Cuando el mundo se apresta a estrenar las hojas de un nuevo calendario, resulta siempre interesante repasar las líneas generales de lo que los próximos doce meses pueden deparar para el devenir del planeta.
En primer lugar (porque, siempre ha sido la economía…) la mayoría de analistas coinciden en señalar que 2015 supondrá el principio del fin de la crisis económica que desde 2008 recorre la geografía mundial (o, al menos, sus puntos cardinales). Bien podría afirmarse que la recuperación ha llegado para quedarse, si bien en éste como en otros ámbitos, la cautela debe presidir cualquier vaticinio, toda vez que si se produjera el movimiento de algunas de las placas tectónicas de la actual geopolítica planetaria (algo que no puede descartarse del todo) las predicciones quedarían superadas por los nuevos campos de juego. Pero, al margen de tal aleas, en principio cabe afirmar que buena parte de las principales economías mundiales van a experimentar un importante crecimiento en el año ahora comienza. Así, por ejemplo, Estados Unidos consolidará en 2015 unas cifras desconocidas en la última década (se espera un crecimiento de en torno a un 3%). Dicho optimismo también puede predicarse de la evolución de otras economías como la británica, la alemana o la propia española. Mayor incertidumbre se produce en casos como los de China (que crecerá, pero menos) y Japón (a la espera de que el nuevo gobierno del reforzado Abe implante las reformas estructurales apuntadas). En definitiva, nos encontramos en el sexto día de gripe, cuando el enfermo no cursa fiebre y se espera su completa recuperación, pero al que hay que vigilar por si “hay algo más” o para evitar recaídas.
En términos geopolíticos es precisamente un parámetro económico uno de los principales datos a tener en cuenta en la evolución de las relaciones internacionales, llamado a tener incidencia en el corto, medio e incluso en el largo plazo. Nos referimos, claro es, al precio del petróleo. El desarrollo de la técnica del fracking, amén de otros factores, ha dado lugar a una caída sin precedentes en el coste del barril de crudo, provocando una verdadera conmoción en el terreno de juego del equilibrio global, con múltiples consecuencias que todavía no somos capaces de vislumbrar con la debida claridad. Buena parte de los cambios más importantes en el balance de poder en 2015 tienen como primera causa o como explicación “coadyunvante” dicho fenómeno.
En relación con lo señalado, la revolución energética derivada del aprovechamiento a gran escala del gas de esquisto está detrás de una las principales amenazas que se ciernen en el horizonte mundial: la preocupante situación rusa. No cabe duda de que el fin de la fiebre del oro negro agudiza la situación de una potencia histórica como Rusia, lo que puede llevar a sus dirigentes a un camino de no retorno en la huida hacia adelante protagonizada desde hace unos años por el coloso euroasiático. Habrá que estar muy atentos al malestar ruso, cuyos síntomas recientes han sido Siria y Ucrania, desafío para un Occidente que, como los médicos de antaño, deberán combinar firmeza con comprensión y solidaridad.
Junto a la acabada de señalar, la otra amenaza principal a la que se enfrenta la paz mundial es la que representa el denominado Estado Islámico. La cabeza de la hidra del terror ha adoptado una nueva forma si cabe más terrible que las anteriores. A la combinación de globalidad, difusión masiva a través de los nuevos medios tecnológicos, y ahora un territorio definido como base de operaciones, se une su potencialidad desestabilizadora de un Oriente Medio que se antojan ser los Balcanes del siglo XXI. Y es que en dicha zona se está jugando una partida cuyo resultado tardaremos en conocer y de consecuencias capitales en el escenario mundial, una partida en la que los jugadores ya no responden a sus tácticas, siquiera a sus identidades de antaño. El Estado Islámico es un efecto más de ese nuevo “big game”, un efecto, eso sí, que viene nada menos que a cuestionar las líneas del célebre acuerdo Sykes-Picot, esto es, el diseño de Oriente Medio por parte de británicos y franceses durante la I Guerra Mundial, del que ha sido heredera la cartografía política de la zona hasta la fecha. De otra parte, el nuevo escenario, y, especialmente, la que se ha comprobado como atracción nihilista del EI sobre elementos de las comunidades musulmanas en Occidente hace que no quepa descartar una segunda oleada de terror en los países de este último.
Junto a las dos amenazas glosadas, el otro gran titular de 2015 bien podría ser el de que nos encontramos ante determinados signos de cambio de realidades que hasta hace poco se creían inamovibles. Destaca en primer término lo que bien podría calificarse un tanto paradójicamente como de diplomacia nixoniana de Barak Obama. Los movimientos en relación con Irán y el último golpe de efecto respeto a Cuba han sido piezas maestras de un realismo diplomático que es muestra de la salud y vigor de una potencia que lejos de anquilosarse se reinventa cada día. Frente a pasados fracasos como la actuación respecto a la denominada primavera árabe, la diplomacia estadounidense parece haber inaugurado el siglo XXI con dos actuaciones que han cogido por sorpresa a buena parte de las cancillerías de sus competidores por el poder mundial.
El otro factor de cambio que debe subrayarse afecta singularmente a Europa. A pesar de que el conjunto de la Unión va a crecer en 2015, asistimos desde hace tiempo a una crisis sin precedentes del proyecto europeo y, como novedad más destacada, de los propios modelos nacionales diseñados tras la segunda guerra mundial. Mientras el mundo “gira” a una velocidad vertiginosa, Europa aparece ensimismada mirándose el ombligo. Las citas electorales de 2015 en Reino Unido y España (legislativas) así como en Francia (departamentales y regionales) pueden suponer la llegada de una nueva era, en la que la consolidación de los nuevos partidos de distinto signo, pero de parecida explicación “genética” o etiológica, conlleve una profunda transformación del sistema parlamentario, y del político en general, tal y como hasta ahora lo habíamos conocido. En este sentido, si bien es verdad que fenómenos como el poujadismo se repiten cada cierto tiempo en el viejo continente, no lo es menos que la presente crisis de identidad (no precisamente adolescente en parámetros históricos) tiene raíces más profundas, pues supone un cuestionamiento del propio modelo de convivencia articulado tras las dos grandes catástrofes del pasado siglo.
Por otra parte, se sigue a la espera de la hora de Iberoamérica; no obstante, los cambios en Cuba y quizás en Venezuela y la nueva política estadounidense podrían implicar la entrada definitiva del subcontinente en el salón del trono. En cambio, pese a determinadas luces en la oscuridad (el crecimiento de Luanda es un ejemplo de ello), África deberá seguir aguardando la llegada de su año 0, de su plena incorporación a la Historia.
2015 será seguramente un año rico en acontecimientos, como de hecho lo ha sido 2014. Mientras nuestra “pequeña” intrahistoria, el modo en que los seres humanos seguiremos naciendo, creciendo, amando, sufriendo y muriendo, será obviamente nuestra principal preocupación, Clío proseguirá el incesante dictado de un libro que sólo se alcanzará a comprender del todo al llegar al epílogo. Por otra parte, hay que tener presente que seguramente la parte principal del capítulo correspondiente a nuestros días no ha aparecido aún en los telediarios, más bien se está gestando en estos momentos en un laboratorio…