Vistos los consejeros que convierten a Mariano Rajoy en un pelele del adversario político, algunos a la espera de dar un bocado a la yugular del sistema que él representa, el presidente de Gobierno no repetirá legislatura, ni falta que le hace. Ruiz-Gallardón se ha marchado con la misma sensación de traiciones que experimentaron las Victimas del Terrorismo, cuando asistieron, sufridas e impotentes, a la suelta de criminales mediante una amnistia encubierta. El efecto boomerang de las actitudes ha golpeado al ex ministro, pero el presidente que le ha dado la espalda habrá de recoger más gravosas siembras.
La retirada de la reforma de la Ley del Aborto y la amnistía encubierta que dejó asesinos y violadores en libertad, son evidencias de una política deshonesta y oscurantista. Ni Zapatero fue tan desleal contraviniendo las exigencias de quienes confiaron en sus trapacerías.
Mariano Rajoy es tibio, ni frío ni caliente. Es hipócrita. Con mucho ha superado los exabruptos zapateriles apuntillando esta España agónica y desconcentrada que busca un punto de encuentro en sus conflictos para aglomerar en pleno siglo XXI su peor historia pasada. No podía preverse peor suerte en manos de un Partido Popular que parece haber pactado una expresa traición a los electores, con algunos politicastros que en nada pueden envidiar la torpeza y la pasmosa iniquidad del clan que surgió de un 11-M. Si España bulle en un caos irremediable es porque desde Moncloa la lían parda y no importan las consecuencias. El mal está hecho y Rajoy se podrá desvincular de la tragedia, contando nubes también, una vez apeado de la desmerecida presidencia que once millones de ciudadanos estafados le otorgaron. No se podía vender un país a los postores de la incertidumbre de un modo más descarado.
En una legislatura aún por culminar se ha demostrado la continuidad de los perjuicios y la desvergüenza de la gestión con un engaño programado, proporcional a la mentira electoralista que se practicó con el fin de dar cancha a la política desintegradora de Rodríguez Zapatero. Rajoy no juega limpio, como el de la "zeja" entonces, pero encorajina que además del rastrerismo incumplidor no haya manera de discernir lo que verdaderamente busca este aparente vende patrias que obliga a dimitir a un ministro de Justicia por la reforma del aborto, para inmediatamente sustituirlo por otro que defiende un trato reformista a favor de la "singularidad catalana"; justo cuando la deriva independentista echa un órdago insoslayable con fecha límite en el 9-N. Igual son casualidades, de ésas que dicen que no existen.
La apariencia no engaña y tampoco se pretende disimular. Traicionar a un electorado conlleva intereses calculados, prioridades silenciadas a las que poco importa el escándalo del engaño practicado contra los votantes.
Los males de Rajoy que lo enraizan a la podredumbre de la pérdida de credibilidad más elemental, están en sus asesores. Los perjuicios devienen del consejo de impresentables favorecidos. Arriola esconde muy bien el carné político, siendo ahora un eficaz puntal de Podemos para desbaratar el sistema en que los ciudadanos están obligados a no creer.
Con miras electoralistas se ha incumplido, sistemática y desvergonzadamente, el programa por el que fue votado un Partido Popular en que ninguno de los once millones de votantes puede confiar. Rajoy ha rizado el rizo de la incongruencia pretendiendo contentar a los que jamás le votaron ni lo harán. Haga lo que haga, así parece ser cuanto más corrobora la impresión, no hay manera de que enderece una chapuza que nos va a costar muy cara a todos los ciudadanos. Si quería abandonar la política- perdiendo toda credibilidad personal-, podía haber esperado a dejar de ser presidente del Gobierno de España y procurarlo de manera más digna.