Cualquiera que se tome la molestia de consultar las series históricas del CIS, comprobará que el momento álgido en cuanto a ‘confianza política’, valoración de la ‘situación actual’ y ‘expectativas’, desde 1996 hasta 2014, corresponde a la primavera de 2004, recién elegido presidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero. Los indicadores económicos también apuntaban alto cuando el advenimiento de Zapatero, si bien en este caso solo alcanzaban, no superaban, los de la época de Aznar.
Recuerden que en aquel momento se hablaba de talante, de la sonrisa del presidente, de otra forma de hacer las cosas, sin arrogancias, sin asperezas, todo con ojos azules; se podían retirar las tropas de Irak y a la vez llevar agua a Murcia; se podía prometer el Estatuto que quisiera el parlamento catalán; se podía regularizar a todos los sin papeles; se podía dialogar con casi todo el mundo: con los nacionalistas de uno y otro signo, por radicales e incivilizados que fueran, con las civilizaciones vecinas… Con casi todos, menos con los intolerantes y ultras del PP, qué más da que representaran a casi 10 millones de españoles.
El optimismo de Zapatero pronto se calificó como antropológico, y para muchos era una fuente de misterio. Era el flequillo posmoderno, la mirada idealista, la cara de niño pillo y bueno, la poesía adolescente en la tribuna del congreso, los hoyuelos, la retórica de la paz, la promesa del oro y el moro. También era la Nueva Vía y el cambio generacional tranquilo. La economía iba bien, donde la dejó Aznar tras la caída con Felipe González, pero ahora el mérito se lo apuntaba un gobierno de izquierdas. Así que millones de españoles no se podían sentir más felices y optimistas, políticamente hablando y teniendo en cuenta que vivimos en España. Y sin embargo, a partir de ahí, la debacle.
Con Zapatero la confianza cayó prácticamente en picado, como nuestra economía: de la cuenta corriente a la libreta de ahorro, de esta al billetero y de aquí al monedero. Como decía el chiste, Zapateuro consiguió que todos los españoles tuviéramos un euro en el bolsillo... pero sólo uno. Y Monedero es, por un guiño del lenguaje, uno de los líderes de quienes se ofrecen a sacarnos del atolladero. Podemos retoma el señuelo de la ilusión: “¿Cuándo fue la última vez que votaste con ilusión?”, preguntaban a sus parroquianos para las europeas. Ya nadie se atreve a hablar de optimismo, sino más bien del voto de la desesperación, del cabreo, del desencanto, de la indignación, incluso del castigo. Todos estos, conceptos negativos.
Sólo un país como España podía responder a un fracaso histórico de la izquierda premiando en tiempo récord a la extrema izquierda. Muchos de los que cantaban las alabanzas de Zapatero son los mismos que hoy cantan las de Podemos. Puede que esta columna no convenza a uno solo de los que dicen “Podemos” cuando el CIS les pregunta por teléfono. Pero aún así merece la pena escribir estas líneas. Se dice que España es un país desmemoriado, o al menos de memoria corta, así que a todo aquel que la refresque se le debe considerar un servidor de la patria. No vaya a ser que, ocho años después de votar a Monedero, el índice de confianza caiga en picado como después de votar a Zapatero, hasta un punto que ahora mismo ni podemos vislumbrar.