PROPUESTA CONJUNTA CON NICOLÁS MADURO
Crónica de América: Correa y la caída del precio del petróleo
viernes 14 de noviembre de 2014, 11:11h
Actualizado el: 21 de noviembre de 2014, 15:04h
Los regímenes bolivarianos ven peligrar su populismo. Por R. Fuentes
El presidente de Ecuador, Rafael Correa, ha venido insistiendo en declaraciones públicas durante los últimos días en que no temía la caída de los precios del petróleo: “No estamos contentos, pero tampoco alarmados. Estamos preparados.” Una reiterada afirmación que busca sosegar la inquietud de la izquierda hispanoamericana, pero poco creíble en cuanto que tanto Correa como Nicolás Maduro están elaborando una propuesta conjunta para presentarla en la próxima reunión de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) del 27 de noviembre con el fin de recortar la producción de crudo y lograr así que suba el precio del barril. Todos los datos indican lo contrario a las palabras de Correa de cara a la galería. El desplome de los precios del petróleo angustia a los líderes de la izquierda de la región porque el oro negro ha sido el combustible que ha sostenido a los Gobiernos populistas de Hispanoamérica. Los monumentales ingresos en divisas a costa de los pozos petrolíferos han generado una descomunal corrupción y una calderilla extra para sostener el clientelismo electoral en que se han apoyado estos regímenes. Su profundo temor a la bajada del precio del barril se ha consumado, al caer por debajo del umbral de los ochenta dólares. La incompetencia en gestionar la industria petrolera y el desplome de los precios suponen un revés de inmediatas consecuencias en sus planes, y un jaque mate al populismo de mantenerse a la baja a medio plazo.
Un caso paradigmático de administración catastrófica de esta materia prima lo constituye precisamente la gestión realizada por Rafael Correa en Ecuador. Al ser elegido como presidente, el mandatario bolivariano reestructuró la deuda externa del país al mismo tiempo que satanizó a diversas firmas que comercializaban el crudo ecuatoriano, su principal producto de exportación. El resultado fue que Ecuador se quedó sin financiación exterior y sin recursos económicos y tecnológicos para incrementar la extracción de las grandes reservas detectadas en el subsuelo de la nación. En esta encrucijada y ante la organizada resistencia ecologista a perforar en áreas selváticas protegidas, Correa lanzó un primer plan con premisas delirantes. Exigió a la comunidad internacional un pago por el importe del petróleo detectado en los yacimientos, a cambio de no extraerlo. Algo así como un impuesto revolucionario ecologista internacional. Obviamente se trató de una idea completamente fracasada. Nadie fue a ingresarle un capital ingente a cambio de no hacer nada.
El segundo plan ha conservado su fachada retóricamente izquierdista, pero ha hipotecado al país hasta límites difícilmente soportables. Correa ha logrado que China sea su fuente de financiación primordial, a cuenta del petróleo que se extrae y se extraerá en un futuro. Sin esta financiación, Correa no habría podido mantener su política populista ni reformar la Constitución para permanecer en el poder sin límite de tiempo. A cambio, por la vía de los hechos, China es hoy la verdadera propietaria del crudo que se saca y se sacará en Ecuador en décadas. El país andino adeuda más de diez mil millones de dólares al Gobierno chino y solo puede saldar esa deuda a cambio de entregarle el petróleo a un precio de saldo. Una brillante investigación realizada por Joshua Schneyer y Nicolás Medina para la agencia Reuters, demostró que los barriles de crudo así adquiridos a bajo precio por el gigante asiático no van a parar al mercado chino sino que el país oriental lo negocia y revende precisamente a las compañías que Correa expulsó de Ecuador. China no solo se asegura una enorme reserva de crudo sino que logra lucrativos dividendos a cambio de comercializarlo. Dinero que pierden los ecuatorianos a causa del retorcido cambalache de su presidente. Ahora China pide más y las reservas del Amazonas están listas para la explotación gracias al capital chino, que aumentará sus ingresos conforme más preste a Correa y comercialice más cantidad de crudo.
Si los ingresos petroleros ya estaban hipotecados, ¿qué pasará si la caída del precio del petróleo se mantiene a medio plazo? Según caiga el coste del barril, la hipoteca de Correa con China se hará más gigantesca. En no demasiado tiempo, el populismo de Correa estaría sentenciado a muerte y su clientelismo electoral, hasta hoy boyante, condenado a desaparecer. De ahí su desesperada apelación a la OPEP para conseguir que el precio del barril vuelva a subir hasta salvarle el cuello. Pero de nuevo su actuación internacional revela el mismo desconocimiento que le ha llevado a hipotecarse y perder enormes divisas en favor de China. Para el mandatario ecuatoriano la caída de los precios es simple y llanamente culpa del Gobierno norteamericano. Sin duda Estados Unidos ha reducido espectacularmente su dependencia petrolera gracias a la alta tecnología del fracking sobre las rocas de esquisto. (Tecnología que no está al alcance, hoy por hoy, de ningún país hispanoamericano).
Pero lo cierto es que el precio del crudo -y su actual bajada- se debe a una multitud de factores que ningún Gobierno puede controlar. Por ejemplo, el nuevo impulso a la extracción y venta en Libia, el descenso de la actividad industrial en China o Alemania, la producción rusa o el fortalecimiento del dólar, por mencionar solo algunas de las causas. Lograr una reducción en la producción mundial es muy difícil y por sí misma no garantizaría un repunte del coste ni aseguraría los ingresos que han dado una ventaja inestimable a gobernantes populistas. La incompetencia camuflada tras la retórica demagógica es la mayor plaga para arruinar cualquier economía.
Para constatar la inoperancia de otros Gobiernos populistas que han convertido sus tesoros de oro negro en un negocio ruinoso, no hace falta más que mirar la gestión llevada a cabo en Argentina o Venezuela. La era Kirchner, con su resistencia a pagar sus deudas internacionales y su política de expropiaciones autoritarias, impide que hoy Argentina explote yacimientos inmensos para los que carece de financiación y tecnología. Más sangrante y obvio es lo que viene sucediendo en el petroestado de Venezuela, la principal reserva petrolífera del mundo. La subida al poder de Hugo Chávez supuso una radical transformación de la empresa estatal Petróleos de Venezuela (PDVSA), una de las más productivas del planeta, al expulsar a los equipos de técnicos que sostenían su rendimiento, para sustituirlos por adeptos a la revolución bolivariana sin ninguna preparación. Los nuevos responsables por méritos políticos han sido incapaces desde entonces de incrementar la producción o mejorar los recursos tecnológicos al compás de los tiempos. Chávez compensó esta debacle con la subida permanente del precio del barril, ayudado por las guerras en Irak y Afganistán. Una escalada campante del coste que permitió sostener provisionalmente su singular populismo donde se incluían regalos en petróleo o en petrodólares a los movimientos políticos que se propuso controlar como títeres.
Ese ciclo, sin embargo, ha llegado a su fin. Un reciente artículo de The New Yorker firmado por Girish Gupta con el titular: “¿Podrá la bajada del precio del petróleo ser el final de la Revolución en Venezuela?”, se hacía eco de un ensayo del economista de Harvard y exministro de Planificación de Venezuela, Ricardo Hausman, quien ponía cifras incuestionables sobre la mesa. El 96 % del comercio exterior proviene de la venta de crudo. Cada caída de un dólar en los precios internacionales, supone que Venezuela deja de ingresar setecientos millones de dólares anuales. Con el precio por encima de 100 dólares el barril, Hugo Chávez generó una deuda de diecisiete mil millones a pagar en los próximos tres años, ¿qué ocurrirá cuando el barril se mantenga por debajo de los ochenta dólares? La inflación en Venezuela sobrepasa el 60 % anual, la más alta del mundo, y el riesgo evidente de bancarrota está cada vez más próximo, imposible de contener incluso con financiación china. La caída del precio del petróleo y la implosión del petroestado venezolano, sería un tsunami que no solo asfixiaría a la economía cubana sino también los dispendios, antojos, incompetencias y corrupción de los Gobiernos populistas bolivarianos aupados por un clientelismo a imagen y semejanza de Venezuela. Lo que para las economías occidentales -especialmente Europa-, es una bocanada de oxígeno, para el populismo hispanoamericano amenaza con ser una catástrofe que ha puesto en tensión a todos sus líderes. Los gastos de un sistema clientelar seducen en ocasiones a corto plazo, pero son la ruina segura a medio y largo plazo.