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NOVELA

Marguerite Duras: El parque

domingo 16 de noviembre de 2014, 19:08h
Marguerite Duras: El parque

Traducción de Carlos Barral. Menoscuarto. Palencia, 2014. 128 páginas. 13,50 €

Por Rafael Fuentes

Se cumple este año el centenario del nacimiento de Marguerite Duras, pseudónimo de Marguerite Donnadieu, que vio la luz en 1914 en el entonces colonial Saigon en el seno de una familia rota, devastada por terribles violencias internas y la decadencia irreversible de los gestores franceses en las posesiones de ultramar. Nunca superó esa condición excéntrica, ni siquiera al instalarse en París en la órbita de la todopoderosa editorial Gallimard. Una condescendencia, cuando no un desdén que incluyó el desprecio de Sartre, quien le rechazó manuscritos por estar mal redactados -es decir, sin seguir las directrices marcadas por el mandarín del existencialismo-, la malevolencia de Simone de Beauvoir o la protección despectiva de sus adalides que le obligaban a escribir y volver a reescribir una y otra vez los pasajes de sus novelas para depurarlas de cualquier contaminación de la literatura norteamericana.

En realidad, Duras alcanzó reconocimiento público y rompió ese displicente apoyo degradante gracias al cine. Primero como genial guionista de Hiroshima mon amour, rechazada en 1959 por motivos políticos en el Festival de Cannes, pero de inmediato aclamada por René Clair, Roberto Rosellini, Jean Cocteau, François Truffaut, Louis Malle… El director, Alain Resnais, le había exigido a Marguerite Duras una sola cosa: que fuese radicalmente fiel a sí misma y que no doblegase su escritura a ninguna consideración de la crítica, el filme o la producción cinematográfica. Resnais la eligió bajo el hechizo que poco antes le habían producido los diálogos en los que se sustenta precisamente El parque. Duras quedó desde entonces vinculada a la renovación fílmica de la nouvelle vague. La otra película que ratificaría su celebridad sería El amante, basada en el Premio Goncourt 1984, cuyo espíritu traicionó en la gran pantalla Jean-Jacques Annaud con un esteticismo que encubría la auténtica degradación del Vietnam colonial francés, a cambio de otorgar una fama mundial a una autora que en esas fechas ya la veía con profundo escepticismo.

Carlos Barral publicó su traducción de El parque en Seix Barral con el título de Le Square. Ahora el cambio de título resulta acertado porque se corresponde con uno de los espacios míticos de Duras. El “parque” es el lugar intermedio entre la mitología de lo obsesivamente conocido: la casa, y lo radicalmente prohibido: el bosque. Ya en la mitología del cuento infantil, el bosque encarna el extravío, la pérdida espacial y el descontrol pasional, el riesgo absoluto, algo que incorporarían a la literatura autores como Séneca o Shakespeare. En el caso de la autora de El amante había además un motivo autobiográfico de peso: la amenaza de la selva tropical que vivió en su infancia: “Muy de niña -escribió- viví en tierras cercanas a la selva virgen, en Indochina, y la selva era lo prohibido, porque encarnaba el peligro.”

Dentro de esa mitología personal de los espacios, el “parque” representa el punto intermedio entre ambos extremos, la casa y el bosque, un lugar de transición entre lo uno y lo otro. En Los espacios de Marguerite Duras, la escritora francesa nos aclara: “El parque es la antesala del bosque. El parque lo anuncia. Hay un parque en Destruir. Hay un parque en India-Song y en Nathalie Granger.” Es cierto que en todas esas obras hay un parque de esa mitología íntima de Duras. Pero el parque que la inaugura es precisamente el que protagoniza la novela que ahora Menoscuarto reedita en la traducción de Carlos Barral, rebautizándola con toda justificación como El parque. En él se dan cita azarosamente un hombre que viene de dormir en la periferia del bosque y de rondar, por lo tanto, lo salvaje, y una joven mujer que sale de la claustrofobia de una casa en la que trabaja a tiempo completo como sirvienta y donde no le ha sido posible comenzar a vivir, al menos a vivir como ella misma.

Estamos ya muy lejos del simple espacio diseñado por la arquitectura municipal. El diálogo entre ambos, dentro de su coloquialismo y su cortesía superficial, esconde la dureza de dos pulsiones arquetípicas, violentas y difícilmente irreductibles que laten sin clemencia bajo las palabras. En el hombre subyace el impulso del explorador y el fugitivo, representado en los grandes viajeros encarnados por Ulises o por Eneas, con claros ecos en Don Juan, donde la aventura y la huida se entrecruzan, aunque la fuerza, la violencia y el desprecio de estos se encuentren velados aquí bajo la figura de un vendedor errante que escapa de enfrentarse a lo selvático de sí mismo. Los cambios externos son los que le hechizan y le condenan a una soledad demoledora: “Viajar distrae mucho. Los griegos, los fenicios, todo el mundo viaja, y siempre ha sido así”, se justifica en su infortunio nómada, donde quedan mezclados los viajes mitológicos clásicos y el viaje burgués contemporáneo. A ella, por el contrario, no le interesan esos cambios exteriores: “No son cambios de esta suerte los que yo deseo, no se trata de viajar, ni de ver otras ciudades. Lo que yo quiero es pertenecerme a mí misma.”

Dos fuerzas en pugna, el viaje exterior y el viaje interior, que carecen de sentido sin la implicación y la empatía de otra persona que se implique en ellos. Por motivos distintos, existencialistas, feministas, Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, con su legión de seguidores, debieron dar un acre respingo. “Necesito ser elegida”, dice en algún momento ella. Duras rompía con la filosofía de moda, al mismo tiempo de ser expulsada del Partido Comunista aun habiendo pertenecido a la Resistencia frente a la invasión alemana. La parvenu, la excéntrica advenediza se descubría a sí misma, se afincaba en un universo propio ante el desdén de los otros que, además de herirla, la había hecho de hierro.

Este diálogo en el parque abría, pues, territorios nuevos. No se describía a los personajes, el falso interés de uno hacia el otro encubre un desencuentro y una autoafirmación en la soledad propia, las palabras de apariencia anodina enmascaran una fuerza destructiva en lo no dicho expresamente. La crítica quedó desorientada, se le asestaron innumerables sarcasmos e ironías. Pero con este diálogo Duras daba fin a su neorrealismo para dar inicio a lo que después se denominaría “Nouveau roman”, un año antes de que se publicase La era de la sospecha, de Nathalie Sarraute, tres años antes de que se acuñase esa expresión, “Nouveau roman”, siete años antes de que Robbe-Grillet lanzase su programático Por una nueva novela.

Carlos Barral, que en Cuando las horas veloces narra su trato personal con Marguerite Duras, y más aún con el amante de esta Dyonis Mascolo, conocía perfectamente el gran salto que representaba El parque, que tradujo con la maestría poética que exigía la musicalidad de los diálogos de Duras, cuya melodía hace referencia al fondo no verbalizado de la experiencia humana. Algo que daba paso a la explosión creativa de Moderato Cantabile, El arrebato de Lol V. Stein, La amante inglesa… Obras de difícil acceso para el lector en español todavía en el centenario de su creadora.

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