La situación de Pedro Sánchez es comprometida. El madrileño ha decepcionado a quienes le auparon a la Secretaría General del Partido Socialista echando mano de agenda e influencia. Eduardo Madina amenazaba con acabar con los poderes tradicionales y el madrileño, joven y cualificado, aunque desconocido, garantizaba fidelidad a los promotores al tiempo que vendía una imagen y un discurso novedosos.
Apenas unas horas después de su elección ya estaba enemistado con Madina y con José Antonio Pérez Tapias, sus rivales en el proceso, y no muchas más en hacerlo con los no pocos que creyeron en su promesa de unas primarias en noviembre para designar al candidato a las generales. Pero en ese momento seguía intacta su relación con Susana Díaz y la llamada ‘vieja guardia’.
Las cosas empezaron a torcerse en paralelo con el ascenso de Podemos y la cada vez mayor exposición de Sánchez a entrevistas, comúnmente espinosas y en las que le es complicado mantenerse tan alejado de Partido Popular y Pablo Iglesias como cercano a la izquierda y a la Constitución. Pero la ambigüedad no ha dañado tanto al protagonista como sus alusiones, no siempre amables, a dirigentes históricos y de peso y a algunas de sus principales obras en política.
Sánchez no convencía a Felipe González y ahora tampoco a José Luis Rodríguez Zapatero, a quien ha enfadado con su intención de derogar la reforma del artículo 135 de la Carta Magna, que obliga a las Administraciones a adecuar sus actuaciones “al principio de estabilidad presupuestaria”. Alfonso Guerra o Valeriano Gómez han abandonado en un estrecho margen de semanas el Congreso de los Diputados y el exministro Miguel Sebastián, antiguo profesor de Sánchez y colaborador suyo en materia económica, publicó un artículo en El Mundo alertando de las intenciones del secretario general.
Y ya no es la apuesta de Díaz, pero no hay marcha atrás. Aunque la caída de los socialistas en los sondeos parece haberse detenido, a tenor de los últimos, el varapalo en primer término en las municipales se ve venir. De estos resultados se responsabilizaría a Sánchez y con ellos iría a las generales. Sus críticas a referentes del partido para salir de críticas, sus guiños intermitentes a Podemos, la escasa claridad en el discurso en relación con Cataluña o la negativa a pactos siquiera puntuales pero relevantes con el Partido Popular dejan al político al frente de un proyecto con escasos soportes e indefinido en un momento tan trascendente.
Pedro Sánchez se ha tomado la libertad de actuar como ha creído, se ha dejado llevar por la corriente, pero eso no era lo pactado, no por lo que fue avalado. Su victoria estaba condicionada por un guión que se va incumpliendo punto por punto, de ahí las deserciones. Susana Díaz baraja qué hacer. El hombre de transición hasta la llegada de su momento ha decidido desentenderse del plan y sólo hay dos opciones, ninguna favorable a sus intereses: dejarlo que fracase o salve la situación en solitario o interponerse, tomar el mando y reconocer así el paso en falso y grave error de cálculo, todo ello a escasos meses de unas generales que prometen romper los esquemas conocidos.