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TRIBUNA

La Colombia de Kiko Gómez como la España del felipismo (y III)

lunes 08 de diciembre de 2014, 20:13h
España no difiere de la manipulación mediática que se da actualmente en Colombia. La víctima primera y propiciatoria fue Ruiz-Mateos a quien se le condenó, en severo linchamiento público, para luego resultar inocente de toda imputación en 1997. Nunca accedió a un juicio que demostrara quién robó su patrimonio. Acaso se repartió sibilinamente por un colectivo de aprovechados hasta en el último rincón de España… y de México… y Venezuela.
En Colombia sucede lo mismo. La corrupción de Martha Lucía Zamora en el caso de Kiko Gómez es proporcional a la practicidad jurídica de Alfredo Montenegro, actual abogado del ex gobernador, que ya demostró las malas artes de la fiscal defendiendo con exitosa anterioridad a Sigifredo López. La trama de testigos falsos ha resultado ser una repetitiva maniobra, torpe y misérrima, que ha dejado al descubierto la poca honorabilidad de una Justicia acometida de podredumbre y servilismo. Ya son cinco los testimonios falseados o coaccionados que buscan imputaciones trampeadas contra él.
No hay color ni matiz, comparado con la obra política de Francisco Gómez Cerchar, elegido mejor alcalde de Colombia antes de ser convertido en villano mediante un linchamiento mediático, ante el oscurantismo de una fiscalía que además incurre en irregularidades repetidas que sólo el descaro- y cierta protección para ejercerlo- permite que continúe un proceso de toxicidad jurídica que perjudica a toda la República.
Kiko Gómez fue linchado en cuestión de minutos, mediante un reportaje carente de todo rigor informativo, intitulado “Un gobernador de miedo en La Guajira”. El problema no es la existencia de gentuallas pagadas para inducir la opinión contra personajes señalados por intereses ocultos, sino la crédula sociedad que no contenta con errar en las apreciaciones falseadas del caso Colmenares o López, volvió a cometer el mismo dislate cayendo en la trampa contra quien fue alcalde de Barrancas no perdonándosele ganar después las elecciones a la Gobernación del Departamento de La Guajira, derrotando limpiamente a un candidato con apoyo presidencial. Ésa es la verdad de lo que acontece en una urdimbre de juego sucio que parece perpetuar sin punición la tal Zamora con no se sabe qué intereses personales en liza que la inducen al ridículo de su abyección, esgrimiendo actitudes más propias de la delincuencia común que de la acción jurídica.
Existe una enfermiza contradicción en Colombia cuando se busca en el escándalo de sus moralinas la Justicia, sin saber que con más mesura en el juicio público sería más equilibrada la percepción real de las situaciones. No hay peor injusticia que la llevada a cabo por los exaltados que atropelladamente juzgan ignorando la realidad de los acontecimientos. Así pasa con Kiko Gómez al que la cerrazón colectiva le ha negado un básico y preclaro derecho a las garantías procesales.
Sucedió así en España con el calvario que sufrió José María Ruiz-Mateos convertido en enemigo público número uno de la sociedad española con un linchamiento público nada casual, sí. El relevo de las vergüenzas entonces fue tomado por la Justicia que ignorando sentencias de tribunales europeos y esquivando toda funcionalidad jurídica, se enfangó en una roña histórica no devolviendo nada a quien se le robó delictivamente todo su patrimonio.
La sombra de Felipe González está más clara que nunca-a pesar de pagar para su impunidad durante estos años-, tanto como para que lo robado con Rumasa o lo ejercido con el GAL le señalara hartamente identificado hasta el punto de caer del pedestal, como ha sucedido con el nada honorable Pujol. ¿Por qué no se toman medidas elementales de imputación? En el caso de que hubiera Justicia verdadera sería así; es un secreto a gritos que no. La batalla jurídica la presentó Ruiz-Mateos aportando a los españoles el conocimiento de la corrupción del felipismo que se enriqueció ilícitamente con múltiples chanchullos. Las espadas siguen en alto a falta de demostrar esa honorabilidad con la que el empresario desea cumplir.
Si en España la memoria, además de selectiva, es quebradiza, en Colombia parece propensa al rompimiento instantáneo. Los colombianos no parecen guardar memoria de la existencia de falsos testimonios para engañar a los jueces. Así lo pretendió anteriormente la fiscal Zamora con la controvertida ejecución multitudinaria de inocentes en el caso Colmenares y López. Colombia no escarmienta, no aprende, no sabe; se daña.
Colombia no escarmienta de la falsedad en los casos Colmenares o de Sigifredo López que ¿todavía ha de mostrarse escandalizada con el menor atisbo de presunción informativa condenado de antemano Gómez? Esa presunción es una consistente maquinaria de creación de falacias, condicionada por un cuarto poder permeable a la manipulación más aberrante; todo tristemente justificado por una ciudadanía crédula que parece ávida de bataholas con tal de contentar la sed del morbo que producen los juicios paralelos.
Medios de comunicación sin credibilidad, demostrada la inconsistencia de lo profesional al ser pillados en renuncios que avalaban la insultante labor jurídica de la impresentable fiscal experta en recurrir a falsas evidencias. Son permisivos araneros capaces de modificar la moral de la sociedad colombiana mediante el engaño y destruir personas inocentes con la patraña y el escándalo provocado. Periodistas que dicen ser independientes se mezclan con la chusma de los despachos que pagan bajo cuerda la bravata y la corruptela dirigidas contra víctimas elegidas de un complot. Seres abyectos en el fondo que no disimulan con las formas, seguros en su mediocridad de que su parasitaria actuación está premiada con la moneda de la traición a la elemental moralidad, como Gonzalo Guillén al que no se le conoce oficio ni beneficio; desconocimiento en concordancia con la honestidad profesional de la que carece, revolcándose en la estrafalaria muestra de una violenta exaltación personal que refleja en sus mediocres parrafadas. No hay más que ver cómo se dirige por la vida este enfermizo ser presa de violencias verbales que dan vergüenza ajena. Su formación es la de un esbirro del oportunismo. No hay cultura humanista, ni argumentación cognoscente, sólo instinto dañino, como puede comprobarse en su perfil de Twitter.
La fiscal Zamora es en cuanto a impresentable jurídicamente lo que representa el oficioso periodista Guillén del que se dice que su patrimonio, resultado de no dar palo al agua según se asegura en círculos allegados, estriba en poseer el deleznable atrevimiento de ensuciar una digna profesión con el sueldo carroñero que se paga por la mentira fácil y la entronización del bulo. No obstante, hay información suficiente sobre el susodicho para saber que ni la calidad profesional ni la rectitud de conciencia son virtudes, siendo antagónicas a estas las características que lo definen.
Las garantías procesales de Kiko Gómez representan un derecho inalienable que jurídica y periodísticamente se pretenden vulnerar, como en su día sucedió con Ruiz-Mateos en España, quien ahora está obligado a cumplir con sus obligaciones ante la quiebra de Nueva Rumasa para demostrar que no es un ladrón. Destinos cruzados los de Gómez y el empresario español que han de mostrar sendas inocencias en difícil batalla jurídica y social.
El abogado Montenegro sabe bien a lo que se enfrenta para celebrar la exculpación del ex gobernador como antes la conseguida con Sigifredo López. Los jueces con testimonios reales y fehacientes pruebas deciden al respecto, pero eso no es principal conflicto jurídico. El abogado defensor sabe que antes ha de convencer a la sociedad colombiana víctima de elementos perjudiciales como Martha Lucía Zamora y Gonzalo Guillén, encubiertos tras una aparente pero inexistente honorabilidad. Quedando al descubierto la verdad serán sepultadas las mentiras capciosas de quienes podrían estar lucrándose de un engaño bajo la aquiescencia de una Colombia que, a poco que despertara, recordaría la pesadilla de las tramas falsas de testigos que condenaron populistamente a inocentes sin muchas opciones a la defensa pública. Que no pase lo mismo con Francisco Gómez Cerchar, porque si cuela una de estas bellaquerías el siguiente podría ser cualquiera.
Semejante indefensión constataría en Colombia la pérdida de las libertades básicas en manos de consentidos y camuflados fulleros.
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