La cultura alemana ha estado presente siempre en mi vida. Desde niño, mi padre me enseñó a admirar su música –Beethoven, Schubert, Mahler- y mi madre a sus arqueólogos. Jamás olvidaré la tarde en que compré mi primer diccionario de alemán ni las noches en que escuchaba la Deustche Welle en onda corta. En aquel tiempo, la radio acercaba una tierra que lindaba con la noche, con el Telón de Acero, con el misterio del bloque socialista. Berlín era una ciudad dividida por un muro y al otro lado se alzaba el imperio soviético. Junto a la música y la historia, Alemania significaba para mí el cine. De la mano de mi abuelo, aprendí los nombres prodigiosos de un cinematografía inabarcable: Max Reinhardt, Murnau, Lang… Aquellas imágenes que daban forma al mito del Golem o a al Dr. Mabuse. Como me sucede con el cine ruso o con Chaplin, soy incapaz de verlo sin recordar la voz de mi abuelo comentando imágenes o narrando escenas. Cada vez que veo esas películas, regreso junto a él a un tiempo en que Alemania estaba dividida contra la razón y la Historia.
Cuenta Steiner que, en 1938, Thomas Mann dio una conferencia de prensa en Nueva York poco tiempo después de haber abandonado Alemania. En ella afirmó: “Wo ich bin, ist die deustche Kultur”, “donde yo estoy, está la cultura alemana”. Las palabras parecerían una prueba de soberbia pero su hermano, Heinrich Mann, las interpreta como la expresión de un profundo sentido de la responsabilidad. Por boca de Mann, hablaba una tradición de alta cultura que nos conmueve y fascina cuando la contemplamos a la luz de las atrocidades y los heroísmos del siglo XX. Hace algunos años, Rosa Sala Rose trató de comprender Alemania a través de sus letras en “El misterioso caso alemán”. Joseph Roth levantó el acta de cómo los escritores judíos de lengua alemana cayeron defendiendo el legado de Goethe, de Heine, de Mendelsohn, de Rosenzweig. El “mundo de ayer”, en la feliz expresión de Zweig, hablaba alemán –ahí está el checo Kafka con su Praga prodigiosa- y se extendía a lo largo del Danubio, por ese espacio cultural de la Mitteleuropa que alumbró a Ödön Von Horváth y a Rober Musil. A Roth nunca le gustó demasiado Berlín, a pesar de que sus “Crónicas berlinesas” son una de las mejores descripciones periodísticas de una capital fascinante. Aquella ciudad –que Ruttmann retrató en “Berlín, sinfonía de una gran ciudad”- pasó de ser la capital de la República de Weimar a ser la de un Reich que duraría mil años y sumió a Europa en la muerte y la destrucción.
Hablar de la Alemania nazi exige contar la historia de aquellos alemanes que resistieron desde el comienzo al horror. Ahí está la iglesia confesante con sus teólogos y el arcipreste de Berlín Heinrich Grüber o el teólogo Bonhoeffer, ahorcado en Flossenbürg el amanecer del 9 de abril de 1945 por su vinculación con el complot de Von Stauffemberg contra Hitler. Ahí están los hermanos Hans y Sophia Scholl y los demás miembros de la Rosa Blanca o los miles de alemanes que se integraron en las redes de resistencia. Viktor Klemperer –judío, filólogo, lúcido en medio del espanto- o Sebastian Haffner, fiel heredero de la tradición de la alta cultura alemana, han dejado testimonio del miedo y la barbarie. Donde ellos estuvieron, ciertamente, estuvo la verdadera cultura de Alemania y, junto a los crímenes del nazismo, debe contarse su historia porque ellos son la prueba de que se podía obrar de otro modo.
Sin embargo, la tragedia alemana no terminó en las ruinas del Búnker de Hitler. El fin del Reich solo fue el comienzo de otra noche larguísima de muros, alambradas, reflectores en la noche, delatores, policía política, miedo. Frente a él, también resistieron millones de alemanes. Cuando Kennedy declaró que él era berlinés, salvó el nombre de una ciudad pero también el de una memoria: la de la resistencia frente a los totalitarismos. Cuando Reagan lanzó en 1987 el desafío a Gorbachov –“¡señor Gorbachov, derribe este muro!”- daba forma a la aspiración de millones de alemanes y decenas de millones de europeos. Hermann Tertsch recogió desde Berlín las durísimas palabras con que la República Democrática Alemana respondió al discurso: "Reagan ha solicitado que se destruyan las instalaciones de seguridad de la frontera de la RDA e ignora por completo que éstas fueron construidas porque se hicieron necesarias por las actividades hostiles de Occidente" Dos años después, el 9 de noviembre de 1989, hace ahora 25 años, la caída de aquel Muro simbolizó el fin de una injusticia y una tiranía. El proyecto europeo – ese sueño de razón y de dignidad por el que tantos dieron la vida luchando contra el nazismo y el comunismo- parecía más vivo que nunca. Aquel espíritu de la reunificación alemana llevaba consigo la música de la liberación y jamás había sonado tan bella.
Déjenme terminar aquí esta columna. Sé que no todo fue perfecto. Las transiciones fueron traumáticas en Alemania y en otros países. Muchas cosas se hicieron mal. Rusia quedó en poder de los oligarcas. Europa sucumbió a la ebriedad del “Fin de la Historia”. Sin embargo, en esos alemanes que se abrazaban y saltaban sobre los ladrillos que se venían abajo había algo de esa promesa de libertad, de razón y dignidad que nuestra civilización sigue representando. Aquella noche, el rostro de Europa era el de aquellos alemanes que abrazaban a sus hermanos saltando por encima de un muro.
En 1989, la reunificación alemana marcó un hito en la historia de Europa y del mundo entero. Hoy, cuando en nuestro continente vuelven a alzarse voces que reivindican el regreso de las ideologías fracasadas del pasado –hasta Erich Honecker y la Stasi tienen ahora sus nostálgicos- es necesario reivindicar la memoria de aquellos alemanes que resistieron a la tiranía durante décadas y mantuvieron la lucidez, la razón y la decencia en medio del terror. La reunificación alemana demuestra que no hay muro que pueda contener para siempre las aspiraciones del ser humano.
Hoy esta columna celebra los 25 años de la reunificación alemana.