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ENTRE ADOQUINES

Teresa Romero mintió

miércoles 14 de enero de 2015, 19:47h

Hasta ahora no había escrito sobre Teresa Romero, la auxiliar de enfermería hoy felizmente recuperada de ese terrible virus que, por cierto, sigue matando en África aunque ahora por aquí andemos ocupados en otras cosas. Y no lo hice a propósito, porque creí que en aquella polémica faltaban muchos datos y sobraba sensacionalismo. Por otra parte, en el mes de julio ya había dedicado esta columna al preocupante brote de Ébola, endemoniada lepra del siglo XXI que, además de matar en porcentajes muy altos, estigmatiza a toda la familia de la víctima; y, en caso de superar la enfermedad, al propio superviviente. Lo que ocurre es que en julio aquello aún se veía muy lejano y, en general, nos importaba aún menos de lo que nos ha vuelto a importar ahora. Aún faltaban meses para que el virus se colara en nuestras vidas y empezáramos a contemplar, primero, el trajín de ambulancias desde aviones procedentes de África a hospitales europeos o norteamericanos y, a continuación, programas especiales de distinto pelaje en los que se nos explicaba cómo meterse en un traje especial para evitar el contagio. El momento álgido llego, en todo caso, después. Con la peor de las noticias: una enfermera española que había formado parte del equipo que atendió a un misionero evacuado para su ingreso en un hospital madrileño, se encontraba infectada. Por supuesto, aquello por si solo ya era una noticia de la que se podía escribir muchos artículos. ¿Cómo se produjo el contagio? ¿Cuál era en realidad el protocolo que debía seguirse en el cuidado de tan especiales pacientes? Y, sobre todo, ¿de verdad no estaba prevista una medida tan clásica pero efectiva como la cuarentena?

Sin embargo, lo primero era ver cómo evolucionaba el estado de salud de Teresa Romero. De Perogrullo, me dirán. Claro que sí, les respondo. Aunque de Perogrullo parece ahora, porque en aquellos días, cuando aún pendía sobre la enfermera la amenaza de muerte, se armó un circo de mucho cuidado y no perdimos tiempo en levantar la correspondiente guillotina en el centro de la plaza. Señalamos a los malos en cuestión de minutos, y hablar de posible concurrencia de culpas – o si prefieren, de responsabilidades – se consideraba una especie de ultraje contra quien sufría en sus carnes una enfermedad con instinto asesino. Teresa Romero lo había hecho todo bien. Más aún, lo que su entorno decía iba a misa. Que la médico de familia que la había atendido en el centro de salud de Alcorcón aseguraba que Romero en ningún momento había advertido de su contacto con un enfermo de ébola, guillotina para ella. Y eso que se trataba de algo impensable, porque ningún médico en su sano juicio habría mandado a casa con paracetamol a un paciente con dicho perfil. Aunque solo fuera por su propia seguridad y la de quienes trabajaban allí ese día. Ya ni hablemos del consejero de Sanidad. Él sí que vio rodar su cabeza por decir que Romero había mentido a los médicos que la atendieron. Que, además, el señor consejero era declaradamente torpe a la hora de elegir sus frases, quizá en un vano intento de que se le escuchara entre tanta peña enfurecida, en eso estamos de acuerdo.

Mientras Romero aún luchaba contra el virus, fuera, en la plaza, empezábamos a quedarnos sin chicha ni munición. De modo que cuando, finalmente, se recuperó lo bastante como para atender en persona a los medios puede que se viera desbordada por el aluvión de preguntas que solo buscaban confirmar la historia que ya se había convertido en oficial. ¿Advirtió a los médicos del centro de salud de Alcorcón de su contacto con un enfermo de ébola? “Sí, sí, sí”, contestó rotunda. Ya no había más que hablar. O parecía que no lo hubiera. Agotado un asunto, había que pasar al siguiente. Solo que para la médico de familia a quien Romero afirmaba haber advertido, aún quedaba un tema bien pendiente. Y, por fortuna, no se amilanó. ¿Por qué iba a quedar ella como una profesional incompetente y, sobre todo inconsciente, cuando estaba segura de que lo declarado en público por Teresa Romero no era cierto? Y no solo en la radio o en la televisión, también a través de un comunicado que emitió el despacho de abogados de Teresa, donde no solo se insistía en que Romero advirtió del riesgo, sino que además llegó a alcanzar picos de fiebre que rebasaban el umbral fijado en 38.7 grados centígrados. ¿Tampoco dijo la verdad a sus propios abogados?

Este miércoles, por fin, hemos sabido que la auxiliar de enfermería mintió. No lo digo yo, lo ha dicho ella. En el acto de conciliación previo a la querella que la médico iba a presentar si Teresa no se retractaba. Ignoro las pruebas con las que contaba la otra parte, pero Romero ha tardado menos de dos horas en salir a la calle después de haber admitido que mintió. Y, por supuesto, ha tenido que hacerlo también de la misma forma. Es decir, públicamente. A las puertas del juzgado, porque así lo ha establecido el acuerdo que acababan de firmar ambas partes, Romero ha leído un comunicado que, por desgracia, no tendrá tanta repercusión como aquellas otras declaraciones que en su día provocaron un tremendo escándalo.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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