La clave de la crisis del Partido Popular
jueves 22 de mayo de 2008, 21:18h
Las aguas en el PP bajan muy revueltas. Tal estado de nerviosismo colectivo no se recuerda en la derecha española desde hace mucho tiempo. Lo peor de no abordar en forma y tiempo un problema serio, es que dicho problema va derivando en más y más complicaciones, hasta hacerlo prácticamente irresoluble. Algo parecido sucede con Mariano Rajoy, cuya exasperante inacción está llevando a su partido al borde del precipicio. Independientemente de las legítimas y normales luchas de poder, a pesar de la campaña que están haciendo los medios afines al Gobierno, lo que está dirimiendo en el seno del PP no es una batalla entre los sectores duros y blandos del partido. Lo que está en juego es un debate que va más allá del PP y subyace en el fondo de ambos partidos. Se trata de dos conceptos de soberanía que están enfrentados desde el Estatut, cuando empezó a plantearse la idea de confederalidad. Por un lado, el concepto de nación de ciudadanos (una idea que recorre nuestra historia desde la constitución de 1812) que tiene 200 años a sus espaldas. Por otro, el de los nacionalistas, desde 2003, que pretende cambiar ciudadanos por territorios. El intentar confederalizar el país por puertas traseras y en contra de más del ochenta por ciento de su ciudadanía está causando estragos en los partidos. El roto empezó en Izquierda Unida y el descosido es el que amenaza al Partido Popular. Antes o después le afectará al propio PSOE.
Y entre tanto, unos se quedan y otros se van. Nada que objetar a quienes se retiran, si tal decisión obedece al cumplimiento de un ciclo -como es el caso de Acebes y Zaplana, entre otros. Tampoco hay objeción contra quienes llegan a un nuevo puesto de responsabilidad, siempre y cuando tal llegada obedezca a méritos justos y no a lealtades clientelares. Por ello, no se entiende que Rajoy deje de lado a una de las personas más respetadas, ya no dentro del PP, sino de todo el arco político. La salida de María San Gil por la puerta de atrás de Génova dice bien poco de quienes pretenden hacer gala de principios políticos. Ella, que se ha jugado la vida -literalmente- por la libertad, que se ha dejado la piel por el partido en una zona tremendamente difícil, y que ha hablado siempre claro, es hoy defenestrada por una trama de oscuros intereses. Tiene razón Esperanza Aguirre cuando dice que “muy mal tienen que estar las cosas en la Dirección General de su partido para que tal cosa suceda”. Máxime, cuando en su marcha la acompañará el emblema de la lucha contra la barbarie nacionalista, José Ortega Lara, quien ha unido su destino a la presidenta del PP vasco. Poca o nula credibilidad ha de otorgarse a la regeneración moral de un partido que prescinde de dos de sus principales referentes morales.