ENTRE ADOQUINES
Ndrangueta: cianuro o bala
miércoles 19 de noviembre de 2014, 20:52h
Actualizado el: 20/11/2014 14:05h
No es tan conocida como la Camorra o Cosa Nostra, pero la Ndrangheta es en la actualidad una de las organizaciones criminales más poderosas del mundo. En Italia, la más temida. La que más se ha extendido y, también, la más difícil de perseguir a causa de su extraordinaria cohesión dentro del clan familiar. Precisamente, la mafia calabresa se diferencia de la siciliana en su método de reclutamiento. Para la primera, el método se basa en un único criterio: la relación de sangre. Lo normal es que los hijos de los “ndranghetisti” sigan los pasos de sus padres, quienes, a su vez, siguieron los del abuelo. No se prodigan, por tanto, los arrepentidos. Como tampoco parecen prodigarse los jueces y fiscales que, con motivo, se arriesgan a ejercer allí. De hecho, una parte de los nuevos jueces y fiscales que no pueden elegir destino, porque sus calificaciones no estaban entre las primeras, y les toca Calabria, prefieren solicitar de inmediato una plaza fuera del país. Por supuesto, todos no.
Es de imaginar que en Italia, cuando alguien decide encerrarse varios años para estudiar oposiciones a judicatura o fiscalía, sabe ya de antemano que puede que su carrera le lleve como primer destino no solo a Calabria, sino también a Nápoles o Sicilia. Aunque lo importante, al final, no sea el lugar al que te lleve tu profesión, sino contra quien tendrás que vértelas. También, por ejemplo, en Milán. Porque la Ndrangheta, además de ser la organización criminal más poderosa, es, asimismo, la mayor “empresa” del país transalpino, por delante de Fiat y Ferrari. Se estima que en 2013, su facturación rondó la cifra de 53.000 millones de euros gracias a sus negocios de tráfico de drogas, comercio de armas y prostitución, entre otros. Una suma que es superior a lo que facturan McDonalds y Deutsche Bank juntos y que podría equivaler al 3,5% del PIB de Italia. En definitiva, un “negocio familiar” de lo más próspero. Y de lo más cerrado.
Por eso, la investigación judicial liderada por la fiscal del pelo rojo, Ilda Boccassini – conocida como el azote de Berlusconi – y que se ha saldado con la detención en estas últimas horas de 40 miembros de la organización criminal, permitiendo sacar a la luz la ceremonia secreta de juramento de nuevos miembros, ha tenido que remover los cimientos de la mafia calabresa, tan poco dada a salir de las sombras. En el vídeo grabado por la policía, un curtido capo advierte a los jóvenes herederos sobre lo primero que ha de tener en cuenta un verdadero cofrade: la justicia proviene de uno mismo. Viene a decir que, desde ese crucial momento – antes nunca visto por ajenos al clan -, ya no serán juzgados por los hombres, sino que cada uno se juzgará a sí mismo. Porque, prosigue el particular mentor de esta secta criminal, cuando se comete un error grave solo quedan dos alternativas: pastilla de cianuro o una bala en la cabeza. Y “remata” el discurso con una de esas frases que parecen sacadas de un guión de cine negro años 50: “De todas las balas del cargador, debéis reservar siempre una. La última es para vosotros”. Atónitos, los italianos han podido ver, además, que, durante la ceremonia, en los juramentos se invoca a figuras históricas de la Reunificación, como Mazzini y el mismísimo Garibaldi.
A lo que extrañamente no parece hacerse mención en el rito de la conversión de estos “jóvenes de honor” en “hombres de honor” es al Juicio Final, es decir, al que algún día les enfrentará a Dios. Y digo que resulta extraño, porque el pasado verano a los integrantes de La Santa – nombre con el que también se conoce a la Ndrangheta – les sulfuró que el Papa se refiriera a su secreta organización como “la adoración del mal, el desprecio del bien común”. Más aún, el Papa Francisco aseguró que la mafia “tiene que ser combatida, alejada”. Y afirmó que “Los mafiosos no están en comunión con Dios. Están excomulgados”. Lo dijo en Cassano, territorio comanche, ante 200.000 personas y cuando aún estaba muy reciente el asesinato de un niño de tres años, Cocò, quemado junto a su abuelo en un ajuste de cuentas. Nunca un Papa había llegado hasta el extremo de negar la comunión a los mafiosos de forma colectiva, aunque es cierto que el tradicional silencio de la Iglesia católica en relación a las organizaciones mafiosas italianas ya lo rompió Juan Pablo II en mayo de 1993. En aquel momento, la reacción de Cosa Nostra fue poner bombas en dos iglesias de Roma y asesinar en Palermo a un sacerdote que les había plantado cara. Ahora, después del duro discurso del Papa Francisco, también se esperaba una respuesta de estilo mafioso, pero, por fortuna, solo han sido gestos: los 200 presos mafiosos de la cárcel de Larino que no fueron a misa - para qué, se quejaron al capellán, si estaban excomulgados - y la procesión de una venerada virgen, que se detuvo frente a la casa de un capo condenado a cadena perpetua por asesinato, en una increíble “muestra de solidaridad”.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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