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Elogio de la política

domingo 02 de noviembre de 2014, 19:09h
Actualizado el: 03 de noviembre de 2014, 08:23h

La conducta de algunos políticos puede ser absolutamente reprobable, pero la política no es una actividad despreciable. “La política trata del estar juntos”, escribe Hannah Arendt, y encarna la esperanza de que “la humanidad será razonable”, superando sus tendencias más destructivas. El sentido de la política no es realizar utopías, sino garantizar la vida y la libertad. La dignidad del hombre es inalienable, sí, pero solo es posible en una sociedad abierta y plural, donde se reconoce el derecho a la diferencia y se resuelven los conflictos mediante el diálogo y el consenso. Conviene recordar estas cuestiones en un momento particularmente delicado de nuestra vida política, cuando la crisis económica y los escándalos de corrupción alientan una vez más la retórica populista, que anuncia un inminente asalto a los cielos. Es innegable que nuestra democracia vive un momento aciago, con casi doce millones de personas en peligro de exclusión social, según el último informe de Cáritas. Es un clima propicio para descalificar el modelo democrático y fantasear con absolutos que no necesitan lidiar con arduos y tediosos procesos de negociación. Produce inquietud comprobar que la extrema derecha y la extrema izquierda agitan el mismo discurso, con ese espíritu demagógico que dinamitó la República de Weimar, preparando el escenario para un conflicto de increíble crudeza y crueldad. La política no es religión. No postula paraísos. Se ocupa de lo posible, creando un espacio de convivencia, progreso y solidaridad. Gracias a eso, aparecen lo plural y lo diverso, con sus manifestaciones literarias y artísticas, que brotan de diferentes (y a veces opuestas) sensibilidades. Cuando la política garantiza las libertades, surgen la innovación, la ruptura, la originalidad, lo impensable. En cambio, los regímenes autoritarios no soportan la diversidad, la irreverencia o el inconformismo. El realismo socialista y la épica monumental de los fascismos reflejan la esencia de un modelo político que se postula como un absoluto incuestionable. La democracia tolera la risa. Por su dogmatismo, las dictaduras interpretan el humor como una intolerable herejía. En Corea del Norte, ridiculizar a Kim Jong-un constituye un acto de traición, pues se atribuye al líder supremo una naturaleza perfecta e infalible. En España, los políticos aceptan que la sátira es un signo de salud democrática, aunque les incomode o irrite en mayor o menor grado. La ironía no es una forma de subversión, sino un ejercicio de sentido común, que señala nuestros límites e imperfecciones.

La perfección y la política no hacen buenas migas. La política es un trabajo de gestión realizado por seres humanos que pueden acertar, equivocarse, extraviarse o, en el peor de los casos, abusar de sus cargos, traicionando la confianza de sus conciudadanos. La política puede –y debe- combatir los cuadros de pobreza y exclusión, pero nunca podrá acabar con las desigualdades, pues “la libertad perfecta –advierte Isaiah Berlin- no es compatible con la igualdad perfecta. […] Si ha de lograrse la igualdad perfecta, entonces habrá de evitarse que los hombres se distancien unos de otros, tanto en logros materiales como intelectuales y espirituales; de otro modo, surgirán las desigualdades”. Lejos de constituir una apología de la desigualdad, esta reflexión establece un severo límite a la libertad perfecta, que presupone la total ausencia de obstáculos para la acción humana. Berlin entiende que la libertad perfecta no es deseable, pues “entonces los fuertes machacarán a los débiles, los lobos se comerán a las ovejas”. La libertad se convierte en algo positivo cuando reconoce los derechos ajenos y la necesidad de consensuar los fines. El poder político solo adquiere legitimidad cuando sus leyes son fruto del debate público y de mayorías parlamentarias que reflejan la voluntad popular. Eso es la política y su cometido no es tan solo imponer el gobierno de la mayoría, sino garantizar igualmente los derechos de las minorías, amparando el pluralismo irreductible del ser humano. Hegel afirmó que las guerras son como el viento, que “preserva al mar de la corrupción en que caería con una permanente quietud”. Solo un desalmado podría darle la razón. Solo un irresponsable aprovecharía los actuales escándalos de corrupción y los efectos más trágicos de la crisis para cuestionar la democracia. Ningún político implicado en actividades ilícitas debe escapar del brazo de la justicia, pero no debemos confundir las flaquezas y vicios humanos con una forma política que ha proporcionado décadas de paz y bienestar. Desgraciadamente, no hay fórmulas mágicas para acabar de un plumazo con el paro y la pobreza. Solo un discurso populista y demagógico puede sostener lo contrario.

¿Significa eso que los pobres, enfermos y excluidos deben ser abandonados a su suerte? De ningún modo. Las instituciones y los ciudadanos deben hacer un esfuerzo solidario para mitigar el sufrimiento de los que soportan graves e injustas privaciones. “Solidaridad –ha manifestado el Papa Francisco- es pensar y actuar en términos de comunidad”. No se trata tan solo de “actos de generosidad esporádicos”, sino de “luchar contra las causas estructurales de la pobreza, la desigualdad, la falta de trabajo, la tierra y la vivienda, la negación de los derechos sociales y laborales”. Los pobres no pueden quedar reducidos a la pasividad por las políticas asistenciales, resignándose a una dependencia crónica. Deben organizarse, “ser protagonistas”, participar activamente en los cambios. “Queremos que se escuche su voz que, en general, se escucha poco”, pues “la solidaridad, en su sentido más hondo, es un modo de hacer historia”. Las palabras del Papa Francisco contrastan con las teorías de Platón, Hegel y Marx, que atribuyen a una minoría (un consejo, una monarquía absoluta o un partido) un poder ilimitado. La política es la búsqueda del bien común y reconoce la importancia de cada voz, de cada voto, de cada individuo. La solidaridad y no la violencia es la partera de la historia. La violencia nunca es la continuación de la política, sino el fracaso más estrepitoso de la especie humana. La crisis no finalizará con un asalto a los cielos, sino con más democracia, transparencia y equidad. La paz perpetua es un hermoso y tal vez irrealizable sueño, pero solo podremos atisbarlo desde el mirador de nuestras libertades democráticas.

Rafael Narbona

Escritor y crítico literario

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