Una vez superada la resaca de las elecciones legislativas del pasado martes, toca poner la vista en el futuro y una fecha destaca por encima de todas: el 8 de noviembre de 2016. Dentro de dos años justo a partir de hoy, los estadounidenses acudirán de nuevo a las urnas para elegir al cuadragésimo quinto presidente del país.
Aunque 730 días pueden parecer un largo camino por recorrer, lo cierto es que los posibles candidatos de uno y otro partido ya empiezan a mover fichas para lograr la mejor posición en la parrilla de salida de las primarias. El complicado sistema de elecciones previas en Estados Unidos provoca que la carrera presidencial haya comenzado ya, aunque no de un modo oficial y sin que haya nadie que haya alzado todavía la voz para decir el “Sí, me presento”.
Las elecciones de 2016 serán diferentes por varios motivos. En primer lugar, porque sí o sí un nuevo inquilino se mudará a la Casa Blanca, toda vez que Barack Obama habrá agotado por entonces el máximo de los ocho años, dos legislaturas, que contemplan la XXII Enmienda a la Constitución de 1951.
En segundo, porque, tras la elección del primer presidente negro en la historia del país en 2009, suenan con fuerza candidatos hasta hace poco impensables siquiera en unas primarias, entre los que se cuentan mujeres y representantes de las minorías, sobre todo la latina.
En tercero, porque, tras la debacle de los demócratas en estas pasadas elecciones de mid-term, los republicanos han ganado en optimismo de cara a ‘colocar’ a uno de los suyos en la Casa Blanca, sobre todo sabiendo que en tres de las últimas cuatro nuevas elecciones presidenciales, excluyendo reelecciones, hubo alternancia entre los partidos: Clinton (demócrata) sucedió a Bush (republicano) en 1993, Bush hijo (republicano) a Clinton en 2001, y Obama (demócrata) a Bush hijo en 2009.
Sin embargo, el panorama es muy diferente en uno y otro bando. Mientras entre las filas demócratas un nombre, el de Hillary Clinton, lo copa todo y casi elimina cualquier conato de guerra fratricida, entre las republicanas apenas se asoman tímidamente media docena de nombres sin por ahora el tirón suficiente como para ilusionar a las bases conservadoras.
Yes she can
Primera dama, senadora, candidata en las primarias demócratas de 2009 y, hasta hace poco, secretaria de Estado en el equipo de Gobierno de Obama. Hillary Clinton ha pasado por casi todos los puestos que orbitan en torno al Despacho Oval y parece que por fin está en condiciones de enfilar su gran objetivo: convertirse en la primera presidenta de Estados Unidos.
No es oficial, pero pocos analistas se resisten a darla como clara candidata y favorita de cara a las futuras primarias demócratas. Pistas sobran, puesto que lleva meses recorriendo el país de cabo a rabo tomando el pulso a congresistas, senadores, gobernadores, militantes, empresarios… Casi cualquiera que tenga algo de influencia de cara a la elección interna demócrata ha sido ‘tocado’ por ella.
A su favor juegan, principalmente, dos factores. Clinton es un apellido que lleva en la primera línea de la política nacional más de 20 años. Primero con su marido y ahora con ella, la familia ha estado en el candelero del poder casi desde la caída del muro de Berlín, por lo que es un nombre familiar y conocido por todos los estadounidenses, algo que no pueden decir la mayoría de posibles candidatos republicanos.
Por otro lado, lleva tiempo haciendo méritos para una candidatura demócrata. Prueba de ello es que le saca más de cincuenta puntos al resto de posibles del partido, entre los que se cuentan el vicepresidente Joe Biden, y eso sin haber oficializado sus intenciones. A día de hoy, Clinton cuenta con más de un 70 por ciento de aceptación entre los demócratas, porcentaje que parece suficiente como para echar a andar su campaña (parece que lo hará en enero) con mucha tranquilidad.
Muchos en ola pero pocos con tirón
En la trinchera de enfrente, y como dicen al otro lado del Atlántico, los republicanos están ‘on fire’. Los conservadores saborean con gusto la aplastante victoria del pasado martes y muchos de los que han ganado batallas esta semana quieren aprovechar la ola para ganar puntos de cara al futuro. Estos son los que suenan con más fuerza a dos años vista de las presidenciales:

Destaca Rafael Edward ‘Ted’ Cruz, senador republicano por Texas y delfín del Tea Party, el movimiento ultraconservador que hace unos años ganó fuerza entre el electorado más de derechas y que ha acabado por difuminarse.
Cruz, de ascendencia cubana y con antiguo pasaporte canadiense, al que tuvo que renunciar tras una agria polémica por una presunta doble nacionalidad, es un republicano a la antigua usanza. De férreas convicciones, por ahora no ha tenido que librar grandes batallas en los comicios estatales, donde su partido arrasa, por lo que los analistas desconfían de su capacidad para desenvolverse con soltura fuera de Texas y en debates que exijan que modere su discurso.

Otro posible candidato es Marco Rubio. También de origen cubano y también senador, hace un par de años a Rubio se le vendía desde el Tea Party como el yerno ideal de la nueva América… hasta que se alineó con los demócratas a favor de la reforma migratoria de Obama, un gesto imperdonable para muchos de sus colegas. Desde entonces Rubio ha perdido fuelle entre las filas republicanas pero no así entre las bases, que le siguen viendo como una alternativa potente a los candidatos del ‘deap south’.
Calificado por la revista ‘Time’ como "el salvador republicano", si bien tampoco se ha mojado, ha sido uno de los que más claras ha dejado sus intenciones. Es más, cuestionado hace unos días sobre si se veía preparado para ser el primer latino en ocupar la Casa Blanca, Rubio no dudó: “Sí me veo preparado”.

El tercero en discordia podría ser Rand Paul, senador por Kentucky e hijo de Ron Paul, que llegó a presentarse hasta en tres ocasiones a las primarias republicanas para unas elecciones presidenciales. Los analistas le sitúan como el clásico candidato que no hace mucho ruido y que acaba por dar la sorpresa.
Es un republicano atípico, como refleja que, al contrario que muchos de sus colegas, se haya mostrado contrario a las políticas de seguridad y vigilancia implementadas por la NSA en su presunta guerra contra el terrorismo, un asunto que le llevó a estar 13 horas seguidas hablando en el Congreso, o que se haya mostrado ambiguo en su postura sobre los matrimonios homosexuales. La revista ‘Time’ le nombró recientemente el hombre “más importante en política” y parece muy bien situado para presentarse como una opción fresca para liderar a los republicanos en 2016.

Otro que tiene mimbres de candidato es el histriónico Chris Christie, dos veces gobernador de Nueva Jersey, un estado netamente demócrata, y considerado como la voz del pueblo. Su estilo sigue la premisa de decir lo que piensa pero no siempre a pensar lo que dice, algo que trae de cabeza a sus asesores y a no pocos compañeros de partido.
La tragedia del huracán ‘Sandy’ le convirtió en una figura a nivel nacional, sobre todo cuando no tuvo problemas en posar ante las cámaras junto al presidente Obama menos de una semana antes de las elecciones presidenciales de 2012. Representa al ala más moderada del republicanismo y sus índices de popularidad juegan a su favor, aunque en contra tiene algunas causas pendientes estatales con la Justicia por corrupción.

Por último, una figura que va cogiendo fuerza en los últimos tiempos es el del congresista Paul Ryan, que ya sabe lo que es una candidatura presidencial, pues era el vicepresidente elegido por Mitt Romney para acompañarle en su carrera de 2012.
Lleva desde los 28 años (ahora tiene 44) en la Cámara de Representantes representando a Wisconsin y es conocido por llevar hasta el extremo la línea de la austeridad en la política fiscal desde la dirección del Comité de Presupuestos de la Cámaba baja, donde es uno de los grandes ‘freshmen’, esos políticos de nuevo cuño que vienen pujando fuerte.
Precisamente esa disyuntiva entre lo nuevo y lo viejo es la que deberá resolver el Partido Republicano durante estos próximos dos años. Si algo ha dejado de manifiesto las elecciones legislativas de esta semana es el hartazgo de la ciudadanía con la élite instalada en Washington.
La sensación de que congresistas y senadores se deben sólo a los más poderosos es creciente, por lo que no son pocos los conservadores que ven con buenos ojos que su candidato presidencial se haya fogueado en la política estatal y no en la federal, lo que llevaría al partido a evitar candidatos con cargos en el Capitolio.
Ésta y otras muchas incógnitas sobrevuelan ya en el aire y, aunque parezca que queda mucho tiempo para que Estados Unidos vuelva a votar, ambos, republicanos y demócratas, saben que en un suspiro se volverán a ver las caras, y esta vez será la Casa Blanca lo que esté en juego.