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TRIBUNA

Premio Nóbel de la Paz compartido

miércoles 15 de octubre de 2014, 20:26h
Actualizado el: 16 de octubre de 2014, 08:33h

Decía el sociólogo alemán Max Weber que el carisma no sólo es fuente de poder sino también de autoridad. El caso de la paquistaní Malala Yousafzai es bien representativo de ello al haberse convertido en una de las personas más influyentes a nivel mundial al dejar más que demostrado a lo largo del tiempo, y a pesar de su corta edad, unas cualidades personales extraordinarias que le han hecho más que merecedora del Nobel de la Paz junto al también carismático y no menos meritorio activista indio Kailash Satyarthi.

Lo que une a estos dos gigantes es el fin que persiguen, a todas luces, noble y loable: la lucha contra la opresión de niños y jóvenes y la reivindicación del derecho de todos los niños a la educación; además de ello, por si fuera poco, resultan ambos brillantes faros que irradian un nada desdeñable mensaje esperanzador a la juventud actual, que puede encontrar en ellos magistrales referentes éticos con verdadera vocación de servicio a los demás. Es digna de aplauso, por ello, la decisión del Comité Nobel del Parlamento Noruego al haber concedido tanto a Malala como a Kailash uno de los premios más cotizados por su prestigio y renombre internacional.

Malala, paquistaní musulmana de 17 años, representa una figura ejemplar de fortaleza espiritual si recordamos que a día de hoy sigue luchando por sus loables principios y ello a pesar de haber sufrido un grave atentado de manos de los talibanes en 2012 cuando trataron de acabar con su vida al dispararle en la cabeza “sólo” por defender con valentía la escolarización de la población femenina. Parece obvio que la cultura talibán es una cultura machista y discriminatoria que vulnera derechos fundamentales por doquier desde el momento que relega y humilla a la mujer, obligándola a vivir casi oculta dentro de la casa, a no poder pasear sola por la calle o a tapar su físico casi por completo para ocultar y negar su identidad.

La indiscutible ética de la convicción de Malala le condujo a seguir promoviendo el derecho a la educación de las niñas, a pesar de las constantes amenazas recibidas de grupos extremistas y radicales, publicando un libro en 2013 titulado Yo soy Malala –I am Malala- con el que pretendía llegar a todos los públicos denunciando que 61 millones de niños en el mundo no tienen acceso a la educación. Desgraciadamente, su propósito se vio truncado en su propio país al ser prohibida la obra en las escuelas privadas de Pakistán. Ello revela la falta que hace que los mensajes de Malala y de otros activistas políticos como ella calen hondo en países como Pakistán y Afganistán para conseguir superar la pobreza intelectual, las desigualdades y la discriminación que sufren las mujeres ya desde niñas. A pesar de los reveses sufridos por la incomprensión, los celos y la radicalidad de ciertos grupos radicales afincados en Pakistán y Afganistán, la constancia y rectitud de principios de Malala no tardarían en dar frutos: en 2013 recibió el premio Simone de Beauvoir, el premio Sajarov de la Unión Europea y estuvo nominada para el Nobel de la Paz; también fue invitada a hablar ante la Asamblea General de la ONU, que declaró el día de su cumpleaños, el 12 de junio, Día de Malala.

La joven paquistaní consiguió notoriedad cuando el Ejército de su país echó a los talibanes del valle del Swat en 2009. Se supo entonces que ella era la autora de un blog que se difundía en la web de la BBC en el que contaba cómo era la vida bajo el control de los radicales. Bajo el pseudónimo de Gul Makai y desde los 11 años, Malala había relatado cómo iban creciendo las restricciones hasta llegar a cerrarse todas las escuelas de niñas, incluida la que regentaba su propio padre. En 2009, participó, junto a él, su verdadero mentor, en un documental (“Pérdida de clases, la muerte de la educación de la mujer”), en el que denunciaba los atropellos en derechos fundamentales que sufrían las mujeres, sobre todo, en el ámbito educativo. Un informe publicado por el Ejército llegó a asegurar que los talibanes habían decapitado a 13 niñas, destruido 170 escuelas y colocado bombas en otras cinco. Cuando los militares pusieron fin a la tiranía de los talibanes en Swat, Malala se erigió en la principal portavoz en favor del derecho a la educación de las niñas.

Satyarthi, ingeniero informático hindú de 28 años, también es digno de todos los honores que acompañan a tan prestigioso galardón puesto que, siguiendo la tradición de Gandhi, ha liderado distintas formas de protesta y manifestación pacíficas con el fin de combatir la grave explotación económica que sufren los niños, principalmente, en su país. También Satyarthi ha apoyado con valentía importantes convenciones internacionales sobre los derechos del niño como arma desde la que poder denunciar a las multinacionales que en La India explotan sin ningún tipo de escrúpulos a niños de entre 5 y 12 años de edad. A él le debemos que la organización que encabeza, Global March, haya conseguido liberar de la esclavitud y opresión empresarial a unos 80.000 niños en más de 160 países.

En nuestras manos está cambiar el mundo. Pensemos que gracias a estos “ángeles de la paz” y gracias también a la lucha de otras muchas personas e instituciones anónimas, que no han recibido el premio pero que trabajan de forma intensa y sin descanso por defender los derechos de los que nos los tienen, desde el año 2000 hay 78 millones menos de niños que trabajan en el mundo aunque todavía siguen existiendo 168 millones.

En esta última edición del Premio Nobel hubo una cifra récord de candidatos, nada menos que unos 278, es por ello mayor el mérito y el acierto del Comité Nobel Noruego al haber tomado la sabia decisión de concedérselo a este hindú y esta musulmana paquistaní, unidos por la noble empresa de luchar contra la explotación infantil y por el derecho fundamental a la educación. Como enfatizó su presidente, Thorbjon Jagland, al entregarse el galardón “la lucha contra la opresión y por los derechos de los niños y adolescentes contribuye a la realización de la <> que Alfred Nobel considera en su testamento como uno de los criterios para obtener el Nobel de la Paz”.

Cristina Hermida

Catedrática de Filosofía del Derecho

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