TRIBUNA
Quieren volver
lunes 05 de enero de 2015, 20:35h
Lenin estaba convencido de que la sociedad capitalista –esto es la democracia liberal y pluralista y su obligado correlato, la economía de mercado- no aguantaría, “víctima de sus contradicciones internas”, los embates de la crisis que, inevitablemente, se la llevaría por delante. Por un momento pensó que la revolución bolchevique, tras su triunfo en Rusia, se extendería como un reguero de pólvora por toda Europa y por el mundo entero. Pero lo cierto es que la odiada “sociedad burguesa” aguantó la crisis posterior a la I Guerra Mundial y que culminó con la Gran Depresión. Después, mientras Stalin y sus sucesores construían ese prodigio de libertad y prosperidad que fue el “paraíso soviético”, el mundo occidental sufría crisis periódicas, más o menos graves, pero siempre salía fortalecido de sus turbulencias. Porque la clave de la sociedad abierta es su capacidad de hacer reformas. Las “soluciones” comunistas se imponían en otros lugares en casi todos los continentes, pero siempre al precio de la opresión, el autoritarismo, la corrupción y la eliminación del disidente.
Tras la desintegración del bloque comunista europeo -simbolizada por la caída del Muro de Berlín, hace ahora un cuarto de siglo- y la desintegración de la Unión Soviética, dos años después, el comunismo entró en un declive imparable, aparentemente al menos. Los partidos comunistas o se cambiaron el nombre, como el italiano, o, simplemente, desaparecieron. Y donde subsistieron, se enmascararon con etiquetas, tipo “izquierda unida” o similares como ha sido el caso en España o incluso en el Parlamento Europeo. Todavía el otro día, una plaza de París, abandonaba el nombre de “Georges Marchais”, el líder comunista, fiel a los mandatos de Moscú, que algún concejal de su misma tendencia había logrado imponer años ha. Como escribió magistralmente François Furet, “el comunismo no ha concebido jamás otro tribunal que la propia historia y he aquí que ha sido condenado por la historia a desaparecer en cuerpo y bienes”. (El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX).
Pero quizás los europeos lanzamos las campanas al vuelo demasiado pronto. Como me dijo hace años un veterano senador colombiano: “Ustedes los europeos están felices porque el comunismo ha desaparecido en su continente, pero ¿saben ustedes dónde andan los comunistas?”. Su tesis era que los comunistas estaban “vivos y coleando”, infiltrados en otras formaciones o en asociaciones de todo tipo y esperando el momento de tomarse la revancha. Aparte, añadía, de que en América Latina el comunismo, en sus distintas variantes y diversos disfraces, está en plena expansión, como muestran las andanzas de Chaves, el ALBA y el llamado “socialismo del siglo XXI”, por no hablar de la dictadura cubana. Eran tiempos de bonanza petrolera y el citado senador relataba cómo el golpista presidente de Venezuela (como los alcohólicos a los golpistas no se les pueden anteponer lo de “ex”) lubricaba los rodillos de la revolución latino americana. Después hemos sabido que una parte de esa renta del petróleo también llegaba a España. Las ensoñaciones del Che Guevara (¿saben quién era este personaje quienes todavía exhiben sus carteles y sus camisetas?), que quería hacer de los Andes “la Sierra Maestra de América Latina”, parecían haber resucitado bajo el impulso del caudillo caraqueño.
La larga crisis que ha afectado a todo el mundo occidental, que empezó allá por 2007-2008 y cuyas secuelas todavía pesan sobre la mayor parte de los países de nuestro continente, ha devuelto una falsa esperanza a esos escondidos comunistas que sueñan con la revolución como los judíos ortodoxos con la llegada del mesías. Lo peor y más triste es que una buena parte de la generación de jóvenes desilusionados y frustrados, que desconocen la verdadera naturaleza del comunismo y que se han agarrado a sus mentiras, como a un clavo ardiendo, dispuestos a creerse sus patrañas. Un engaño total –y totalitario- que ha fracasado siempre que se ha intentado llevarlo a la práctica y que, inevitablemente, fracasará de nuevo, si algún electorado se deja embaucar por sus falsas promesas. Los creyentes del marxismo-leninismo están convencidos de que esta crisis es la definitiva, pero, una vez más, se equivocan y la libertad resistirá.
La elecciones que se van a celebrar en Grecia en unos veinte días serán la primera piedra de toque de esta nueva avalancha comunista. Los griegos son, seguramente, los europeos que más han sufrido por la crisis, por eso mismo los más desesperados. Pero sería terrible, para ellos y para la Unión Europea en su conjunto, que se dejaran arrastrar por los falsos profetas de Syriza, la máscara que ha asumido el viejo comunismo griego. Grecia entró en las Comunidades Europeas el 1 de enero de 1981, antes que España y Portugal, y como un “regalo” de Giscard a Caramanlis, aunque su preparación para ese ingreso era más que dudosa. Y con la inocultable voluntad de sus “padrinos” de alargar nuestra espera, pues se temía la competencia de la agricultura mediterránea española y los electorados agrarios franceses estaban totalmente en contra (recuérdense los caminos volcados por los “civilizados” agricultores galos).
También el país helénico se incorporó muy pronto al euro (2001), aunque la mayor parte de los expertos, estaban convencidos de que no estaba en condiciones de entrar en la moneda única. ¿Cómo iba a compartir moneda con Alemania un país que estaba a años luz de la economía germana? Lo menos que se comentaba en Bruselas es que las estadísticas que enviaba Atenas no eran fiables. Entonces se hicieron las cosas mal y debe reconocerse que los griegos no fueron los únicos culpables. Ahora ha llegado el momento de pagar aquellas viejas facturas.
El programa electoral de Syriza rezuma el populismo oportunista de la izquierda envuelto en el gastado mesianismo comunista. Eso sí, puesto al día para evitar viejos recuerdos. Quieren renegociar su deuda exterior bajo el gastado lema de “quita y espera”. Me perdona usted una parte de la deuda y el resto se lo pago pero mucho más tarde. Pero, ¿por qué se van a avenir sus acreedores a las exigencias del carismático Tsipras? ¿Cómo piensa financiar este hombre su ambicioso programa de gasto público? ¿Piensa acaso que los mismos acreedores a los que ahora regatea el cumplimiento de sus obligaciones le van a seguir prestando más dinero, sabiendo que, visto lo visto, no van a cobrar nunca? ¿Por qué esperar a que sean los bisnietos de Tsipras los que paguen sus deudas a los bisnietos de sus actuales acreedores? Largo me lo fiais, que diría el clásico.
Promete que va a dar trabajo a todo el mundo pero su sistema espantará a las pocas empresas que vayan quedando, que optarán por marcharse de Grecia en cuanto puedan. La solución es que todos trabajen para el Estado pero, ¿cómo los va a pagar si es no es dueño de su moneda y no puede darle a la manivela de la máquina de fabricar billetes? Tsipras, que era contrario a la moneda única, dice ahora que no quiere salir del euro. Lo que no está nada claro es que los demás miembros, empezando por Alemania, quieran tenerle como socio. Nadie desea, en principio, que Grecia salga del euro, porque los acreedores tiemblan ante la hipotética perspectiva de cobrar con una moneda nacional, un nuevo dracma, devaluado hasta el infinito. Pero la hipótesis ya no produce temblores. Y Der Spiegel informa de que los alemanes prefieren que el “Grexit”, la salida de Grecia, antes que negociar al gusto de Tsipras.
Mal van las cosas en Grecia, pero desde luego con Syriza irían todavía peor. Aunque hay quien afirma que a lo mejor un Gobierno encabezado por Syriza sería la vacuna definitiva contra todos los populismos, a la vista de que estas formaciones no arreglan nada y lo complican todo. El precio sería, en suma, demasiado alto, sobre todo, también para los griegos. Algún comentarista de esos que, machadianamente, desprecian cuanto ignoran, decía en una de esas teletertulias, que afirmaciones como las que están haciendo los alemanes o las que se hacen en esta columna suponen “presionar a la soberanía griega”. La verdad es que no me veo leído y comentado por los ciudadanos griegos. Aunque, en todo caso, cada uno está en su derecho de “soberanamente” arrojarse al vacío.
El comunismo quiere volver. Sus falsas recetas todavía engañan a los más incautos. Lo que parecía imposible hace diez años ahora puede hacerse realidad si los electorados se alejan de las urnas o se acercan a ellas movidos por cualquier emoción o sentimiento y desprovistos del sentido de responsabilidad que, desde Pericles, es la seña que identifica al verdadero ciudadano. Lo neocomunistas españoles se llaman “Podemos” porque, de pronto, lo que hasta hace poco era imposible ahora lo ven al alcance de la mano. Yo no lo creo. Este país sabe muy bien que la libertad se pierde con una enorme facilidad y que recuperarla es tarea de titanes. Pero, sobre todo, es que nosotros también podemos. Y somos muchos más que ellos.
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Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
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