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Don Jaime de Mora y Aragón, un real bohemio

martes 20 de mayo de 2008, 20:34h
Parece que fue ayer. Pero van a cumplirse este verano los trece años del fin de la aventura. Presentía que su muerte llegaría a los setenta años de edad. Y como tenía palabra de caballero, el 24 de julio murió en Marbella, el rey de la “movida”, de la principal capital costasoleña. Don Jaime de Mora y Aragón dejó, como recuerdo, la más extraordinaria personalidad -mezcla de señorío de aristocracia y de bohemia de lujo- que dio España en el siglo XX. Por orden, obra y mandato de su íntimo amigo, el entonces alcalde marbellí Jesús Gil y Gil, el hombre se hizo estatua. Más no precisa de tal vera efigie, para que esté en el recuerdo de todos los veraneantes, gentes con “pedigrí” (la jet set), que puso de moda en el mundo, otro Príncipe: Alfonso de Hohenlohe. Don Jaime, hermano de la Reina Fabiola de Bélgica y cuñado de Balduino (ambos Reyes Belgas), no fue invitado a la nupcias, celebradas en la capital de Bruselas, entre otras cosas porque Don Jaime, se anticipó a la ceremonia, publicando en un semanario sensacionalista francés, una especie de “memorias” que escandalizaron a la sociedad europea de entonces.

Le conocí desde que comenzó a destacar en diversas y espectaculares dedicaciones. El hijo del cuarto Marqués de Casa-Riera y de Blanca de Aragón de Carrillo de Albornoz, probó los más diversos oficios. Prácticamente desheredado por su multimillonaria familia, no dejaba de adquirir los más caros modelos de automóviles. Él, acomodado en los asientos traseros. El chófer no era otro que su secretario, Pepe, que aparecía como el verdadero hombre de confianza del aristócrata.

En Buenos Aires se ganó la vida practicando la lucha libre americana. La sociedad, más adinerada que aristocrática, se lo disputaba. Él, y su fiel escudero Pepe, vivían a salto de mata pero las matas eran los Palacios, los grandes restaurantes, los mejores hoteles.

Fui uno de sus grandes amigos y recuerdo que llegó a Sitges, en un lujoso velero que, afirmaba, le pertenecía. La verdad es que lo alquiló a su propietario, contrató la marinería para darse una vuelta la costa mediterránea y epatar a la burguesía. En el Club Náutico de la mágica ciudad barcelonesa, invitaba a whisky a sus amigos. Solicitaba de los camareros unas botellas de agua sin gas y tantos vasos como invitados había. Cuando se daba la vuelta el empleado, sacaba unas petacas llenas de licor escocés. Servía el noble líquido e invitaba a los amigos a que se echasen el agua y el hielo que estaba sobre la mesa.

Solía decir que España era un país de emigrantes a las tierras más ricas de Europa. Apoyaba sus tesis poniéndose como ejemplo:


  • Yo mismo pertenezco a una familia con emigrantes hasta el punto que tengo una hermana en Bélgica que trabaja como Reina.



En su epitafio debería figurar, grabadas sobre mármol, las palabras con las que se definía:

“Fui lo que quise, quise lo que fui”

Y tuvo a su lado la última aventura amorosa: la modelo de alta costura y alta sociedad sueca Margitt. Los cronistas llegaron a decir que se trataba de una eterna pareja de enamorados.

Don Jaime se especializó en instalar pubs, en diversos lugares de España. Eran en realidad piano-bar y don Jaime no solamente recibía a su clientela, en su mayoría de amigos, sino que tocaba el piano y hasta cantaba para hacer ambiente. El primer local lo abrió en Sitges, entonces ya de moda. Lo frecuentaban todos los extranjeros, sobre todo belgas, que después presumirían de que los había servido el hermano de la Reina Fabiola. Por cierto, debo hacer constar que, pese a que su hermano podía ensombrecer su figura, lo quería como demostró en infinidad de ocasiones. Cuando llegamos a Bruselas, con un avión lleno de invitados por el propietario de un puerto costasoleño, la Reina Fabiola lo esperaba en el hotel de alojamiento.

Don Jaime instaló otro piano-bar en la madrileña Avenida de América, esquina a Cartagena. Después se instaló en Barcelona en las cercanías de la Plaza de Cataluña. Hasta que descubrió Marbella en donde regentó otro pub, en un hotel propiedad del príncipe de Hohenlohe, al que cariñosamente se le llamaba el príncipe de olé, olé. Al mismo tiempo regentaba, en pleno pueblo marbellí, una discoteca mayormente dedicada a los jóvenes. Se ganaba a la clientela extranjera, hablando a cada uno en sus idiomas natales. Dominaba el inglés, el francés, el alemán, ya que no en vano estudió en los mejores colegios ingleses, suizos y franceses. Después de la Guerra Civil española, periodo en que la familia permaneció exiliada, se fue a formar en Princenton.

Una de sus actividades favoritas era la de “motero”, pilotaba una cara motocicleta con sidecar. Fue uno de los principales artífices de las concentraciones de motos que se celebraban en Marbella. Entre sus datos biográficos recordemos sus intervenciones como actor en cine -con más de veinte películas- y como actor de teatro. Estrenó una comedia de Emilio Romero y otra de Fernando Vizcaíno Casas. Don Jaime, toda una leyenda blanca y una negra leyenda en su biografía, era un hombre tremendamente humano, señor hasta el límite del señorío y, además, amigo. Jesús Gil, le nombró Jefe de la Oficina de Turismo de Marbella. Ninguna otra persona podría lucir el cargo con más propiedad que él. Trataba con igual familiaridad a los amigos de condición económica humilde o a sus amigos, también con mayúscula, desde don Juan de Borbón, su hijo don Juan Carlos y a todos los miembros de la sociedad española. Doscientas cincuenta mil pesetas mensuales era su sueldo que recibía por su tarea de relaciones públicas de la ciudad.

Don Jaime no era dueño de grandes fortunas; pero sí de la mejor, de la más franca, de las sonrisas. No sé cómo hubiese reaccionado ante la corruptela municipal y espesa de los municipios marbellís. Quizás se le hubiese borrado de su rostro su mayor fortuna: la sonrisa.
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