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TRIBUNA

Obama: Premio Nobel de la ¿paz?

Alberto Pérez Castellanos
jueves 25 de septiembre de 2014, 20:34h

No me considero un mojigato que tiene que pedir prestadas mejillas para que se las partan a tortazos ni tampoco un belicista que cree que casi todo se soluciona a bofetadas, pero sí que entiendo que hay que ser coherente, y más cuando se es un personaje público, alguien que rige los designios de su país (y de medio mundo) y un insigne galardonado. El actual presidente de los Estados Unidos de América cumple estos tres requisitos. Obama aparece a diario en todos los medios de comunicación, es el tercer perfil con más seguidores en Twitter, su carrera política formará parte de los libros de historia y acumula premios, y entre ellos el Nobel de la Paz. Sé que por mi parte puede ser pretencioso juzgar a tal figura internacional, pero desde el día que fue obsequiado con tal distinción y la aceptó, el inquilino de la Casa Blanca es el perfecto incoherente... aunque no nos debería haber sorprendido lo más mínimo.

Tuve duros y largos debates con personas que defendieron, en su día, que Obama se había ganado una distinción que, por otra parte, es tan controvertida que pierde valor en cada edición. El mandatario norteamericano no lo merecía entonces y se ha encargado de demostrarlo durante un lustro. Las retiradas en Irak o Afganistán no han sido ejemplares, rápidas ni acertadas en su conclusión; las vulneraciones de los derechos humanos por parte de miembros del ejército o la policía estadounidenses son constantes; la prometida y no cumplida clausura del centro de internamiento de Guantánamo; los bochornosos casos de espionaje; la nula capacidad de decisión sobre la estúpida normativa sobre armas en su país; y, por supuesto, la mínima inquietud por influir entre los gobernantes de sus estados para abolir la pena de muerte. Si estos motivos no les parecen suficientes para convencer a los defensores de que ese Nobel de la Paz no debería haber recaído sobre él, en los últimos meses se lo está ganando a pulso.

Como ya han hecho sus predecesores durante décadas no le ha faltado tiempo para decidir intervenir militarmente en una zona en la que llega a destiempo y haciendo más daño del que hubiese causado actuando antes. La crisis que está creciendo en el llamado estado islámico tiene su germen en las heridas no cicatrizadas en ambas guerras con Irak, pero también en una inactividad irresponsable en la guerra civil en Siria y otros conflictos de la conocida como “primavera árabe”. Su falta de visión y tacto le ha avocado a un enfrentamiento abierto en el que, cada vez, involucra más naciones, incluso se habla de Irán ¡qué locura!. Una nueva torpeza histórica y belicista impropia de un Nobel de la Paz que puede estar hipotecando al mundo a un conflicto largo, pesado y de inciertas consecuencias.

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