La historia recuerda el colonialismo en África como uno de los hechos más vergonzosos e inhumanos. Apenas un millar de occidentales subyugaron a todo un continente sembrando la semilla del expolio incontrolado de los recursos naturales que perdura hasta nuestros días.
Esos colonos primigenios, embelesados por las maravillas de África, echaron raíces quedándose a vivir por generaciones, especialmente en las regiones más australes del continente, en las actuales Zimbabwe, Angola, Suráfrica, Mozambique y Namibia, y la presencia de la raza blanca no es tan de extrañar por aquellos lares.
Sin embargo, en territorios más ecuatoriales, como el Congo, antigua colonia belga, el blanco no es sinónimo de compatriota, sino de voluntario, de misionero, de turista o de empresario. De un modo u otro, la tez pálida representa el poder, ya sea educativo, cultural o económico. Hasta ahora.
Zambia, un país enclavado entre la República del Congo, Angola, Zimbabwe y Mozambique e independiente desde 1964, se ha convertido esta misma semana en el primer país subsahariano, a excepción de la multirracial Suráfrica, cuyo presidente democrático es de raza blanca. Hasta ahora, Frederik Willem de Klerk, símbolo del Apartheid y premio Nobel de la Paz junto con Nelson Mandela, ostentaba este récord, aunque el régimen racista condicionó su elección.
Si bien Guy Scott, que así se llama el nuevo jefe del Ejecutivo, no ha sido elegido en las urnas por sus 14 millones de compatriotas, ha sido nombrado tras el fallecimiento en Londres del hasta ahora presidente, Michael Sata, en el cargo desde 2011 y apodado como ‘Rey Cobra’ por su virulencia dialéctica.
Más allá de lo anecdótico, Scott es un símbolo de doble sentido. Para algunos puede llegar a convertirse en un icono de la convivencia racial, muy implantada en su país pero no tanto en los colindantes, mientras que para otros representa la herencia de la barbarie colonial de la que el Imperio Británico hizo gala en el país, entonces conocido como Rhodesia del Norte, durante décadas. Por lo pronto, ejercerá como presidente interino al menos 90 días más, plazo que recoge la Constitución para que se convoquen elecciones, la misma Constitución que dice que él no podrá concurrir al no ser zambiano de, como mínimo, tercera generación.
Scott, casado con una blanca, con cuatro hijos y con antepasados escoceses que llegaron a la entonces Rhodesia a comienzos del siglo XX, ha dedicado gran parte de sus 70 años a trabajar para su país. Tras graduarse en la Universidad de Cambridge y en la de Oxford, se incorporó al ministerio de Economía y ha sido responsable de la cartera de Agricultura con Frederick Chiluba en el poder y vicepresidente más tarde en el gabinete del difunto Sata.
En una región que se abrió al mundo conocido de la mano del conocido explorador británico David Livingstone, que da nombre a la ciudad de la que es oriundo el propio Scott, el porcentaje de blancos es casi residual y testimonial, por eso sorprende que el país ahora esté en manos de alguien cuya raza no coincide con el 99 por ciento de los 700 millones de personas que habitan el África subsahariana.
Sea como fuere, Scott, histórico militante del Frente Patriótico, de izquierdas, se pone al frente de uno de los países más democráticos y constitucionales del continente y cuya economía crece a un ritmo sostenido y equilibrado del 6 por ciento anual gracias a sus exportaciones de cobre y esmeraldas. Es más, el nuevo presidente no dudó hace tiempo en criticar el colonialismo blanco y a los defensores del régimen racista del Apartheid surafricano.
Por lo pronto, su primera responsabilidad ha sido repatriar los restos de su antecesor desde Reino Unido. La segunda, ni más ni menos, encabezar los fastos que conmemoran el 50 aniversario de la independencia de Zambia, una fecha y un evento que pocos podrían vaticinar que tuviera ahora, con Scott de presidente, tanto simbolismo.