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Breve encuentro

miércoles 21 de mayo de 2008, 20:41h
Fue apenas hace un mes cuando lo recordé vívidamente. Ponían en la televisión una película, un western. Se titulaba “Encubridora”. La había visto años atrás, aunque esta vez la televisión la ofrecía en color, es decir, “coloreada” mediante técnicas informáticas cuyos entresijos se me escapan. Un sistema de ajornamento fílmico que, en su momento, hizo que los puristas pusieran -no sin razón- el grito en el cielo, y más en este caso que comento, pues el director de la cinta es Fritz Lang, el maestro germano que, cuando Joseph Goebbels le ofreció dirigir la UFA (por entonces la gran fábrica alemana de cine), hizo las maletas y se largó fuera del país, buscando mejores y más libres aires.

Cuesta imaginar a Fritz Lang dirigiendo una película del Oeste: cabalgadas, atracos, tiros, duelos... pero también tenía dentro una mujer fatal que, en el fondo de su pecho, escondía un corazón romántico, papel que Lang reservó para una compatriota. Ella se había marchado a los Estados Unidos llevándose consigo a quien la dirigió en “El Ángel azul”. En aquella película, Von Sternberg la había colocado sobre un barril de cerveza y, allí sentada, ella mostraba sus hermosas piernas, pero de ellas bastaba -en verdad- para acelerar las pulsaciones del espectador con un trozo brillante, una pequeña parte de aquel aparato locomotor: el espacio blanco y desnudo que limitaba al sur con unas medias negras y al norte con el corpiño al que se unían aquéllas mediante un mecanismo conocido por el mal nombre de liguero. Más joven y, sobre todo, más rellena de lo que habría de aparecer después en las pantallas, aquella vampiresa alemana de taberna estaba -lo diré de una vez- para comérsela.

No tuvo suerte esta mujer ni con sus amantes ni con su única hija, María, a la que, por cierto, trató siempre con demasiado mimo, haciendo de ella una malcriada. Por otra parte, sus compatriotas nunca le perdonaron que apareciera por Europa después del desembarco en Normandía dando recitales y animando a las tropas aliadas. Fue tachada de traidora por quienes, cuando todo el tinglado nazi se fue a tierra, aseguraron no haberse enterado de nada: ni de matanzas ni de campos de concentración. Lo mismo que le ocurría al personaje de noble prusiana esposa de un militar que aparecía en “Vencedores y vencidos”, la película de Stanley Kramer, que ella habría de interpretar más tarde.

Pero a lo que iba, fue en París, una tarde calurosa en el agosto de 1966 cuando estaba yéndose el sol y mi mujer y yo decidimos bajar a tomar la fresca cerca del río. Salimos a la calle -ella con su embarazo de ocho meses que dibujaba en su fino cuerpo una curva cóncava-convexa- y recorrimos la distancia que separaba nuestra casa -en la rue des Écoles- del Sena. Allí, en la ribera izquierda, encontramos unos veladores sobre una acera estrecha. Las mesas eran diminutas y las sillas estaban colocadas no en derredor de las mesas, sino en fila y sus respaldos pegados a la pared del edificio. Allí nos sentamos y pedimos dos demis de cerveza.

Ya se había hecho de noche y sólo la luz de las escasas farolas iluminaba el lugar. Pese a ello, en un momento dado, mirando hacia mi izquierda, distinguí, cien metros más allá, a una mujer solitaria, de cabellera rubia y sencillo vestido (falda negra y camisa blanca), que venía por la acera frontera a la nuestra. A pesar de la distancia tuve la seguridad de que era ella y así se lo dije a mi mujer que, incrédula, me embromó: “Naturalmente, y ahora vendrá y se sentará a tu lado”. La rubia, de pronto, cuando ya se encontraba a unos diez metros de nosotros, cruzó la calle y, en efecto, se sentó a mi lado... y cruzó las piernas. Luego, cuando el solícito camarero acudió para atenderla, pidió: “Un vin blanc froid”.

La rodilla de su pierna derecha, que había encabalgado sobre la izquierda, quedó, literalmente, al alcance de mi mano, pero el tacto no tuvo conocimiento de aquella maravilla, aunque la vista sí, y ésta no se detuvo en la rodilla sino que amplió su radio de acción a las hermosas pantorrillas y también, aunque más furtivamente, a sus manos y a su rostro afilado de dotados pómulos y de boca tan huidiza como sugerente.

Aquellos minutos pasaron muy rápidos. Yo hubiera estado allí toda la noche, dándole cuerda a mi imaginación, pero el reloj de mi esposa puso punto final al encantamiento. “Ya es hora de irse para casa”, dijo. Pagué y nos levantamos, pero entonces, venciendo la timidez que con tanta frecuencia me atenaza, me volví hacia la actriz para decirle: “Bonne soir, Madame Dietrich”. Ella levantó la mirada hacia mí y, sonriendo, usó de aquella voz aguardentosa para decirme: “Bonne soir, jeune homme”.

Joaquín Leguina

Doctor en Ciencias Económicas

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