«Y no me hables de los liberales, que estoy de los liberales hasta aquí... ». Me lo dijo con tal contundencia que enmudecí, así que en lo sucesivo opté por dejar de lado el asunto al hablar con Javier de..., persona por lo demás bonancible, culta y refinada, de cuyo saber no quería verme privado.
Aducir todo tipo de objeciones al liberalismo y los liberales, sin ambages ni matices, de un plumazo, es harto frecuente entre nosotros. Rechazo sorprendente habida cuenta de la confusión con la que el lenguaje coloquial rodea tales términos: si alguien se les confiesa liberal piensen en aquel que se declaraba deportista porque no se agotaba de ver y oír todo tipo retransmisiones; luego traten de acotar el alcance de su proclama porque la sorpresa acecha.
En el brete de explicar el alcance de mi liberalismo señalo, como punto de partida, que consciente del carácter esencialmente cooperativo del ser humano, de mis limitaciones como individuo obligado a vivir en sociedad, trato de evitar al prójimo lo que no deseo para mí. Principio moral que, por otra parte, tuvo su correlato legal en la primera Constitución francesa tras 1789, la de l'an I, 1793, en este enunciado: «La libertad es el poder de que dispone el hombre de hacer todo aquello que no lesione los derechos de los demás; tiene como base la naturaleza, como norma la justicia, como salvaguarda la ley; su límite moral se halla en esta máxima: No hagas al prójimo lo que no deseas que se te haga. »
Señalo asimismo que no caigo en la doble confusión establecida, que interesadamente asimila democraciacon votaciones periódicas y ciudadanos con pasivos sujetos pasivos tributarios, a lo que añado que prefiero equivocarme por mi mismo a que lo hagan otros en mi nombre; ¡cuantos menos y cuanto menos decidan por mí, mejor que mejor!, lo cual no es óbice para considerarme esencialmente, además, un sujeto de error.
De ahí siguen al menos un par de corolarios inmediatos. Primero: mi cartera es el mejor refugio para mi dinero. De equivocarse alguien en su administración que sea yo; por descontado. ¡Cómo me duele el bolsillo por tantos y tantos “grandes hombres” que hacen profesión del gobierno de la sociedad sin acreditar otro mérito que su servil dependencia del comité de listas de turno! Para luego disparar con pólvora de rey; como poco.
Segundo, del mismo tenor: mi voto no irá a parar a la urna en tanto en cuanto haya de adherirme a listas cerradas y bloqueadas pergeñadas en las mesas–camilla de los sanedrines partidarios. ¿Cómo van a representar la Soberanía Nacional diputados que deben adhesión inquebrantable a quienes les han nominado para componer una lista electoral, si la mayoría se muestran incapaces de evidenciar una mínima “soberanía personal de criterio”? Eso en el supuesto de que “no yerren” en tal designación...; en todo caso invoco de nuevo mi preferencia a equivocarme yo.
Por disipar ciertas dudas mediante imágenes de contraste, bosquejo un breve anecdotario ilustrativo, surgido de la realidad que me ha tocado vivir.
“Socialista a fuer de liberal” se declaró González –el gran gatazo blanquinegro y tontiastuto, etc., ferlosiano–, en tanto que al poco su por entonces inseparable Guerra proclamaba que “Montesquieu ha muerto”. De paso le quebraron el espinazo al Tribunal Constitucional al poco de que echara a andar -otra más de sus innumerables tropelías- ...
La compañía asintió; fuese cada cual a lo suyo y no hubo nada. Hace ya un tiempo de eso, preludio de la gran sinfonía zapatética.
Aznar había prometido regeneración democrática, con Anguita de testigo de cargo, pero ya en el poder no regeneró nada. Michavila –hoy en el Consejo de Estado, ¿recompensado?– le ayudó a que Montesquieu se viera con un palmo de tierra más sobre sí; pactado y bien pactado.
Y para rematar la faena designó sucesor de modo caudillista...
“– ¿Y si hubiera resultado un líder?
– ¿ Mariano un líder?, ¡un líder! Imposible, respondí. Un líder jamás aceptaría tal mecanismo.”
Pero él acepto. Y la compañía una vez más asintió –“liberales” incluidos–; cada cual a lo suyo y....
Para que no cupiera duda el designado proclamó, tras la apoteosis congresual, «Y los “liberales” (¿?) que se vayan al partido liberal».
Hubo quien aplaudió hasta romperse las manos pero que yo sepa nadie se fue, hecho para el que sólo tengo dos hipótesis. Una, que esos liberales fueran gente descortés y desoyeran tan amable invitación, pero me cuesta aceptarla porque mis liberales suelen ser personas exquisitas; otra, que Don M. se hubiera equivocado de nuevo alanceando moros muertos.
En todo caso ahí se esfumó toda esperanza, incluso la más aguerrida, si es que alguna vez la hubo.
También hace ya de eso un tiempo; la historia –la vida– vuela. Y con ellos las tropelías prosiguieron; algunas siguen vivas y coleando como bien sabemos.
¿Será verdad que los españoles tenemos los gobiernos que nos merecemos, o no son gobiernos sino padrastrones, pésimos “padres” al pairo de las virtudes filiales?
No puedo menos que sorprenderme ante la existencia de un posible liberalismo leninista. A mi manera de ver se trata de un imposible ideológico. Tan imposible como el geométrico de la cuadratura del círculo; ¿acaso la índole de los esquemas organizativos de PSOE y PP no es sino del más rancio “centralismo democrático”, vulgo leninismo en mis tiempos jóvenes, por mor de la irresponsabilidad que consagra un sistema de listas cerradas y bloqueadas a las que los votantes sólo les queda la opción de adherirse? «Las listas las hago yo» son palabras más propias de un Rey Sol del XVIII que de un líder democrático de la Europa occidental del XXI; no hay encaje liberal posible por lado alguno, repito.
Pero como no acaba aquí el repertorio de escuelas “liberales” circundantes, dejo para otra ocasión el comentar proclamas de quienes se acogen a la enseña de las que establecen principios económicos como señas de identidad.