ESTRENO 1 DE ENERO
Frío en julio, los ochenta vuelven al thriller
Laura Crespo
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lauracrespoelimparciales/12/5/12/24
miércoles 24 de diciembre de 2014, 14:58h
Actualizado el: 02 de enero de 2015, 14:09h
El cineasta Jin Mickle consigue recrear la atmósfera de los años dorados del thriller.
Por Laura Crespo
Cuando parecía haberse consagrado como el gurú del terror indie del siglo XXI, el cineasta americano Jin Mickle se pasa al thriller y regala a los amantes del género una joya que revisita y actualiza los grandes éxitos de los ochenta. Tras Mulberry St (2006), Vampiros del hampa (2010) y We are what we are (2013), Mickle estrena en España Frío en Julio, un thriller compacto, con un consistente trío protagonista y una atmósfera de suspense que engancha al espectador sin florituras: rápido, fácil y eficaz.
El actor Michael C. Hall se desvincula de la frialdad y el exotismo de su papel-lanzadera como el carismático asesino Dexter Morgan para meterse en la piel de un tipo común con una vida normal: felizmente casado, padre de un hijo y empleado en un negocio de enmarcado. Aunque todo esto lo conocemos después, porque la cinta no se anda con rodeos y arranca de lleno con el conflicto. El protagonista descubre en plena noche a un extraño dentro de su casa, dispara y le mata. El concepto jurídico de ‘defensa propia’ le mantiene en libertad y convertido en un héroe local. Pero su intenso duelo interno (un velado debate sobre las consecuencias de la legalidad de la tenencia de armas en Estados Unidos) dura muy poco, ya que a partir de entonces la película se precipita en una trama que deja poco espacio a la meditación, con giros constantes que, si se aceptan algunas licencias del guión, enganchan irremediablemente.
Cuando el americano modélico logra limpiar las manchas de sangre de su salón, aparece el padre del asaltante fallecido, con sed de venganza. Y cuando parece que la lucha del protagonista por proteger a su familia va a centrar el argumento, un nuevo quiebro obliga al espectador a permanecer atento y expectante. Sin desentrañar nada más, cada nuevo elemento que aparece en la película la desvía del camino que había empezado a enfilar y la lanza a derroteros bien distintos, en la mayoría de los casos, inesperados y sorprendentes.
Sí hay un momento delicado, necesario de asumir sin hacer muchas preguntas para seguir dentro de la película, y está relacionado con determinadas decisiones no del todo comprensibles según el retrato que tan brillantemente se ha trazado del protagonista como un padre de familia corriente. Si se consiente el truco, la película puede disfrutarse sin problema y el impecable trabajo de Hall hace el resto.
Junto a él, en el reparto, dos compañeros de lujo. De un lado, el veterano actor y dramaturgo Sam Shepard (El diario de Noa, El informe pelícano), que transmite una brutal sensación de robustez y hermetismo impuestos por una existencia difícil en el papel del padre del fallecido al inicio del metraje. En el otro, Don Johnson, conocido sobre todo por la popular ficción de la televisión estadounidense Miami Vice y recientemente por su participación en la última locura de Tarantino, Django Desencadenado. En esta ocasión, Johnson, un extravagante investigador privado, explota esa vena de excentricismo que tan bien se le da con la contención justa para aportar unas leves y agradecidas notas cómicas a la densidad del argumento. Los tres juntos desprenden una química perfecta en la que puede interpretarse incluso un guiño generacional hacia el género: los dos tipos duros a los que se les intuye un pasado oscuro frente al “héroe” ocasional extraído de las más mundana rutina.
Junto a estos tres titanes interpretativos, lo mejor de Frío en julio es la atmósfera que consigue a base de dirección, fotografía y banda sonora. La trama transcurre a finales de los ochenta y todo en la película parece haber viajado en el tiempo desde aquella época dorada del thriller americano. La cinta tiene un aire milimétricamente buscado de serie B, atizado por el ambiente polvoriento de Texas, con dosis de western tardío, que nada entre la nostalgia, el homenaje y la relectura.
Frío en julio es la confirmación de que Jin Mickle sabe moverse fuera de la zona de confort que había sabido crearse en torno al cine de terror y lo consagra como un director que dará qué hablar en los próximos años.