Los artistas nunca lo han tenido fácil para ganarse el sustento con el producto de su obra. Pudiera parecer este, un pensamiento peregrino que reivindique aquella romántica bohemia de manos enguantadas a causa del frío y dedos febriles, que combaten el hambre a base de nuevas ideas. Sin embargo, pretendo poner el punto de mira, precisamente, en todo lo contrario. Para no enredarme y, sobre todo, para no liar a nadie, el titular sería el siguiente: aquellos tiempos de Mimí y Rodolfo deberían quedar definitivamente reservados a la genial ópera de Puccini. Porque los creadores – compositores, cineastas, escritores, músicos, pintores, escultores y un largo etcétera -, puede que, en general, ya no tengan que padecer las penurias parisinas de los protagonistas de la Boheme, pero sigue siendo demasiado difícil lograr un objetivo en apariencia tan lógico como es el de ganarse la vida con el trabajo que mejor se le da a cada uno. ¿Quién en su sano juicio dedicaría años de su vida, quizás la vida entera, a trabajar en algo sin la correspondiente retribución? De modo que muchos tendrán que quitar horas a su don creativo para poder llegar a fin de mes, porque escasean, mucho, los mecenas, y a la espera estamos todos de la Ley de mecenazgo. Otros, seguirán intentándolo, incluso en la calle y por unas monedas, como el músico que muchas mañanas interpreta a Boccherini enfrente de la iglesia del Carmen.
Admito que una parte de los que se dedican al mundo del arte, la música o la literatura - en definitiva, a la cultura - no estén por completo en su sano juicio, pero son quienes logran, aunque sea durante un breve lapso de tiempo, que la gente se olvide de sus propios problemas, se ría, sueñe o, simplemente, disfrute. Sin los locos que se dedican a inventar historias en libros y guiones, sin aquellos otros que ponen banda sonora a la existencia o sin quienes moldean la realidad llenándola de colores, el mundo, nuestro mundo, sería bien distinto. La música es, por ejemplo, el lenguaje universal. Hasta tal punto capaz de transformar nuestro estado de ánimo y la percepción que tenemos de la vida, que una de las primeras cosas que prohíbe el régimen sangriento del EI en los territorios que va conquistando para su califato, es la música. Por supuesto, también las escuelas que no se dediquen en exclusiva al adoctrinamiento de su particular interpretación del Islam. Es decir, fuera libros también. Porque la cultura, desde siempre, ha servido para crear puentes, para estimular nuestro particularmente humano anhelo de belleza. Y siendo universal, gusta, por otra parte, de mezclarse con las formas de expresión cultural de otros países; incluso, de diferentes lugares dentro de un mismo país.
El principal problema para sobrevivir con el que se encuentran estos espíritus creativos es, sin embargo, que aún queda demasiada gente que sigue sin considerar la actividad artística o literaria como un trabajo. Puro y duro. Sin romanticismo ni glamour. Con horas y más horas de dedicación en solitario: correcciones, ensayos, documentación. Hay quien se atreve a insinuar que no se trata de un trabajo porque no existen horarios, cuando lo cierto es que lo que no existen, a veces, son descansos, fines de semana o vacaciones pagadas. No, al menos, cuando se está en pleno proceso creativo, luchando, además, contra la incertidumbre de si aquello que está haciendo gustará. O, por el contrario, pasará inadvertido. Para algunos, incluso dolorosamente ignorado. No, uno no es creativo de 9 a 5. Para lo bueno y para lo malo, lo es durante todo el día. Incluso esos en los que la inspiración parece haberse marchado y brota la angustiosa pregunta de si volverá al día siguiente. En ocasiones, también hemos escuchado a quien opina que no es un trabajo “de verdad” porque el artista está haciendo “lo que le gusta”. Como si, por ejemplo, un arquitecto no cobrara el proyecto realizado a un cliente, porque mientras lo llevaba a cabo se lo pasó estupendamente. O un taxista no pusiera en marcha el taxímetro, porque se dispone a realizar un recorrido nuevo que le apetece mucho. Ser artista, es otro trabajo. No es un hobby.
Y, sin embargo, la situación de la cultura, a tenor del informe presentado este miércoles por Antonio Onetti, presidente de la Fundación SGAE, sigue siendo el patito feo que corre detrás para no perder de vista a sus hermanos, blancos y esbeltos. La crisis trajo como principales consecuencias para la cultura y el ocio en general recortes en las subvenciones de las instituciones públicas, así como una clara disminución de la recaudación en taquilla. La subida del IVA ahuyentó todavía más al público. Y, para colmo de males, la piratería siguió pareciéndonos cosa de listos. Lo más normal. ¿De verdad eres tan pringado como para pagar la pasta que cuesta una entrada cuando puedes ver gratis una película? ¿O escuchar un disco y descargarte un libro, por la cara? Lo escuchamos a diario, y ya no me canso en explicar que detrás de cada descarga ilegal, en lo más profundo, se encuentra una persona que tardó meses, años, en alumbrar eso que tanto interés hay por ver, leer o escuchar, aunque en el fondo lo que se esté haciendo sea despojarle de todo su valor. Son, sin duda, malos tiempos para la lírica. Con permiso de Golpes Bajos.