En el Panegírico de Trajano, de Plinio el Joven, obra de espléndido y elegante latín de plata, y traducida magníficamente al español por don Francisco de Barreda, allá por el lejano año de 1891, se nos cuenta cómo se preocupaba el emperador español Trajano del cuidado y educación de los niños romanos pobres, y cómo programaba las finanzas públicas para los nuevos niños que nacerían y que deberían tener garantizado el alimento y la educación; lo que convertía a Roma en una patria que amaba a sus hijos como una madre de leche. Y estos niños – llamados Ulpianos por el apellido del emperador – amarían a Roma como a su verdadera madre, y ya de adultos no sentirían mayor amor por nadie que no fuera aquella patria buena y solícita que era Roma. Trajano garantizó el alimento, la educación y el vestido de todos los romanos hasta los catorce años, que era la edad en la que los niños romanos terminaban la Educación Primaria, e incluso hasta su incorporación en el servicio militar. El Estado del bienestar no fue creado por la socialdemocracia sueca, sino que toda Europa durante cientos de años ha estado añorando los tiempos del Imperio Romano, en que el Estado garantizaba la educación, la vivienda, el alimento, la higiene y la salud de sus ciudadanos, que llegaban a vivir una media de 77 años. Roma se perpetuaba con la confianza que daba a sus ciudadanos de engendrar con buen pronóstico vital a sus hijos, invistiéndolos de buenas esperanzas. “Porque no hay gasto tan digno de un gran Imperio y merecedor de la inmortalidad como el que se hace para los niños que van a nacer”- afirmaba el gran emperador sevillano.
La sociedad del bienestar romana – que duró medio milenio – estaba fundada en el “congiorum”, medida de capacidad que convirtió la República en un concepto de subvención garantizada por el Estado para la plebe: todos los días el “pater familias” tenía el derecho de recibir una determinada ración de aceite, vino y pan en función de los miembros de su familia. Los emperadores transformaron el “congiorum” en subvenciones en metálico, aunque siguió usándose la misma palabra. Las guerras y los impuestos daban la posibilidad de que todo niño romano futuro tuviese su vida garantizada, lo mismo que a la sazón los que ya hubieran nacido. Cuando algunos senadores terratenientes se quejaban de su inmensa contribución a la plebe en forma de impuestos, Trajano les decía: “Todo lo que tenéis os lo ha dado Roma, por eso los bienes de todos pertenecen a todos”. Nos informa Plinio el Joven de que esta felicidad pública llenaba el vientre de las mujeres con un gozo de fecundidad, cuando veían para qué patria buena habían parido los ciudadanos.
Quizás si el amor efectivo a los niños que aún sueñan los sueños de los intermundia en el vientre tibio de su mamá fuera tan grande y auténtico como en la época del buen Trajano, la monstruosidad del aborto no se produjese, o se produciría mínimamente, y ninguna ley contra el aborto sería necesaria, pues todos querrían perpetuar su estirpe ante un espléndido futuro. Y Gallardón no necesitaría de ningún escolta contra la furia femenina que odia el fariseísmo de los hombres falsos. ¿Es que acaso no es la más fiel y leal guardia del Ministro su propia inocencia y amor al interés público? El alcázar más inaccesible, la defensa más inexpugnable, es no tener necesidad de defensa; en vano se rodea de policía quien no se cerca de amor.
Pasado ya el episodio teatrero Gallardón, lleno de rimbombancias fariseas y vanas, sigamos los que creemos en la eutrapelia gozosa de la vida combatiendo el aborto y exigiendo la eliminación de la brutal ley del aborto promulgada por Zapatero, que con sangre inocente mudó su Pretexta en Paludamento. “Cuando la posteridad no acusa los vicios del pasado príncipe, señal es que el presente no está libre de ellos”, señalaba con agudeza Plinio el Joven. No pueden amar bastantemente a los buenos príncipes los que no aborrecen a los malos bastantemente.
Pero realmente el aborto es hoy un reto global que sólo puede erradicarse desde instituciones globales no enhebradas de masonería. Sólo la comunidad moral universal puede salvar y garantizar el futuro vital a los nascituri del mundo. Y el problema que tenemos ahora es que no tenemos Imperio Romano, es que no reina Trajano sobre nosotros. Es así que la inexistencia de un Imperio civilizado hace necesaria y perentoria la construcción de un cosmopolitismo ético que otorgue igual valor a todos los seres humanos con independencia de los procesos vitales en que esté en curso ( desarrollo del modelo físico, nacimiento, crecimiento, madurez y vejez ). Está visto que el comunitarismo local español no garantiza que no se asesine impunemente al ser humano en su oculta vida en la etapa de desarrollo. La integridad física de todo hombre es la base de la moral, ya que toda actuación moral requiere la propia existencia del ser humano. El carácter absoluto del derecho a la vida hace que ésta goce de una especial prioridad y protección en cada ordenamiento no zapatético.
Quien salva a un niño que pugna por nacer nos está salvando a todos y al alma del mundo. El aborto siempre será un triunfo de la comodidad y la pigricia sobre la sensibilidad moral del hombre, una falta de la frivolidad y del pensamiento débil y confortable. La victoria de la epidermis porcina del corazón del hombre. Se comienza por matar a los nascituros y se acaba matando a los viejos a fin de adelgazar los presupuestos de Montoro ( decía Voltaire que todo buen Ministro de Finanzas es odiado por sus contemporáneos y admirado por la posteridad ). ¿Y por qué no matar después, por la misma razón – la egoísta comodidad -, a quienes nacen con alguna anomalía cromosómica? Comenzamos con el aborto y terminamos en Auschwitz. Comenzamos en Zapatero y terminamos en Reinhard Heydrich.