propósito no es de señalar aquí las faltas de la bibliografía cortesiana, sino demostrar un raro fenómeno que se ha creado entorno a su figura: Cortés, un hombre que vivió hace quinientos años, tiene todavía en vilo a todo un pueblo. Cortés no pertenece a la historia de un pueblo sino a su mitología.
Se trata, desde luego, del pueblo mexicano. Pasados cerca de dos siglos después de la independencia de México, sigue siendo el país donde se percibe que el pasado es el presente y, como diría Ortega, "los muertos matan a los vivos". El capitán extremeño sigue siendo una figura molesta que despierta pasiones, principalmente demiedo y odio, miedo, sin duda alguna, por reconocer a Cortés como fundador del país y, por otro lado, odio a sí mismo por reconocer en su habla española y en su religión católica el habla y la religión de los "conquistadores". Para que no parezca una exageración transcribo aquí el caso que me contaron unos amigos mexicanos, que ocurrió en una exposición en México DF. La primera pieza de la muestra era un monumento a Hernán Cortés del siglo XVIII destinado a decorar su tumba. Un día, bajo la influencia de ira incontrolable, una mujer de respetable edad escupió al monumento acompañando su gesto con palabras que silenciamos por respecto a los estimados lectores.
Los intelectuales producen muchos libros dedicados a denigrar o a alabar a Hernán Cortés. Son muy escasas las obras que intentan salir del círculo vicioso que lleva de la leyenda negra a la dorada sin más matices. El siglo XX mexicano ha sido despiadado con el capitán de Medellín: Diego Rivera lo pintó en el Palacio Nacional verde y jorobado, Eulalia Guzmán editó las dos o tres primeras cartas de relación sólo para decir que en ellas no hay ni una palabra de verdad, añadiendo un análisis médico de sus restos donde se demostraba "científicamente" que padecía sífilis y que su "coeficiente de cefalización fue deficiente": 2.59 cuando la norma es de 2.89. Octavio Paz tampoco pudo escapar la tendencia y en un artículo dedicado a los cinco siglos de su nacimiento subrayó, mencionando al historiador estadounidence Prescott, que la voracidad sexual de Cortés era de un semental. Será esto una información que descubrió Prescott en el XIX o la metáfora del sabio Nobel... ¿Quién lo sabe?
Por cierto, la vida privada de Cortés es lo que más se investiga. Cualquier cosa es buena para negar la obra histórica y política de Cortes ¿Quién recuerda ahora queél fue capitán general de la Nueva España?¿Quién recuerda que sus barcos descubrieron la península de California? Y quién recordará que introdujo en las tierras descubiertas la producción de lana y el cultivo de los gusanos de seda. No, esto no interesa ni siquiera a los historiadores, porque lo que atrae es buscar algún nuevo detalle entre la ropa sucia de un hombre que vivió cinco siglos atrás.

Hernán Cortés es, en verdad, un ejemplo clásico, casi un paradigma, de cómo eliminar al personaje histórico más relevante de la historia de un país, si no de varios países, para negar nuestra identidad. En efecto, mientras México no reconozca su pasado cortesiano, no alcanzará su genuina identidad. Mientras el pueblo de México no desmitifique a Cortés, seguirá deambulando entre el indigenismo y el complejo de inferioridad. Es menester que el mexicano dé un paso histórico y diga de Cortés algo más que las tres palabras malditas: conquistador, codicioso y perverso.

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