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TRIBUNA

La boda de la Duquesa en romance

Francisco Delgado-Iribarren
jueves 20 de noviembre de 2014, 20:19h
Actualizado el: 21/11/2014 08:22h
A la memoria eterna de Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, XVIII Duquesa de Alba



¡Ved, incrédulos, y oíd

la historia de amor sincera

más tierna y conmovedora

que nuestros tiempos recuerdan!

(Con permiso de Romeo

y de su novia Julieta,

que tenían la ventaja

de venir de otro planeta.)



¡Escuchad, gentes de España,

y de la Unión Europea,

y de la Europa no unida

y de la que se lo piensa!

¡Hermanos del Nuevo Mundo,

ya del Norte o Sudamérica,

sin olvidarnos del Centro

con sus islas caribeñas!

¡Los de Asia y Oceanía

y los del África Negra,

los del Polo Norte y Sur…

No sé si alguien se me queda!



¡Hoy, día cinco de octubre,

dos mil once de nuestra era,

con su novio Alfonso Díez

se ha casado la Duquesa!



Avanzado el mediodía

la capilla abre sus puertas

y devuelve hacia su pueblo

a la popular pareja.

Tropecientos periodistas

en la acera les esperan,

y en las calles aledañas

ya se venden camisetas.



Tiene Cayetana de Alba

más de ochenta primaveras,

con todas sus estaciones,

y sin miedo a las noventa.

Cuenta Díez Carabantes

uno sobre los sesenta,

mas, ¿qué es un cuarto de siglo

cuando el amor se presenta?



Mucha gente ha cuestionado

la boda de la Duquesa,

pero ella ya es mayorcita

y puede hacer lo que quiera.

¿Qué el problema es el dinero?

Pues se reparte la herencia.

¿Qué a la prensa no le gusta?

Pues les hago una peineta.

¿Qué a mis hijos no les gusta?

Pues que aguanten y que aprendan.

¿Que no es edad pa’casarse?

¡Y una leche de la buena!



Con Alfonso por marido,

con el mundo por montera,

va la veinte veces Grande

con su vestido de fresa.

En el día de su boda

no porta hippies pulseras,

ni por supuesto bikini

ni otras prendas ibicencas.

No va vestida de blanco,

mas sí elegante y discreta,

que un tal Victorio y Lucchino

teje su traje de seda.

Nada luce por encima

de su blanca pelambrera,

rizada hasta lo imposible,

que su cara redondea.

Tan espesa y tan tupida

la nívea madreselva,

que entre tanto bucle blanco

no deja ver las orejas.



Aunque ya las primas joyas

de sus lóbulos descuelgan:

dos pendientes de diamantes

que tienen forma de pera,

¡mas no de pera cualquiera:

de la pera limonera!

Con brazaletes de joya,

y descollantes pulseras,

con su cinta verde lima

y un reloj de la repera,

con las mangas adornadas

y rematadas por perlas,

la flamante Cayetana

se siente como una reina

(que es de los pocos honores

que todavía no ostenta).



Su marido Carabantes,

con su corbata correcta,

con su traje gris marengo

de muy adecuada tela

-que él es funcionario gris

de grisácea silueta-,

con sus zapatos bien puestos

y los cordones en regla,

sale airoso del examen

de la rosácea prensa.

¡Lástima que se abrochara

el botón de la chaqueta!



Dicen fue la ceremonia

muy íntima y muy discreta,

y que apenas superaban

los presentes la treintena.

Cayetana Fitz-James Stuart

es ya madre y es abuela

y dos tercios de sus hijos

acudieron a Las Dueñas:

no pudo venir Eugenia

por padecer varicela,

ni por culpa del trabajo

pudo el Conde de Siruela.

Sí llegaron los toreros

Cayetano y Fran Rivera,

uno sin acompañante,

otro con González Eva.



Yo, si ustedes cautelosos

me guardan la confidencia,

fui uno de los que asistí

a esta boda tan selecta,

porque por uno también

corre sangre de nobleza.

Pude intercambiar palabras

con el señor Duque de Huéscar,

el Marqués de San Vicente,

el Conde de Salvatierra,

Conde-Duque de Olivares

(a quien estudié en la escuela),

el Duque de Peñaranda,

el Marqués de Villanueva,

el Marqués de Barcarrota,

el Marqués de la Bañeza,

el Marqués de Valderrábanos

y el Marqués de Su Marquesa.

Con el Conde de Montijo,

el Conde de San Esteban,

la Condesa de Miranda,

Condesa de Fuentidueña,

Condesa de Casarrubios,

Casamorenos y Teba.

Y también una pringada

que sólo era vizcondesa,

debido a que nació bizca

y no la hicieron condesa.

La capilla era mediana,

pero se quedó pequeña,

porque aunque éramos muy pocos

era tanta la Grandeza

que al principio de la misa

me tuve que salir fuera.



Estrofa aparte merecen

banquete más sobremesa,

con buffet de rechupete

del que procedo a dar cuenta:

un gazpacho rebujito,

con su pizca de hierbabuena,

para chuparse los dedos,

las manos y las muñecas.

Una ensalada de gulas

y caviar que te noquea.

Una tortilla española

que gana a la de mi abuela.

Arroz a la provenzal

con gambas blancas de Huelva,

langosta con salsa yanqui

y tournedó de ternera

(no me pregunten qué es esto)

en su salsa bearnesa;

con pimientos de Padrón,

que como dice la lengua,

unos pican y otros non,

y cebollitas francesas.

Ave al limón en su jugo

con verduritas revueltas,

y una ensalada mimosa

como la propia Duquesa.

Quien en su vientre podía

alojar a más materia

en los postres encontraba

su postrera recompensa.

Vino el tocino de coco

y llegó el pastel de almendras,

que de leche condensada

iban todas recubiertas.

Por si almas supervivientes

quedaban sobre la mesa

la bomba de chocolate

acabó con todas ellas.



Tenían que ser Sevilla

y el Palacio de las Dueñas

los que sirvieran de marco

al amor de la Duquesa.

Con un sol en la mirada,

bajo el sol que más calienta,

como el sol cuando amanece

se ha casado la Duquesa.

Treinta tres grados centígrados

caen sobre las cabezas,

pero miles de personas

las puertas del templo atestan.

Todas las televisiones

permanecen muy atentas

en la más alta ocasión

que vio la rosada prensa.



Somalia se muere de hambre,

Grecia a punto de la quiebra,

España en la cuerda floja

y así la Unión Europea.

El Magreb está que arde

y pasa apuros América.

El mundo patas arriba…

¡Mas se casa la Duquesa!



Saludan recién casados

el consorte y la Duquesa

a todo fan de la Casa

que a celebrarles se acerca.

La muchedumbre, feliz,

la aplaude y la vitorea,

y les arrojan arroz

y flores y enhorabuenas.

Cayetana, cumplidora,

su ramo de flores suelta

y al lanzarlo lo recoge

una joven enfermera.

Una enfermera que hoy

no puede estar más contenta.

En esto va ‘Siempre Así’

y se arranca con un tema,

y la novia, al escucharla,

que es andaluza y flamenca,

al son de la alegre música

se va quitando más prendas

(aunque sin llegar a tanto

como su tatarabuela,

esa que Goya pintara

sin un hilillo de tela.)

Deja las manoletinas

para bailar más ligera,

y baila al son de la rumba

como avezada rumbera.

Mueve a los lados los brazos

y hacia los lados las piernas,

y gira al tiempo sus manos

y mueve hasta la cadera.

Guarda bien el equilibrio

y manda con su cabeza,

que aunque aún sobre los hombros

por poco se desmelena.

Con la boca medio abierta

medio mundo la contempla:

un baile así es meritorio,

se nota su flema inglesa,

que le quiten ‘lo bailao’

y aquí paz, y después fiesta.

La algarabía prosigue

con una Salve Rociera,

pero enseguida se escucha

la llamada de la mesa:

“¡Han entrado los mariscos!”

Pregona una reportera.



Después del sol español,

luna de miel tailandesa.

Quién sabe, acaso regresen

con germen de descendencia,

aunque los expertos dicen

que no caerá esa breva.



Deseamos mucha suerte

a la popular pareja

y que Dios les dé momentos

de felicidad eterna.



Tras tres años de noviazgo,

la Duquesa más Duquesa,

en el cénit de su fama

se casa por vez tercera.

La pareja enamorada

ha superado la prueba:

matrimonio sin complejos,

matrimonio sin barreras,

matrimonio sin edades,

matrimonio sin fronteras.

El funcionario pionero,

la Duquesa ultramoderna.

Cayetana para Alfonso,

un Diez para la Duquesa.
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