Trash. Ladrones de esperanza no es
Slumdog Millionaire. Son inevitables las comparaciones entre la oscarizada joya de Danny Bolye y la última realización del británico
Stephen Daldry, brillante en
Billy Elliot o
El lector, que llega este viernes a las salas españolas. Como también son innegables las diferencias. Dicho esto,
Trash no deja de ser una buena película que llega en un buen momento, un producto fácil de disfrutar gracias, sobre todo, al
joven trío protagonista, pura frescura en el punto exacto entre la inocencia y la picaresca.
Rafael, Gardo y Rato son tres adolescentes brasileños que viven en una favela de Río de Janeiro y trabajan en un vertedero. En su vasto, inmenso, desagradablemente colorido y sucio lugar de trabajo encuentran una cartera por la que la policía ofrece una recompensa suculenta y sospechosa. A partir de entonces, la trama sigue a los muchachos en su intento por averiguar por qué el contenido de la billetera inquieta tanto a la policía y a un político en concreto.
Trash no funciona tan bien como
Slumdog Millionaire porque le relación entre el ‘quiz’ de la película y lo que, como excusa de aquel, se muestra por el camino es distinta. Y allí donde Boyle hizo la cabritilla, Daldry se queda un poco corto. El conflicto en la película ganadora del Oscar en 2008 era un acontecimiento personal, casual: la participación del protagonista en el ¿Quién quiere ser millonario? indio. Para llegar hasta la última pregunta, su individualidad recorre la realidad de la India, de sus barrios más pobres, de sus mafias, de la violación sistemática de los derechos de los niños y niñas. En Trash, el encanto de los personajes se pone al servicio de un conflicto mucho mayor: descubrir lo que se esconde tras un interés político y policial.
El conflicto de la película es el conflicto de un país (de muchos, en realidad, pero no es el caso) y, eso queda un poco grande. No es que esté mal, pero tampoco invita a quitarse el sombrero. La guinda de Slumdog Millionaire era poner las cartas encima de la mesa a través de un particular, de una vida concreta y, en la mayor parte del metraje, a través de un ‘buenrollismo’ tachado por muchos de edulcorante pero que funcional en pantalla como un reloj suizo. En
Trash, la magia de la indirecta se pierde, lo que no quiere decir que el resultado, en global, sea malo sino más bien irregular.
La propuesta de
Trash alterna secuencias grandiosas desde el punto de vista del ritmo con otras menos logradas. El resultado es un contraste en el que las primeras se reciben con euforia desde la butaca y las segundas se saborean, en comparación, con menos ganas. El mayor obstáculo para terminar de disfrutar de una película que podría haber sido redonda es, quizás, las
escenas con mayor carga dramática, en las que los diálogos no terminan de encajar con la espontaneidad del resto del metraje.
Del otro lado, cuando la cámara sigue a los tres muchachos a la carrera por los barrios de Río, con la potente banda sonora de fondo –una espectacular mezcla de ritmos tradicionales brasileños con música negra contemporánea a cargo de
Antonio Pinto- y explotando la visualidad de unos escenarios densos, ahí sí, la sensación es la de estar ante
una película con los ingredientes del gran cine.
De ellos, destaca es el excelente trabajo de los tres jóvenes protagonistas,
Rickson Tevez, Eduardo Luis y Gabriel Weinstein, que consiguen transmitir sin aspavientos y en el momento preciso la aventura, el humor, la ternura, la picaresca o el drama que se turnan a lo largo del metraje.
Los secundarios, un sacerdote y una voluntaria de una ONG interpretados por
Martin Sheen y Rooney Mara respectivamente, cumplen básicamente una función de soporte de la trama en ciertos momentos en los que se precisa de un personaje adulto para hacerla creíble. Aún así, y aunque no hubiera estado de más un poco más de información sobre ellos, resumen en muy pocos planos pero de una forma muy contundente la frustración de intentar hacer justicia en un ambiente esencialmente injusto.
Otro de los puntos fuertes es un
excepcional trabajo de fotografía que logra activar sentidos, como la sensación de calor o el olfato, aparentemente vetados al cine. Las imágenes aéreas del vertedero en el que se ganan la vida los protagonistas impresionan y las situaciones que genera el juego de idiomas entre el brasileño y el inglés invitan a optar por la V.O.S.
Lo peor (o menos mejor) de
Trash tienes más que ver con que las comparaciones son odiosas que con el trabajo de Stephen Daldry, que demuestra lo bien que se le da el
cine social en todas sus reformulaciones genéricas. Con los Juegos Olímpicos de Río a la vuelta de la esquina, la película pone encima de la mesa lo que se esconde debajo de la alfombra de Brasil, un país del club en el que también estaba la India de Boyle, con el potencial económico en pleno expansionismo y unos contrastes brutales entre la minoría rica y la masa pobre. La idea es abrir un diálogo serio y necesario después de disfrutar de una película que siembra la semilla del debate entre música y aventura. Disfrute con mensaje.