Meses atrás, uno de los políticos que labraron los primeros –y, por ende, más difíciles- pilares de la restauración democrática, y hombre público de más genuinos genes e impecable pedigrí entre sus grandes pares de dicha hora, mostraba su asombro ante la subitaneidad y perfección con la que se llevan a cabo en España los eclipses y postergaciones definitivas en el escenario del Poder. Extraña sorpresa, ciertamente, en alguien que formara parte destacada de los pelotones de ejecución constituidos en su formación para liquidar la vieja guardia de su partido, con nostalgias de su aroma marxista, y a algunos de cuyos miembros llegaron incluso a rematarle con el tiro de gracia propio de tales ocasiones. ¿Alguacil alguacilado? ¿Lamento de un verdugo convertido en víctima? No le corresponde al cronista dilucidarlo, sino sólo, más modestamente, consignarlo e intentar comprender el fundamento de la queja. En la España hodierna, la cultura generada en las estancias de los príncipes e instantáneamente difundida hasta los peldaños inferiores de la escala social –ejemplar pedagogía, digna sin duda de implantarse con la misma fuerza en instancias cuando menos tan nobles como las de la res publica- determina que el tránsito de la luz y la gloria al mundo de las tinieblas exteriores e interiores sea tan marcado que resulta fácil de entender la honda pena experimentada por los sometidos a tan drástica mudanza. Los clásicos latinos, pero también –y con idéntico vigor y plasticidad- los grandes escritores de nuestro barroco se inspiraron en lances de tal tipo para hurgar, con envidiable acuidad, en los secretos últimos y en las capas más profundas del corazón humano. Todos los que, con desatino reluctante, requieren desaforadamente de autoridades ministeriales y académicas la justificación y “rentabilidad” del latín y griego en las enseñanzas media y superior pueden encontrar en lo antedicho una demostración irrefragable y “actual” de los beneficios sociales de tales materias, indeficientemente provechosas para el crecimiento y la seronda adultez del alma de mujeres y hombres.
Probablemente el sujeto de nuestra particular historia, “científico” ilustre al tiempo que lector insomne de la mejor literatura antigua y moderna y muy preocupado por la deriva de las humanidades en nuestro país, según evidenciara en su hazañoso pilotaje de la cartera de Educación, haya comprobado, en días de quebranto de lealtades y fidelidades proclamadas a los cuatro vientos, la medicina alquitarada que, para trances como los suyos, en la ocasión, implica el conocimiento y amistad de los autores que mejor bucearon en el estado de ánimo provocado por traiciones y reveses inesperados.
Verdaderamente, como él se dolía, en España, solar antonomásicamente tanático, se entierra muy bien. Y, desde luego, la Política con mayúscula y minúscula es uno de los terrenos en que la mencionada práctica se eleva de ordinario a la categoría de arte. En este otoño español ya languideciente de 2014, el triste ejemplo de la veloz inhumación y aun más raudo olvido entre sus otrora enardecidos conmilitones no contribuye a vigorizar el entusiasmo y entrega al indispensable, noble y quizá más exaltante de los oficios, sobre el que, ojalá, nunca haya de colocar –con mirada terrenal- la melancólica fórmula: R.I.P.