TRIBUNA
La caída del muro
martes 18 de noviembre de 2014, 20:31h
Actualizado el: 18/11/2014 22:05h
Era una fría noche del mes de noviembre la de la caída del Muro de Berlín, hace ahora veinticinco años, y quien escribe estas líneas se encontraba en León, en cuya universidad era un treintañero, idealista y recién estrenado catedrático (había concursado a la cátedra seis meses antes); fue en esa madrugada, cuando escuché por la radio que había caído finalmente el por aquel entonces conocido como Muro de la vergüenza, que venía dividiendo las dos “alemanias” desde hacia varias décadas. Mi alegría fue indescriptible y rozó incluso la emoción, de forma que esa misma mañana (comenzaba mi temprana clase a las nueve) lo primero que hice fue comentar a mis alumnos de la universidad leonesa esa buena nueva. Recuerdo perfectamente la sorpresa que se llevaron con este radiante y singular inicio de la clase por parte de este siempre serio profesor, que les introducía una noticia de sociedad que poco tenía que ver con el contenido de sus enseñanzas, y que seguro que pensaron que exageraba bastante cuanto les decía que este acontecimiento podría significar el inicio de una nueva era en el mundo y en las relaciones internacionales. Recuerdo también que cuando les acabé de comentar tan eufóricamente la noticia un par de alumnos hicieron ademán de comenzar a aplaudir, pero la cosa no pasó de ahí, entre otras cosas por el frío que hacía en clase (la calefacción a esa hora no había llegado todavía al pleno rendimiento), y con aquellos guantes sin dedos que llevaban en esa época algunos alumnos, los aplausos tampoco hubieran sido precisamente atronadores.
En todo caso, y a pesar de ese gélido contexto climatológico, estoy seguro que para muchos ciudadanos leoneses, y para muchos millones más de España y del mundo, el día fue uno de los más cálidos y rememoradores de la reciente historia mundial. En esa fecha histórica no solamente comenzaba a caer la división de las dos sociedades alemanas, sino se consolidaba un cierto acercamiento entre los dos frentes de aquella Guerra fría, cuyo responsable máximo fue indudablemente Mijail Gorvachov, nuestro admirado Gorbi, en aquella época, promotor y líder indiscutible de la Perestroika y la Glasnost (transparencia) en la que era todavía la Unión Soviética, y sobre lo cual tuve el privilegio de escribir un amplio e ilusionante libro (al menos para su autor), el cual, en sus algo menos de quinientas noches de escritura (parafraseando la canción de Sabina) me dio la oportunidad de trasladarme -a través del cielo estrellado de la ilusión- a la Unión Soviética, obra que me sirvió entre otras cosas para rendir un claro tributo y homenaje a Mijail Gorbachov, gracias al cual pudo cambiar radicalmente el régimen soviético y se alumbró el comienzo de una nueva era en el escenario internacional.
El Prólogo del libro lo inicié en ese contexto haciendo una oda a la libertad, esa libertad que ya se veía que iba calando desde que Gorbachov había llegado en 1985 al poder en la URSS, y el mismo comenzaba así: “Y es que: ¡es tan importante la libertad! La libertad de expresión, la libertad de establecimiento, la libertad para viajar, la libertad de elegir a los representantes políticos, la libertad de demandar unos u otros productos, la libertad para ofrecer bienes o servicios: cualquiera de las manifestaciones de la libertad en tan fundamental que merecería ella sola la elaboración de uno o muchos libros...”. Todas estas libertades apenas existían en aquella Unión Soviética y en los países del bloque oriental, incluida la Alemania del Este, pero bien es cierto que con la caída del Muro, en aquel frío 9 de noviembre de 1989, todo comenzó a cambiar... y no está de más decir de nuevo, tantos años después: ¡Gracias Gorbi!.
|
Catedrático de la UAM y cofundador y expresidente de Transparencia Internacional España
|
|