Por tercera vez Evo Morales se hace con la victoria electoral en Bolivia, algo que le permitirá perpetuarse en el poder al menos hasta 2020. Más allá del fraude consustancial a la victoria de todos los líderes populistas en América Latina -la más flagrante, la de Nicolás Maduro en Venezuela-, es incuestionable que Morales goza de un respaldo popular considerable. Dicho apoyo, por otra parte, tiene mucho de paniaguado en un país con una clase media en peligro de extinción y una enorme masa social sin apenas formación en la que Morales encuentra sus máximos apoyos.
Resulta muy poco alentador que el presidente de Bolivia siga mirándose en el espejo de Fidel Castro y Hugo Chávez, a quienes dedicó su triunfo. El país goza cada vez de menos credibilidad, toda vez que Morales ha ido laminando la seguridad jurídica a su antojo con una política de nacionalizaciones confiscatoria y populista y con unos escándalos de corrupción tapados a base de injerencias en el poder judicial. Es muy difícil que alguien pueda hacerse sombra a Evo Morales: aparte de controlar todos los mecanismos institucionales, cuenta con el apoyo de Venezuela, Ecuador, Cuba y Argentina, entre otros. No corren buenos tiempos para la democracia en el continente.