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TRIBUNA

"La educación debe ser un tema de estado"

sábado 25 de octubre de 2014, 19:17h
Actualizado el: 26/10/2014 13:17h
Se viene celebrando un ciclo de debates, del que tengo ahora noticia, bajo el epígrafe “La Educación, tema de Estado”. El encabezamiento da título al 3º y último; lo protagonizarán la Sra. del Castillo y el Sr. Gabilondo, dos “ex”. Dudo si acudir; no asistí a los anteriores y tendría una percepción parcial del ciclo, lo que no es óbice para que pueda sostener lo que viene.

Ojeo la relación de protagonistas [ciclo-de-debates-educacion-tema-de-estado/], todos personas ciertamente relevantes. Admito que confiar en personas relevantes, a la hora de establecer un debate riguroso, sea condición necesaria pero de ningún modo le otorgo el rango de condición suficiente.

Seguramente seguí el mismo plan de estudios que varios de ellos. En él, la opción Ciencias o Letras, por la que nos teníamos que decantar en 5º de bachillerato, venía claramente determinada por la disposición de ciertas destrezas intelectuales; la “vocación” era algo que solía sobrevenir más adelante, sobre todo en ciertos estratos sociales; esto es puro hecho empírico.

Jean François Revel, uno de mis referidos guías liberales, Liberales[2], ya sostuvo que «otra de las ilusiones más tenaces de la tradición y de la formación filosófica,... consiste en creer que el pensamiento del filósofo es, por definición, diferente a las restantes formas de pensamiento del hombre y sobre el hombre. Es tomar, otra vez, por un privilegio evidente, y del que se dispone “ab initio”, lo que en realidad es el fin a alcanzar.» [Pourquoi des philosophes? René Juliard, 1ª Ed. 1957]. Hacer extensivo tal aserto a economistas, sociólogos, historiadores o penalistas, por muy relevantes que sean, o a quien esté formado en cualquiera de las disciplinas humanistas, no me supone riesgo alguno. Lo digo con todo respeto; y con toda firmeza. Ninguno de ellos dispone de formas de pensamiento especiales sobre la cuestión considerada. Tampoco.

Pretender establecer un debate sobre educación –eufemismo de instrucción, adquisición de conocimientos específicos en diversas materias, porque ese es a mi entender el quid de la cuestión, aquí y ahora– excluyendo la presencia de quienes se han forjado en el estudio y conocimiento de una disciplina científica, de quienes digan que cierto saber sólo se alcanza con un sacrificio cercano al churchilliano “sangre, sudor y lágrimas”, me resulta sencillamente inconcebible.

Son debates abocados a una más que palmaria esterilidad –también “ab initio”– por esa injustificada exclusión que presagia lo peor: la pura retórica. Es como pretender hablar de bases filosóficas prescindiendo de Platón, de mecánica clásica eludiendo a Newton, o de la revolución francesa de 1789 ignorando a Tocqueville, por ejemplo. Esto en lo que sitúo en un plano general.

En lo que concierne a la Sra. del Castillo y Sr. Gabilondo, no les recuerdo un enunciado propio acerca de cuál es la razón de ser y el propósito de la institución escolar. Estoy por asegurar que tampoco leyeron La traición de los profes, capítulo 11º de mi 6ª edición, en Austral 2007, de El pensamiento inútil, también de Revel.

La escuela la inventamos con el propósito esencial de forjar el futuro tratando de preservar el modelo social vigente en cada época y lugar; lo dije en Escuela, ¿para qué?. Revel señala que los profesores de enseñanza secundaria juegan un papel esencial en ello: «son quienes transmiten el conocimiento, o lo que ocupa su lugar, quienes moldean la cultura en su raíz y tienen en su mano la llave que abre a cada generación el acceso a una representación del universo,…

… son, tal vez, los más influyentes en la visión del mundo de una sociedad: los maestros de segundo grado que forman a los niños y a los adolescentes desde los 10 a los 18 años».

Y vuelvo al plano general. ¿Acaso quienes aducimos formación científica no participamos activamente en el acceso a esas representaciones del Universo? Yo lo hice en mi etapa de profesor de enseñanzas medias a lo largo de casi 30 años. ¿Por qué se nos excluye?

Es más, las formaciones humanistas han estado absolutamente ausentes en la gestación y desarrollo técnico de avances, como la informática o la telefonía inalámbrica por ejemplo, que hoy nos resultan imprescindibles; sus vastas aplicaciones también abarcan el campo de la formación de quienes han de administrar el futuro. Avances que –naturalmente– determinan las posibles representaciones del universo que se puedan ofrecer. Otro puro hecho empírico.

Por contra los humanistas parecen detentar la exclusiva del discurso y de su gestión. ¿Qué títulos superiores les avalan cuando lo cierto es que los indicadores más fiables señalan la debacle de los niveles de instrucción con el que egresan nuestros jóvenes de escuelas e institutos? Nuevo hecho empírico que debiera inducir a muy seria reflexión; pero que muy seria: la ocupación del MEC por los psicólogos y los mandatos de humanistas, desde Otero a Wert pasando por el infausto Maravall –Solana y Pérez R. son meras anécdotas “científicas” –, arrojan resultados catastróficos; guste o no, es la pura realidad en esta España de mis quebrantos.

En lugar de seria reflexión, en pleno SXXI de la era cristiana, aquí y ahora, se nos ofrecen ciclos de debates de planteamiento más que dudoso.

La instrucción de las generaciones futuras es algo que la especie viene haciendo desde que lo es; la escuela es la institución a la que confiamos ese cometido. El hecho de aprender, que de ningún modo se puede confundir con el de enseñar, tiene unas exigencias consustanciales a la especie: requiere de buenas dosis de esfuerzo, trabajo y perseverancia; los recursos naturales y las circunstancias sociales establecerán límites al campo de posibilidades. Tratar de eludir las limitaciones propias del ser humano en tal menester es pura retórica: pretensión de convencerse, y convencer al auditorio, de que empleando ciertas palabras y ciertos giros nos colocamos más allá de las dificultades de la realidad; pretensión de sustituir la solución por el truco.

Hoy –como ayer, anteayer, como siempre–, para progresar como lo hemos hecho en el occidente de raíz greco–romana y cristiana, la única vía que se ha mostrado infalible ha sido el libre juego de los recursos inherentes a la especie. Los que nos permitieron llegar a la imprenta desde los amanuenses, al Nuevo Mundo con rudimentarias embarcaciones y nociones de geografía, a un sofisticado conocimiento del cosmos desde el geocentrismo... ¿Dónde está el misterio?, ¿qué nos queda por “inventar” en este menester?

¿Acudir?, ¿para qué?, me digo. Presupongo escasa altura; puro retablo de maravillas; pasarela de vanidades. La nada envuelta en humo. Veré en qué resulta. Y plegaré velas si he de hacerlo.

Acabo recordando a Galdós; me causa sonrojo tener que poner esto negro sobre blanco. Y a Larra, al que parafraseo, “En España pensar es llorar”.

¿Por qué he de decir tanta obviedad? No lo entiendo. Ustedes disculpen.
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