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ENTRE ADOQUINES

A la alcaldesa Ana Botella (I)

miércoles 24 de septiembre de 2014, 20:36h
La noticia de que los barrios madrileños de Palacio, Sol, Chueca y Malasaña pueden estar, a partir del próximo 1 de enero, prohibidos al tráfico de coches aún me tiene perpleja. Puede que le parezca una redundancia que hable de tráfico de coches, pero creo importante aclararlo porque también es tráfico el de las bicicletas, las segways – que algún día, por cierto, nos acabarán dando un disgusto como le ocurrió al propio inventor de estos patinetes postmodernos– y, por supuesto, el de esa especie de coches huevo parlantes, en los que los turistas se dedican a recorrer nuestras calles. Por eso, que Madrid se publicite ahora como peatonal suena a chiste. De acuerdo con la RAE, peatón es “la persona que camina o anda a pie, en contraposición a quien va en vehículo”. Está claro - no nos liemos, señora Botella, con demagógicas declaraciones como la de que “Creemos en un Madrid sostenible” – de que la medida solo puede estar dirigida a favorecer dichos artefactos y a quienes vienen unos días a una ciudad a la que es muy probable que no vuelvan. Entiéndame, si pudieran, seguro que volverían; lo que quiero decir es que el mundo es muy grande y pocos turistas tienen la oportunidad de repetir destino. Atraer turistas o visitantes de fin de semana es, desde luego, un objetivo lógico, pero ¿no lo es mucho más cuidar a quienes vivimos en una ciudad caracterizada desde siempre por su facilidad para convivir con todo y con todos?

No sé de quién habrá partido tan feliz despropósito, que más bien parece, discúlpeme la comparación, un envenenado regalo de despedida ahora que usted nos deja. Vaya por delante que, en principio, como residente de uno de esos barrios, gozaré del vital salvoconducto que me franquee las murallas de una ciudad que hace siglos que acabó con ellas. Pero con la medida que pretende imponernos, nos convertiremos sin remedio es lo que nunca pensé que llegaríamos a ser: una especie de parque temático lleno de cacharritos, para extraño divertimento de unos visitantes que, en realidad, escogen la capital como destino, más que nada, cultural o de negocios. Soy consciente de que los tiempos cambian “que es una barbaridad” y que hay que aceptar las novedades incorporándolas a lo cotidiano, pero le aseguro que son precisamente las calles en las que quiere prohibir entrar a los conductores donde hay menos atascos y las aceras son más anchas. El motivo es bien sencillo. La gente suele venir al centro en transporte público desde hace ya muchos años. Gracias a que existen varias líneas de metro y de autobuses que nos comunican con los demás barrios e, incluso, con los alrededores de la capital. ¿Dónde está entonces la necesidad de imponer una norma tan drástica precisamente ahora? Y digo drástica, porque, de momento, no contempla que la prohibición afecte a una determinada franja horaria o, por ejemplo, solo para los fines de semana. Es también este “todo o nada”, lo que no logró digerir desde el lunes.

Coincido, por otra parte, con las declaraciones de Ignacio González cuando, nada más hacerse pública la radical medida, opinó sobre el asunto. Igual que el presidente de la Comunidad, yo tampoco he sido nunca partidaria de prohibir por el solo hecho de hacerlo. Prohibir es siempre la salida más fácil, no hay que pensar demasiado. En nadie. Lo difícil, donde está el mérito de quien tiene en sus manos la responsabilidad de gobernar, radica en buscar alternativas, escuchar a los gobernados en la medida de lo posible, proponer ideas y ejecutarlas en beneficio de los ciudadanos. Señora alcaldesa, el centro de Madrid – y de todas las ciudades – es su alma. Personalmente, me duele que se la quiten. O que esté en venta. Porque ese alma al que me refiero reside en la normalidad del día a día. En respetarnos los unos a los otros. Está en el hecho de salir a la calle y encontrarse con los vecinos o con quienes vienen a trabajar aquí cada día. En coche, metro, bus o caminando. También en sortear turistas en grupo o en solitario, que caminan despistados, contemplando cúpulas y fachadas o consultando el mapa, hasta que, sin previo aviso, se detienen poniendo a prueba los reflejos innatos de quienes habitamos en este pequeño pueblo castellano convertido en capital, sin haberlo solicitado. El alma lo encontramos, asimismo, en nuestra actitud cuando un rodaje cinematográfico nos obliga a dar mil vueltas o cuando algún listo ha aparcado su coche en la puerta de nuestro garaje, confundiendo el cartel de vado permanente con un anuncio de Cinzano. Los vecinos que habitamos en el núcleo, vamos con el calendario de festejos y manifestaciones bajo el brazo, para evitar caer en vallas amarillas custodiadas por agentes que te impiden el paso, aunque lleves el certificado de empadronamiento tatuado en la frente. Y cada vez que alguien merece el honor de asomarse al balcón del Kilometro 0, hacemos cábalas para adaptarnos a sus horarios. No molestar para que no nos molesten. Ya ve, nos aclimatamos a lo que sea menester. Con ese espíritu que hace de la pena una gracia, a tono con el idioma que aún hablan, por ejemplo, en Casa Ciriaco. Le aseguro, señora alcaldesa, que no nos molestan los coches. Forman parte de la ciudad, de nuestra forma de vida acostumbrada a hacerle siempre un hueco a todo. A todo, menos a la intolerancia que se nos impone desde arriba sin lógica, en forma de categóricos mandatos de prohibición.
Las calles del barrio de Palacio, por ejemplo, ofrecen escenas llenas de ese espíritu convencido de que en Madrid cabemos todos, sin exclusiones. Parecen sacadas de un pequeño pueblo. Resulta difícil recorrer unos metros sin haberse detenido varias veces para saludar a los vecinos, a los camareros de los bares que frecuentas, al quiosquero, a quien pide en la puerta de la iglesia o a los “sin techo” que duermen en los soportales de la Plaza Mayor o en los bancos de los jardines de la Plaza de Oriente. Estamos acostumbrados a cruzarnos con policías que patrullan a caballo – y de paso, con los excrementos de estos animales -, con aquellos que se ofrecen a comprarnos oro en cada esquina o que nos piden que firmemos alguna petición. Con muñecos de Disney, que a veces se lían a mamporros entre ellos, e, incluso, con la caravana de carrozas en las que viajan, desde el Ministerio de Exteriores hasta el Palacio Real, los nuevos embajadores para presentar al rey sus cartas credenciales. Y, en ocasiones, nos toca esperar con paciencia dentro de nuestro coche para acceder al garaje. El de Palacio, es, como el resto de los barrios que ahora pretende “sacrificar”, un lugar vivo y auténtico. Que no discrimina.

Quienes vivimos aquí no lo hacemos detrás de decorados de cartón piedra, sino en casas de verdad. No queremos convertirnos en un museo. Estamos acostumbrados a respetar la calzada y a que los conductores respeten las aceras. Déjeme que le ponga un ejemplo con dos calles muy cercanas, Arenal y Mayor. Desde hace diez años, por la calle Arenal no circulan coches. Se colocaron baldosas sobre el asfalto que antaño usaron los automóviles y, ahora, sin embargo, es una verdadera aventura caminar por esa calle. Sin distinción alguna entre calzada y aceras, uno se juega el pellejo caminando pegadito a los portales para evitar meterse entre las ruedas de una bici a toda mecha, en mitad de un pelotón de patinetes o en la huida intempestiva de manteros perseguidos por los municipales. Por no hablar del mal estado de esas baldosas que nadie parece haberse preocupado por revisar desde entonces: levantadas, partidas, inestables. ¿Las ha visto? Arreglar su lamentable estado, sí que es un asunto urgente. En todo caso, como decía, a pocos pasos de Arenal, la paralela calle Mayor ofrece, en cambio, a los viandantes, anchas aceras - con lógica, fueron ganando espacio a la calzada – y cuenta con pasos de cebra cada pocos metros. Es una delicia caminar por ella. Igual que hacerlo por la calle Sacramento, San Justo o la empinada Pretil de los Consejos. ¿Coches? Le confieso que muchas veces, cuando recorro esas calles, no puedo evitar acordarme de una anécdota que cuenta mi padre de cuando era pequeño y jugaba al futbol con un balón fabricado de papel y cuerda, en mitad de una adoquinada calle madrileña sin aceras. ¡Coche!, gritaba el vigía de turno, y los críos “desmantelaban el campo” para que el auto circulara.

Con las numerosas calles de acceso restringido que ya existen en varias zonas de la capital, hay más que suficiente. Y, por supuesto, no porque lo diga yo. Le ruego que lo compruebe. Es un mapa pensado para que se pueda elegir el medio de transporte, sin convertir la ciudad en una jaula de la que solo pueden venir a “rescatarte” previa notificación de la visita y de la matrícula del coche “prohibido” a la Junta de Distrito. Igual que si viviéramos en una urbanización de las afueras en la que controlan desde una garita quién entra y quién sale. Adiós a la improvisación. En definitiva, adiós a la normalidad. A que alguien pase un rato por tu casa porque le pilla de camino o quiera venir a recogerte. A que un amigo decida acompañarte una noche para asegurarse de que llegas a casa sano y salvo, sin tener que pagar por ello una multa. Le aseguro que sigo perpleja, me cuesta entenderlo a pesar de que esté ahora mismo escribiendo sobre ello. He vivido en otras ciudades de Europa y, al volver, Madrid siempre me parecía más auténtica que ninguna. Con esa mezcla de gentes. Ese aroma de ajo que tan poco agradaba a Victoria Beckham, pero que alimenta el olfato cuando caminas por la Cava Baja compartiendo olor y espacio con el coche que circula a tu lado una mañana cualquiera. Conviviendo, respetando. Sin necesidad de prohibir nada. Ni los coches, ni el olor que se desprende de la sartén en la que se están friendo los ajos.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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