Me considero tan poco particular como el patio de mi casa. Por eso, cuando llueve, me indigno como los demás, y hasta me pierde la vehemencia. Sin embargo, un tiempo después - podrían ser horas, en ocasiones incluso días -, procuro convencerme de que la etiqueta de seres racionales que nos separa, algunas veces muy poco, del resto de seres vivos que pueblan la Tierra es la que permite que, pasado el momento del enojo, quiera saber más. Simplemente, profundizar en lo ocurrido. No quedarme en el titular. Sobre todo, porque no me gusta correr el riesgo de naufragar en la superficie de un charco. O chamuscarme en los fuegos artificiales que tanto nos gustan a estos, nosotros, seres racionales. En algunos países más que en otros, dependiendo de la temperatura a la que fluya la sangre con dirección al cerebro. Y, sin embargo, si te detienes a reflexionar, a escuchar los motivos de unos y otros; en definitiva, a esperar que se pose el polvo que, por un instante, impedía ver con claridad la vereda, eso es para muchos signo de que, en el mejor de los casos, no te mojas, no tomas partido. Eres un pasota. Peor aún, un chaquetero, un vendido. Cuando, en realidad, lo único que reivindicas es ser tú mismo. Vestirte cada mañana con los colores que solo tú decidas, para esa causa en concreto, en una determinada situación. Puede que, aún así, te equivoques y el tono elegido destiña, pero habrás sido coherente y es de esperar que tu conciencia respire tranquila, a pesar del error. Porque todos nos equivocamos.
Concibo la rebeldía envuelta en un pensamiento racional, excluyente de dogmatismos. De ningún tipo. Para llegar a construir una opinión y luego decirla en voz alta, ¿no les parece mejor informarse, esperar los resultados de una investigación, antes de salir a la calle pertrechado con antorchas? O listo para alzar la guillotina en mitad de Plaza Euforia. “¡Que les corten la cabeza!”, que diría la Reina de Corazones del País de las Maravillas, tan proclive ella a enfadarse si le llevan la contraria, cuando las cosas no son cómo le gustaría que fueran. Es una frase que, en estos tiempos de fanatismo beligerante con hogueras en cada esquina de las redes sociales, me viene a menudo a la mente. Uno se encuentra la famosa expresión del personaje de Lewis Carroll disfrazada de mil maneras, pero la esencia está clara. A mí, como al patio de cualquiera, también consigue tentarme. Por supuesto que sí. Pero antes de dar rienda suelta a la lengua, antes de que mis dedos se muevan por el teclado a merced del estado de ánimo con el que ese amanecer se hayan despertado mis neuronas, me acuerdo de otra frase que me obliga a recular. “¡Hablemos con propiedad!”, solía aconsejarnos con firmeza a los alumnos de Derecho Civil un profesor tan poco dado a los malabarismos fatuos, que ni siquiera recuerdo su nombre. A pesar de que puedo verlo, como si no hubieran pasado más de veinte años. Aquella forma que tenía de posar su mirada en el techo del aula mientras pasaba sus pulgares por debajo de los tirantes, cuando la pronunciaba.
Sí, parece un consejo muy sano, hablemos con propiedad. Lo que no significa que nos dediquemos a rebuscar palabras presuntuosas para apoyar teorías o justificar linchamientos ya decididos de antemano, sino tratar de opinar con un mínimo de conocimiento. Con templanza. También, evitando caer en los calificativos más fáciles, esos que siempre tenemos a mano. Adoro la capacidad que poseemos los españoles para extraer chistes del sombrero sobre cualquier cosa en un abrir y cerrar de ojos, ese ingenio creativo que resume un entero pensamiento dentro de una sencilla viñeta. Siempre y cuando, no se incline hacia la descalificación personal. Jamás la he entendido. Creo, por otra parte, que resta méritos a la denuncia que pretende hacerse. Pero la Historia es cíclica y, ahora, parece que toca fanatismo, es el turno de “talibanizar” al máximo las posturas. Época de arrebato y paroxismo. Y que a nadie se le ocurra caminar por esa débil cuerda floja que pretende imposibles equilibrios en tierra de nadie, porque el intento le costará el repudio de los unos y de los otros. Es ese “estás conmigo o contra mí”, lo que más me martiriza.