La intervención económica de China en Hispanoamérica alcanza en la última década cotas astronómicas. Una actuación de proporciones abrumadoras que hasta ahora no había causado grandes controversias ni tampoco reacciones populares hostiles tachándola de imperialismo económico. Un respeto que acaba de romperse en Nicaragua. Por primera vez se materializa en el país centroamericano una movilización de masas contra la presencia china en Hispanoamérica. El detonante ha sido el plan avalado por Daniel Ortega de construir un Canal Interoceánico que una la Costa atlántica con la Costa del Pacífico rivalizando con el Canal de Panamá.
Hasta el momento, los ciento cuarenta mil millones de dólares de procedencia china se orientaron masivamente a la concesión de créditos y la extracción de recursos materiales –petróleo, minerales, cosechas- que han contribuido decisivamente al crecimiento económico hispanoamericano en los últimos años. Este creciente vínculo económico se ha desarrollado como una balsa de aceite. La venta de materias primas se ha realizado con discreción y neutralidad política. Los créditos procedentes de China se han concedido con facilidad a países con inseguridad jurídica que tenían grandes dificultades de financiación.

El monto total de China en Hispanoamérica ha alcanzado, sin embargo, unos niveles de tal magnitud que comienzan a presuponer cierto grado de control político y, por lo tanto, riesgos de controversia y reacciones de los damnificados. Un ejemplo evidente se encuentra en el Ecuador de Rafael Correa. El intervencionismo caprichoso y arbitrario de Correa contra empresas extranjeras le privó hace tiempo de la financiación internacional que necesita para poner en marcha los proyectos prometidos. Ahí aparece el capital chino. Las tasas de sus créditos son más altas que las de la banca internacional, pero no exige trasparencia ni seguridad jurídica. A cambio, el gigante asiático se adueña de los yacimientos petrolíferos ecuatorianos, que garantizan la recuperación del dinero prestado. No solo se adquiere el crudo a un bajo precio para revenderlo con beneficios a países catalogados por Quito como imperialistas, sino que China ya es propietaria de yacimientos aún por extraer, lo que ha obligado al Gobierno de Ecuador a introducir la maquinaría petrolífera en espacios amazónicos hasta ahora protegidos. Los movimientos ecologistas que se oponen enérgicamente han sido amordazados por Rafael Correa, pero la implicación política de la venta de materias primas ya no es de guante blanco.
La chispa ha saltado con muchísima virulencia en Nicaragua. El Canal Interoceánico que debería comenzar a construirse en lo que queda de este mes de diciembre, habría de partir de Punta Águila, situada en el Caribe, y recorrer íntegramente Nicaragua para desembocar en Brito, en la costa del océano Pacífico. Con un ancho de veinte metros y una profundidad de veinticuatro metros, habría de recorrer en torno a doscientos noventa kilómetros, casi triplicando la longitud del Canal de Panamá, de setenta y siete kilómetros, y permitir el paso de embarcaciones de mayor tonelaje. La megaconstrucción implica la edificación de aeropuertos, ferrocarriles, puertos de gran calado, zonas francas y enclaves turísticos. La inversión de cuarenta mil millones de dólares sería cuatro veces superior al Producto Interior Bruto (PIB) nicaragüense.
De consumarse, los efectos serán insospechados. No hay ningún estudio de su formidable impacto medioambiental. La ruta específica no se ha concretado con el fin de no soliviantar más a las poblaciones afectadas. Pero en todo caso, el Canal dividiría en dos a Nicaragua, debería atravesar el Gran Lago de Nicaragua, o Cocibolca, expropiar asentamientos indígenas, confiscar propiedades, despojar a miles de agricultores de sus fincas, trasladar a una ingente población hacia otros enclaves. La concesión del capital chino del nuevo Canal sería por un siglo de duración, de modo que durante una centuria la vida económica de Nicaragua estaría bajo control del dragón asiático. La mega obra recompondría, de hecho, las relaciones estratégicas de la zona involucrando a Costa Rica, Venezuela, Honduras, El Salvador, Panamá… En un plano interno, el Canal Interoceánico pone en cuestión la soberanía nacional, punto clave del sandinismo en el poder.
No es de extrañar que la paz social haya entrado en convulsión. La propia hija del presidente Daniel Ortega, Zoilamérica Ortega Murillo, se ha sumado a las enérgicas voces que repudian el faraónico proyecto cuya fecha de inicio está prevista para el próximo 22 de diciembre. Sus palabras, desde su refugio en Costa Rica, han sido contundentes: “Me sumo a los que claman por conservar la creación de Dios en nuestra Nicaragua tal y como está -ha declarado Zoilamérica Ortega. Me sumo a los que claman por la madre patria y por la ruptura que la ecodiversidad va a sufrir en nuestro país. Me sumo a las familias que se niegan a ser desplazadas de su territorio simplemente por satisfacer concesiones a grandes poderes económicos no trasparentes y visibles.”
En una Tribuna publicada en El País, el poeta y sacerdote Ernesto Cardenal acaba de sentenciar: “Con este Canal el lago de Nicaragua, que para nosotros es una gran bendición de Dios, se convertirá en una maldición. Acabar con el lago de Nicaragua sería el crimen más grande de la historia de nuestro país.” Zoilamérica Ortega se refería asimismo a las cada vez más agitadas movilizaciones populares: “¿Por qué marchan los nicaragüenses desde distintas partes de mi país? Marchan porque no tuvieron posibilidad de ser consultados sobre un proyecto que a toda luz creará graves daños, no solo a nuestra soberanía sino también a nuestras vidas.” La balsa de aceite en la que se movía el capital chino en Hispanoamérica ha encontrado ahora su primera tormenta de envergadura, hasta el punto de cuestionar sus proyectos.
Las movilizaciones populares se iniciaron, en efecto, hace meses en las poblaciones afectadas, Rivas, Santo Domingo Piche, Potosí, Unión, Nueva Guinea. En estas primeras marchas los campesinos acusaron a trabajadores chinos de medir sus tierras y asegurarles que pronto la Policía Nacional y el Ejército de Nicaragua se les llevarían a otros asentamientos. Las agencias de noticias han dado cuenta de los lemas populares: “Nos roban para dárselo a los chinos”. “¡Ortega, vendepatria, les vendistes nuestras propiedades a los chinos!”, “¿Qué quieren los campesinos? ¡Que se vayan los chinos!” La gran movilización que acaba de producirse en la capital Managua tenía un grito reiterado: “¡Que se vayan los chinos!” No es difícil percibir el primer peldaño de un movimiento de tinte antiimperialista contra el capital chino. El dinero del gigante asiático comienza a entrar en colisión con intereses sociales y políticos hispanoamericanos. Tendría para ellos efectos desastrosos que la movilización se contagie o rebrote en otros países de Hispanoamérica.
Con el propósito de conjurar este riesgo, China ha puesto al frente de la fabulosa construcción del Canal a un empresario aparentemente privado, Wang Jing, quien está haciendo correr ríos de tinta. En la rueda de Prensa donde presentó el megaproyecto, Wang Jing perseveró en rebajar su perfil: “Soy un chino común y corriente -declaró-. No podría ser una persona más común y corriente.” El dato más relevante fue informar de que había estudiado medicina tradicional china en Pekín.
Una estrategia contraproducente porque ha estimulado la voracidad investigadora de los medios de comunicación. Así, se ha desvelado que Wang Jing está al frente de una red de empresas afincadas en los más diversos países cuyos hilos conducen al aprovisionamiento de telecomunicaciones al poderoso Ejército Popular de Liberación de la República Popular China. Expertos en relaciones internacionales sobre China de diferentes universidades han coincidido en apuntar que el Canal de Nicaragua es tan estratégicamente importante para el Gobierno de Pekín que nunca lo dejaría en manos de un empresario privado. Wang Jing sería un hombre de paja de Pekín. Su capital no puede afrontar por sí mismo una construcción de semejante envergadura si no está detrás el Estado chino. En BBC Mundo, Alberto Nájar ha sondeado a numerosos especialistas sobre la pregunta: ¿Qué gana China con el Canal de Nicaragua?

Las respuestas son esclarecedoras: se abarataría extraordinariamente el coste del transporte de las materias primas de países hispanoamericanos, como por ejemplo Venezuela o Argentina. Heinz Dieterich, de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) de México, responde a Nájar con el punto de mira en otra escala. El Canal sería parte de una jugada más amplia: “Se tendría un acceso estratégico muy cerca de América del Norte, que en este momento no tiene. Para China sería un golazo geopolítico frente a Estados Unidos.” Algunos señalan que el Canal Interoceánico en Nicaragua significaría en términos económicos y geoestratégicos lo mismo que el Canal de Panamá supuso en el despegue de Estados Unidos a comienzos del siglo XX.
Se trata de un movimiento en el tablero internacional de extraordinario alcance. Pero pese a la cautela con que Pekín ha diseñado esta jugada, el choque del capital asiático con el sentimiento de soberanía nacional ha sido inevitable. Será difícil impedir que esa confrontación vaya a más y termine siendo percibida como una fuerza imperialista. De su pericia para manejar la situación y del grado de intensidad de la reacción popular dependerá el desenlace de esta partida geoestratégica que solo acaba de comenzar.