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ORIENTE EXPRESS

El Holodomor

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 23 de noviembre de 2014, 11:53h

La historia de Ucrania y la de Rusia están estrechamente ligadas. En algunos momentos –por ejemplo, durante el Imperio del zar Alejandro II o el renacimiento cultural de finales del siglo XIX- son, sin más, inseparables. El periodo soviético dejó una huella imborrable en los dos países, que eran las dos repúblicas más importantes de la URSS, y un legado de memorias compartidas. Uno de los episodios más espantosos del siglo XX fue el Holodomor, la gran hambruna de Ucrania, que se conmemora el cuarto domingo del mes de noviembre y han reconocido tanto las Naciones Unidas como por el Consejo de Europa y otras organizaciones e instituciones.

La colectivización voluntaria de las explotaciones agrícolas que la Revolución impulsó en sus primeros años había fracasado. Stalin decidió combatir la resistencia de los agricultores –tanto de los pequeños labradores individuales como la de los koljoses, las granjas colectivas- como si se tratase de una guerra. El lenguaje no alcanza para describir el espanto de la represión que el régimen revolucionario soviético desató entre 1929 y 1933 contra el campesinado, a quienes consideraba miembros de la burguesía y, por lo tanto, enemigos de clase del proletariado. Acusados de acaparar víveres, sufrieron confiscaciones, deportaciones, torturas, juicios sumarísimos y, finalmente, una hambruna que mató a una cifra pavorosa de campesinos: entre siete y diez millones de personas murieron de hambre en Ucrania, el Cáucaso del Norte y Kazajstán, las grandes repúblicas productoras de trigo en la URSS.

La primera etapa fue la destrucción de los kulaks -los agricultores que tenían propiedades y podían contratar trabajadores- entre 1929 y 1930. Centenares de miles de kulaks sufrieron deportaciones a Siberia y al norte de Rusia. Sin embargo, la resistencia del campo ucraniano continuaba. La cosecha de 1932 fue lenta y, en los koljoses, fueron frecuentes las ocultaciones de cosecha. El ejército rojo tuvo que tomar los campos y las cosechas al asalto. Las prisiones rebosaban de hombres y niños. Las multas arruinaron a miles de pequeños labradores.

Sin embargo, el arsenal represivo no estaba agotado. Coincidiendo con un descenso de la producción agrícola en toda la URSS, a Ucrania se le exigieron unas cuotas de trigo que eran inalcanzables sin condenar al hambre a la propia población de Ucrania: siete millones de toneladas. Así comenzó la segunda etapa de la guerra contra el campesinado. La Ley de 8 de agosto de 1932 -la llamada “ley de las espigas”- condenaba a penas de hasta diez años de trabajos forzados o incluso a pena de muerte “por cualquier robo o dilapidación de la propiedad socialista”. La norma era tan dura que generó disensiones en el propio Politburó. Aun así, en octubre de 1932, la producción de trigo y cebada seguía sin satisfacer las exigencias de Stalin. Se envió a Ucrania una comisión extraordinaria encabezada por Vyacheslav Molotov para “acelerar la cosecha”. En noviembre se dispararon las detenciones de comunistas acusados de colaborar en la ocultación de las cosechas. Se elaboró una lista negra de los distritos que no habían cumplido su plan de producción. Los sospechosos de “minimizar la producción” fueron encarcelados. Sin embargo, la dispersión de los campos, el sabotaje y la propia resistencia pasiva de los directores de los koljoses seguían impidiendo alcanzar los objetivos de producción impuestos a Ucrania.

Stalin decidió recurrir al hambre.

Los koljoses que no hubiesen alcanzado sus objetivos de cosecha debían ser privados de todo el grano que poseyesen incluida la reserva de simiente. El 27 de diciembre de 1932 se implantó el pasaporte interior y el registro obligatorio para los habitantes de las ciudades a fin de combatir el éxodo rural. Los labriegos privados del grano, no podrían ir a las ciudades en busca de alimento. El 22 de enero de 1933 Stalin ordenaba a la GPU –la heredera de la Cheka- y a los comités locales que impidiesen “por todos los medios las marchas masivas de campesinos de Ucrania y del Cáucaso del Norte hacia las ciudades. Después del arresto de los elementos contrarrevolucionarios, los demás fugitivos serán conducidos a sus lugares de residencia”, es decir, allí donde ya no quedaba alimento alguno. Se suspendieron las ventas de billetes de tren. Se desplegaron cordones policiales armados para impedir a los habitantes del campo salir de sus distritos. El testimonio, por ejemplo, del cónsul de Italia en Járkov cuenta cómo los padres huían a las ciudades para abandonar allí a sus hijos de modo que al menos los niños pudiesen sobrevivir. Los padres regresaban después a morir al campo. En Járkov hubo que crear un servicio de recogida de niños abandonados que los llevase al puesto de policía más cercano. En la primavera de 1933, al hambre se sumó el tifus. Los informes de la GPU y el consulado de Italia en Járkov recogen casos de canibalismo.

Mientras, en 1933, millones de campesinos morían de hambre en Ucrania y otras repúblicas agrícolas, la URSS exportaba trigo al extranjero para satisfacer las necesidades de la industrialización.

El campo ucraniano sufrió durante décadas el exterminio de su campesinado. Incluso cuando la producción remontó, el trauma colectivo de la gran hambruna –a la que se llamó Holodomor- ha dejado una marca indeleble en la memoria de Ucrania. El odio –hay autores que hablan de “ucranofobia”- con que Stalin destruyó el campesinado de las repúblicas cerealíferas de la URSS nos sigue impresionando por la intensidad y la extensión. Millones de seres humanos –se calcula que en torno a cuatro millones solo en Ucrania pero algunos estudios elevan la cifra hasta los siete- murieron por la represión, la inanición y las enfermedades. Son, en todo caso, cifras inimaginables y aterradoras.

El gran escritor Vasili Grossman, que conoció profundamente Ucrania y Rusia, describió en Vida y Destino la atrocidad infinita del Holodomor: “Sobre el pueblo flotaba un gemido suave y lánguido; los niños, verdaderos esqueletos vivientes, se arrastraban por la tierra y emitían un gemido apenas perceptible.; los hombres, con los pies hinchados, vagaban por los patios, exhaustos por el hambre, sin apenas fuerzas para respirar. Las mujeres buscaban algo para comer pero todo se había acabado: ortigas, bellotas, hojas de tilo, pieles de ovejas sin curtir, huesos viejos, pezuñas, cuernos… Y los individuos llegados de la ciudad iban de casa en casa, sorteando a muertos y moribundos, buscando en los sótanos; cavaban agujeros en los graneros; aguijoneaban el suelo con varillas de hierro buscando el grano que habían ocultado los kulaks”.

Hoy esta columna eleva una oración por las víctimas del Holodomor.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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