TRIBUNA
El poder del perro
Francisco Delgado-Iribarren
jueves 09 de octubre de 2014, 20:44h
Quizá el misterioso poder del perro residiera en su nombre, Excalibur, la espada del rey Arturo a la que se atribuían propiedades extraordinarias. Esta columna podría haberse titulado Réquiem por Excalibur, pero uno vive en un país de locos y tiene la lógica aprensión a que le ladren, a que le muerdan incluso, si se le va la mano con la sátira.
Que conste, pues, que el a la derecha firmante era partidario de que el animal viviera; al menos, hasta que se diagnosticara si portaba o no el maldito virus del ébola. Deseo que nada de lo que escriba se entienda sin el debido respeto a sus “familiares” –sus dueños- y sus amigos, que en el último día de su vida hemos sido –me incluyo, porque yo también quería que viviera- legión.
Escrita la aclaración pertinente –una especie de cláusula empática-, hay que reconocer que el conflicto se nos ha salido de madre. Que España se ha pasado muchos pueblos. El miércoles 8 de octubre de 2014 forma una página más de nuestra Historia universal de la ridiculez. La peripecia del desventurado can da para una tragicomedia española. Está sazonada con todos los ingredientes de la marca nacional: humor, dolor, patetismo, mala leche, mala educación, esperpento, histeria…
Uno no tiene ni idea de microbiología ni de protocolos sanitarios. Tampoco tiene ninguna gana de hacer pasar por que la tiene. Seguramente por eso, la frase más sensata que oyó a lo largo de este enrarecido miércoles fue la del presidente Rajoy: “Dejen trabajar a los profesionales de la sanidad”. Pues sí, cada uno a lo que sabe y ninguno a lo que no. Que el camino de los borregos está lleno de legos.
Uno tampoco es experto en estrategia bélica, pero le da en la nariz que ganar la guerra contra el ébola –que por ahora está en minoría- será más factible si no se desencadenan otras guerras paralelas dentro del bando que lucha contra el virus. Pero en España pedir que se retrasen la guerra política y la guerra mediática que siguen como los vagones a la locomotora a todo episodio controvertido es como pedir la plena honradez y el pleno empleo.
En esta crisis sanitaria se ha generado una sobredosis de escenas impúdicas y grotescas. Algunas se pueden comentar y otras ahora no. A destacar como apogeo de este bochorno nacional el momento en que las autoridades sanitarias se llevan al perro y un grupo de manifestantes se aglomeran alrededor de la casa de la enfermera -¿era lo más seguro?- para tratar de impedirlo. Gritos, sentadas, pancartas, golpes, pedradas contra el vehículo, un manifestante con una brecha en la cabeza… ¿Hacía falta ese nivel de histeria… por un perro?
Es verdad que el amor a los animales es una virtud, no en vano la predicó de palabra y de obra San Francisco de Asís –hace cinco días la Iglesia celebró su fiesta-, uno de los santos más universales, queridos y admirados. Es popularmente conocido que el ‘pobrecillo’ de Asís llamaba a los animales “hermanos”. Pero ojo, si el amor a los animales es sustitutivo del amor a los hombres, es perverso. Si Francisco llegó a los altares no sería ni muchísimo menos por saltarse el principio cristiano básico de amor a los hombres (o sea, a los nuestros).
El mismo día del sacrificio de Excalibur Europa Press informaba de un pastor detenido en San Javier por (presuntamente) ahorcar y matar a su perro y abandonar hasta la desnutrición extrema a otro. Es decir, ya son dos perros por los que clamar, y no solo uno. Pues bien, esta noticia apenas circuló por las redes sociales y jamás se convertirá en trending topic. Es verdad que en estos procesos ‘virales’ (con perdón de la expresión) juega un papel muy importante otro virus que conocemos bien en España y que se contagia ipso facto: el papanatismo. Este no mata, pero atonta.
En España ya hemos sufrido esa mutación perversa por la que la falta de caridad hacia los demás ha degenerado en un exceso de amor –en muchas ocasiones ñoño- por los animales. Esta subversión de valores alcanza a nuestros sectores cultos y académicos. Como muestra, dos tuits de los miles y miles vertidos. Uno de un escritor y otro de una escritora: “Excalibur ha sido sacrificado. Confirmado Panda de psicópatas sin escrúpulos ni humanidad, el perro valía más que vosotros” (sic, Lucía Etxebarría). "Propongo poner el perro en observación y sacrificar a la ministra. No hay color" (Arturo Pérez-Reverte, 38.000 retuits).
Uno no tendría nada que objetar a la defensa a ultranza de la vida animal contra muertes provocadas e injustificadas… si quien enarbolara esa bandera condenara también las muertes provocadas e injustificadas de seres humanos. Entre ellos, por supuesto, los no nacidos, que también son de los nuestros. Escrito con claridad: la vida de Excalibur no valía más que la de ninguno de los 120.000 seres humanos que al año son abortados en España. El valor de una vida humana es superior a la vida de cualquier perro, gato, toro o vaca.
La parte de la sociedad que celebra con alborozo la retirada de la Ley de Protección de la Vida del Concebido y de los Derechos de la Mujer Embarazada, como si la selección hubiera ganado un partido de fútbol, y a la vez se desgañita hasta dañarse las cuerdas vocales por la vida de un animal está moralmente puesta del revés. Y en la España de nuestros sufrimientos esa parte de la sociedad es insoportablemente grande. Pues eso, un país de locos. De insanos, que dicen los ingleses.