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TRIBUNA

La imposición del alemán en el hogar

miércoles 10 de diciembre de 2014, 20:21h
A pesar de que Alemania viene representando la locomotora de la Unión Europea y un modelo a imitar por el resto de Estados miembros en el ámbito económico, cultural, etc., lo sucedido en los últimos días deja entrever que los países poderosos y punteros también se equivocan. De ahí que pueda afirmarse aquello de que la grandeza se convierte al final en el arte de la prudencia y el de saber rectificar a tiempo.

Hace unos días nos dejaba a todos perplejos la noticia de que los aliados bávaros de Angela Merkel, los socialdemócratas de la CSU habían manifestado su decisión de obligar a los inmigrantes a hablar alemán en su hogar. Como era de imaginar, tan terrible afirmación provocó que la misma Angela Merkel se viera obligada a recular en este insólito planteamiento señalando que esta propuesta no se incluía en el contrato de coalición firmado por los tres partidos gobernantes, a saber, CDU, CSU y los socialdemócratas del SPD, ni tampoco se podía decir que entrase en la agenda del ejecutivo: <<Conocer el alemán es un requisito para la integración. Pero considero una ventaja para los niños crecer bilingües>>, afirmaba la canciller alemana.

Sin embargo, lo que recogía el borrador del documento de la CSU, preparado para el Congreso que se celebrará próximamente en la ciudad de Núremberg, era algo bien distinto, con tono amenazante: <<Quien quiera vivir aquí a largo plazo debe hablar alemán, tanto en los espacios públicos como en sus hogares>>. El mismo secretario general de la CDU, Peter Tauber, se ha visto obligado a reaccionar calificando a este pasaje de ridículo así como de verdaderamente preocupante. En esta misma línea se ha pronunciado también, recientemente, el vicepresidente de la CSU, Peter Gauwelier.

Quizás pueda haber quien interprete esta iniciativa como un guiño al electorado bávaro ultra conservador lo que, en todo caso, no justificaría esta regulación estatal, a todas luces, ilegítima e injustificada.

Todos sabemos que el aprendizaje del idioma es una de las mejores vías para que el inmigrante pueda integrarse. Lo que en ningún caso es admisible es este tipo de regulaciones intervencionistas y avasalladoras de las libertades que se entrometen en el ámbito privado de los individuos tratando de interferir en su ámbito más íntimo y personal.

Es imprescindible recordar por ello que el Estado no ha de sucumbir al paternalismo ni ha de erigirse en “el buen samaritano” porque ello, antes o después, le inducirá a ser un Estado despótico que busca la felicidad de los ciudadanos por encima de la propia libertad individual.

Como ya dijo en el siglo XIX Stuart Mill, sin disimulos, sólo el evitar un daño a otro puede funcionar como justificación de la imposición coactiva de una conducta. ¿Qué daño a otro puede provocar que yo hable español en mi hogar en Alemania? Tengamos por ello presente y no olvidemos la teoría de los límites del ejercicio de poder que han construido autores de la talla de Thomasius o Kant en el siglo XVIII.

La integración de los inmigrantes no puede pasar por el atropello de los derechos individuales ni por la imposición coactiva de comportamientos en el ámbito privado o familiar. De nuevo, con este escandaloso suceso en Alemania comprobamos que se olvida con frecuencia que el paternalismo transforma a los ciudadanos en niños, en menores de edad, que necesitan del Estado para guiar su vida por no saber lo que les puede hacer más felices o mejores en términos morales.

No olvidemos que el poder debe ser controlado desde la racionalidad y desde la moralidad, puesto que hay límites morales, representados por los derechos humanos, que las leyes positivas no pueden traspasar aunque éstas sean el resultado de una decisión mayoritaria. Ya lo dijo Dworkin cuando reclamaba una serie de controles o filtros de racionalidad para las posiciones morales aun cuando éstas derivasen del poder político.

El Estado no se legitima más por interferir en el ámbito privado de sus ciudadanos sino más bien todo lo contrario. En definitiva, como garante máximo de las libertades, el Estado debe predicar con su ejemplo.

Cristina Hermida

Catedrática de Filosofía del Derecho

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