Mal que le pese, el sudeste francés le debe mucho al indocumentado de Dan Brown -dicho en el sentido más amplio de la palabra-. Bien es verdad que la región en sí misma posee suficientes encantos como para atraer a miles de turistas cada año, pero a raíz del Código Da Vinci, muchos son los que han querido conocer de primera mano lo que antaño fuera el escenario de la cruzada cátara. Los que disfruten de una visita guiada por Carcassonne y alrededores oirán el relato de las muchas salvajadas que se cometieron durante la persecución de los cátaros, aderezado todo ello con la milonga del Grial y el supuesto exilio por aquellos pagos de María Magdalena. En honor a la verdad, lo que allí aconteció en el siglo XIII no necesita de aderezo alguno para resultar atractivo.
Ya en el siglo XI viajeros procedentes de Bizancio y los Balcanes traerían al sur de Francia las ideas del bogomilismo y maniqueísmo, dos herejías que acabarían por cristalizar en el catarismo. Su doctrina negaba la divinidad de Jesús y la existencia del Espíritu Santo. No administraban sacramentos; en su lugar, había un ritual, el consolamentum, que corría a cargo de una suerte de sacerdotes llamados Perfectos. Además, vivían de un modo bastante austero para la época, lo que les hizo bastante populares. De hecho su presencia, lejos de incomodar a los señores locales, como el conde de Tolosa, parecía complacerles. Pero pronto su auge empezó a preocupar a Roma, quien veía que el control espiritual de la comarca se le iba de las manos. Así las cosas, el papa Inocencio III enviaría una legación con un cometido claro: purgar la herejía con la Palabra de Dios en la mano.
Pero no tuvieron éxito. Por un lado, muchos cátaros conocían mejor las sagradas escrituras que los propios legados pontificios, lo que les ponía en más de un aprieto teológico. Y estaba el hecho del boato con que se conducía la legación romana: lujosos carruajes, un cortejo de sirvientes y unos lujos, en suma, que contrastaban con el austero modo de vivir cátaro. Le fue mejor, en cambio, a Santo Domingo de Guzmán -fundador de los dominicos-, quien combatió a los cátaros con sus mismas armas: pobreza, sencillez y predicación. De este modo consiguió un importante número de conversiones, aunque insuficiente para Roma, que ansiaba obtener una abjuración total. De hecho, a Inocencio III se le empezaba a agotar la paciencia. Sin embargo, el asesinato en 1208 de uno de sus legados, Pierre de Castelnau, le pondría en bandeja la solución: excomulgó a Raimundo de Tolosa y declaró sus tierras “entregadas como presa”. El rey Felipe de Francia aprovechó la ocasión de ampliar sus dominios, y se unió a la hueste pontificia. En el otro bando, el rey Pedro de Aragón se vería en la tesitura de defender a sus vasallos, lo que le acabaría costando la vida -le atravesó una lanza- en la batalla de Muret.
Pero serían otros dos lugares, Béziers y Bram, -aparte de la turística Carcasona- los que cobrarían un protagonismo especial por la brutalidad de las contiendas que en ellos se produjeron. Fue durante el sitio de Béziers cuando, preguntado por su lugarteniente Simón de Monfort sobre qué hacer con la población civil una vez que franqueasen las murallas de la ciudad, el comandante del ejército cruzado, Arnau Amalric, respondió aquello de “matadlos a todos, Dios sabrá distinguir a los suyos”. Y Monfort obedeció sin rechistar. Poco después, en la vecina Bram, respetó la vida de sus habitantes, pero no su vista: mandó cegarlos a todos, salvo a uno, para que los guiase. Durante los años siguientes, Simón de Monfort asolaría el sudeste de Francia con una crueldad pocas veces vista, hasta que una piedra lanzada por una catapulta acabó con él. Quien a hierro mata…