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INQUISICIONES

París y sus simplificaciones

Luis de la Corte Ibáñez
jueves 15 de enero de 2015, 20:33h
Actualizado el: 16/01/2015 10:07h
Como no podía ser de otra manera, los graves incidentes ocurridos en París la pasada semana han reactivado el debate público acerca de un terrorismo al que nos venimos enfrentando desde hace años. Desde luego, atender a los males que se ciernen sobre nosotros y buscarles explicación es siempre preferible a vivir como si pudieran dejar de existir por el mero hecho de ignorarlos. Nada habría que objetar, por tanto, a los esfuerzos por comprender la tragedia. Incluso quienes sólo se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena pueden tener algo interesante que decir. Sobre todo si lo que dicen proviene de la reflexión y no de un mero reflejo condicionado. Sin embargo, muchas de las opiniones vertidas en las horas y días posteriores a la crisis francesa caen en simplificación, algunas sumamente preocupantes.

Por costumbre y economía mental, el cerebro humano simplifica sin parar, también en parte porque filtra e interpreta los hechos ajustándolos a esquemas e ideas preconcebidas. Nuestras competencias para sobreponernos a tales tendencias (es decir, para reflexionar con rigor) sólo se aplican (con límites) a propósitos y circunstancias específicas. Para colmo, impresiones fuertes y reacciones morales como las provocadas por episodios inesperados de brutalidad y tensión, al estilo de los acaecidos en París, estimulan conclusiones de urgencia a las que autores y receptores se agarran como el náufrago a su tabla, tomándolas por evidentes sin haberlas sometido a revisión alguna. Todo esto es normal, más o menos consabido y hasta cierto punto irremediable. Convivimos con nuestras simplificaciones porque en cierto modo nos resultan útiles. El problema surge cuando la lectura de ciertos sucesos a partir de ocurrencias y argumentos prefabricados alcanza a informadores, líderes de opinión, expertos (reales o presuntos) o incluso profesionales de la materia y decisores políticos. Para muestra, veamos algunos de las simplificaciones que se han podido leer y escuchar en los días pasados en respuesta a los ataques de París.

¿Un nuevo 11-S? La crisis de seguridad provocada por los hermanos Kouachi y Amedy Coulibaly ha sido equiparada en varios titulares de prensa a los atentados del 11 de septiembre de 2001. Si ponemos la comparación en números 17 víctimas mortales cayeron en Francia (además de los tres terroristas) mientras que 2.973 perdieron sus vidas por los ataques del 11-S. Si atendemos a los aspectos operativos tenemos de un lado tres acciones llevadas a cabo en la sede de un semanario, un supermercado, una gasolinera y varios espacios abiertos, perpetradas por dos terroristas sumados a un tercero (aunque quizá asistidos por algunos colaboradores más), todos nacidos en Francia. Y frente a esto un plan terrorista ejecutado por 19 individuos distribuidos en cuatro equipos, todos ellos extranjeros e introducidos en Estados Unidos desde el exterior. Sujetos que lograron secuestrar cuatros aviones comerciales y estrellar tres de ellos contra varios de los edificios más emblemáticos del país. Aunque los ataques en Francia hayan logrado mantener en vilo a franceses y europeos durante casi tres días y secuestrado la atención mediática mundial, como así lo hiciera el 11-S, ¿de verdad resulta sensato igualar uno y otro caso? Al igual que los incidentes protagonizados en los últimos años por individuos aislados o pequeñísimas células en Europa, Norteamérica y Australia, el atentado contra los periodistas del semanario satírico de París constituye precisamente una alternativa a la opción de espectaculares ataques con aviones u otras redes de transporte atestadas de ciudadanos que Al Qaida trató de promover en la anterior década (de los que el 11-S fue paradigma). Por cierto, sin volverlo a lograr en ningún país occidental después de 2005. Por lo demás, podemos suponer que la comparación con el 11-S les habrá encantado a los abanderados de la yihad pues contribuye a facilitar el objetivo buscado por cualquier atentado: su magnificación.

Guerra de religiones (o el problema es el Islam). El mismo día en que los Kouachi mataron a 12 personas en la sede de Charli Hebdo quien ahora escribe quedó perplejo al escuchar a un tertuliano afirmar en un plató de televisión, como si de un profundo experto en cuestiones teológicas se tratase, que aquel cruel asesinato venía a demostrar que estábamos o seguíamos involucrados en una “guerra de religiones”. Seguramente hablando de oídas, aquel profesional de la opinión recuperaba una famosa idea que proliferó nada más caer las Torres Gemelas: en realidad una vulgarización del pronóstico elaborado en la década de 1990 por Samuel Huntington bajo el famoso título “choque de civilizaciones”. La popularidad de la etiqueta acuñada por el politólogo estadounidense se debe en buena medida a su fácil encaje con los prejuicios que efectivamente contribuyen a viciar las relaciones entre personas y grupos de distinto origen y/o confesión pero también a su coincidencia perfecta con la cosmovisión victimista y belicosa que enardece a los propios yihadistas. Por su lado, quienes desde fuera de la familia islámica asumen también la tesis civilizatoria se dejan ganar con facilidad por la asociación lineal entre terrorismo e Islam, para cuya promoción nunca faltan voluntarios dispuestos a desempolvar cualquiera de las reliquias argumentales y simbólicas preferidas por los yihadistas: desde los episodios más atroces de la historia de la dominación islámica hasta los pasajes más agresivos inscritos en el Corán (omitiendo, por supuesto, las azoras que ese mismo texto consagra a la concordia). Pero lo cierto es que la idea de la guerra o choque entre Occidente y la denominada civilización islámica tergiversa la propia naturaleza del terrorismo que enfrentamos. Primero, porque alimenta la confusión de los yihadistas con una comunidad de 1.500 millones de personas. Y segundo, porque la mayoría de las víctimas de la violencia a la que nos referimos caen dentro de esa comunidad. Sin embargo, podrían contarse por cientos los comentarios vertidos esta última semana sobre los atentados de París que cifran en el Islam todas las claves del problema. Demasiado fácil.

No hay problema alguno en el Islam (o la religión no cuenta). Otro argumento de amplia circulación, antes y después de París. Entre sus usuarios más corrientes se incluyen muchos musulmanes de buena voluntad. Indignados por los crímenes que otros perpetran en nombre de su fe y preocupados por el daño que el terrorismo pueda hacer a la imagen de su comunidad, afirman que los yihadistas no están realmente inspirados por la religión sino por otras causas y propósitos. Por su lado, sea por convicción, temor a ofender o por mera corrección política, muchas personas ajenas al Islam niegan igualmente cualquier conexión suya con un terrorismo que prefieren explicar apelando a objetivos políticos u otros factores alternativos o complementarios: odio, frustración, locura, incluso codicia. En palabras del imán que hoy dirige la mezquita londinense de Finsbury Park, otrora centro de congregación para islamistas radicales de toda Europa, quien hace algo como lo de París “no pertenece a ninguna religión”. Pero quienes así piensan nunca han demostrado que los reclamos religiosos de los yihadistas sean impostados. Por el contrario, lo que está perfectamente probado es que no existe una sola versión del Islam, sino muchas. Y que como consecuencia la historia entera de esa religión está atravesada por conflictos internos inspirados en controversias religiosas como las que enfrentan a suníes contra chiíes, a liberales y modernistas contra islamistas y salafistas e incluso entre estos últimos a partidarios de la Dawa (predicación misionera) o del activismo social y político contra promotores de la yihad guerrera. La yihad expresa un conflicto, en efecto. Las discusiones sobre si el Islam verdadero es el que promulga la paz o la guerra interesan a sus practicantes pero no pueden negar la fe sincera de unos u otros. Tampoco la de quienes asesinan en nombre de Alá. El problema no reside en el Islam sin más. Pero sí en alguna de sus formas, por suerte sumamente minoritaria.

El desarraigo como causa. Esta idea tiene defensores que coinciden en el diagnóstico pero difieren radicalmente en su explicación. Lo común entre ellos es suponer que el extremismo violento no expresa otra cosa que un problema de integración (social, política, cultural, etc.): integración de los musulmanes inmigrados a Europa y de sus descendientes (los llamados inmigrantes de segunda generación, tercera, etc.). De haberse integrado con éxito las tensiones y la violencia no tendrían lugar. Pero los musulmanes (o una porción de estos) residentes en Occidente no se integran: bien porque por cultura o carácter no quieran ni pueden hacerlo (versión xenófoba/islamófoba), bien porque padecen el rechazo y la discriminación de las mayorías (versión victimista) o bien porque no terminamos de dar con la formula para conseguir dicha integración (versión reformista). Sería absurdo negar la dificultades que todavía plantea la integración de ciertas personas o incluso de algunos de los segmentos poblacionales que conforman las diásporas originarias de países islámicos. Con razón unas veces y sin mucho fundamento otras, las políticas de plena asimilación son experimentadas por algunos musulmanes como discriminación mientras la propuesta multiculturalista tiende a crear guetos que pueden consagrar la separación de la minoría respecto de la mayoría. La existencia de suburbios y bolsas de marginalidad mayormente habitadas por población islámica situadas en la periferia de numerosas ciudades europeas (y asimismo en nuestras dos ciudades enclavadas en el norte de África) suponen un problema indudable todavía pendiente de solución. Dicho esto, la hipótesis que vincula desarraigo con extremismo y violencia puede haber recibido más crédito del que merece. Un profundo conocedor de la Europa islámica como el profesor Oliver Roy acaba de advertir que los problemas de integración que se atribuyen al colectivo musulmán en Francia están mucho menos generalizados de lo que se acostumbra a creer. No es cuestión de opiniones sino de números. Y las estadísticas revelan que la radicalización no está afectando al núcleo de la población musulmana francesa sino a una parte marginal de su juventud. En consecuencia, los terroristas y sus simpatizantes no constituyen realmente la vanguardia de esa comunidad sino todo lo contrario. Pero no es esta la única razón por la que la igualación del yihadismo con un problema de integración resulta insatisfactoria. Desde luego, el desarraigo puede alimentar el extremismo violento y así ocurre a menudo. Pero hágase el lector dos preguntas. ¿Por qué sólo una minoría de entre los musulmanes que viven en Occidente que se sienten discriminados o excluidos no se arrojan en brazos de los yihadistas e incluso reprueban sus actitudes? ¿Y cómo se explica que la mayoría de los yihadistas no hayan vivido la experiencia de la diáspora y se hayan radicalizado en países islámicos? La respuesta a ambas preguntas es la misma: porque el desarraigo no es causa suficiente ni tampoco necesaria para forjar extremistas.

Fracaso de las agencias de seguridad. Por una vez en este artículo nos atrevemos a comulgar, aunque sea parcialmente, con una frase hecha. La previsibilidad de los ataques terroristas varía significativamente en función de su autoría, del escenario y los métodos elegidos, entre otros factores. Un atentado contra la vida de personas tachadas de enemigos del Islam, sobre las que pendía una amenaza pública, realizado por individuos conocidos por las agencias de seguridad a raíz de su propia radicalidad, su vinculación a redes yihadistas, sus antecedentes delictivos y sus contactos en zonas de conflicto, y perpetrado con armas de asalto semejantes a las empleadas en otro incidente terrorista previamente protagonizado en Bélgica por otro ciudadano francés de perfil similar (Museo Judío de Bruselas, 24 de mayo de 2014, cuatro muertos) no es el ataque menos previsible de todos. Si añadimos a ello que poco tiempo antes de cometer la matanza se redujo la vigilancia anteriormente impuesta sobre sus futuros autores es difícil oponerse a la idea de que la seguridad falló en su objetivo de prevenir un grave atentado (no así luego en el de localizar y neutralizar a los terroristas). Aunque no somos muy originales: casi todas las noticias que han anunciado la consumación de un incidente terrorista en un país de nuestro entorno desde 2001 ha sido inmediatamente presentada como un fallo de inteligencia. Pocos días después de concluir los incidentes de París un periódico de tirada nacional ofrecía el análisis de un experto extranjero (a quien personalmente conozco y cuyo trabajo admiro) cuyo título decía así: "catastrófico error de Inteligencia occidental" (como podrán suponer, el autor del artículo no es occidental). Por mor de la prudencia y para evitar un alarmismo que en poco puede ayudar quizá hubiera sido preferible buscar otras palabras para adelantar los mismos argumentos (ignoro si el título es responsabilidad del autor del artículo o de quienes lo editaron, que todo puede ser). Dichos argumentos podrían resumirse así: los terroristas de París estaban conectados con AQPA (Al Qaida en la Península Arábiga), dicha estructura es la más potente filial de la organización creada por Osama Bin Laden y ha mostrado en varias ocasiones su intención de atentar en suelo occidental; por otra parte, la inusitada progresión experimentada durante el pasado año en el flujo de voluntarios radicales europeos hacia Irak y Siria habría "distraído" a la inteligencia occidental, acaparando toda su atención y retirándola de la amenaza en realidad más importante para sus países que sería la proveniente de AQPA. Conclusión: los servicios de inteligencia equivocaron sus prioridades y propiciando así la consumación de los atentados de París. Personalmente dudo mucho que el analista en cuestión pueda tildar de "distraídos" a los servicios de inteligencia con conocimiento de causa y en esa medida no parece una caracterización muy afortunada. Al menos su análisis reconoce que los recursos de los que las agencias de seguridad disponen para seguir a potenciales terroristas son insuficientes. Sin duda esa indicación añade algo de contexto a la "catástrofe", aunque no basta. Así, la explicación del fracaso de inteligencia no viene acompañada de información sobre éxito alguno de los profesionales a los que se critica, a pesar de que éstos fueron capaces de desmantelar varias tramas terroristas localizadas en Francia a lo largo de 2014. En términos más generales, antes de acusar con tanta contundencia no estaría de más tratar de plantearse o incluso averiguar cuántas personas con perfil y circunstancias similares a las de los asesinos de Charlie Ebdo están en el radar de las agencias de seguridad e inteligencia occidentales y porqué si lo están no han tratado de actuar todavía. Y es que proponer explicaciones a un suceso ya ocurrido es bastante más fácil que anticipar lo que aún está por ocurrir. Aunque frecuentemente se confunde una tarea con otra. Los psicólogos han acuñado una etiqueta diagnóstica para designar esa predisposición a interpretar lo ya sucedido como inevitable y, por tanto, como predecible. Lo llaman sesgo retrospectivo (o efecto de "ya lo sabía") y las referencias cotidianas al trabajo de los servicios de inteligencia están repletas de ejemplos suyos.

Seguridad contra libertad. A la conmoción provocada por los atentados en Francia sucedió inmediatamente en términos informativos una nueva reedición de la presunta oposición entre libertad y seguridad. A veces este debate se desata como reacción, una vez que algún gobierno decide implementar alguna medida de protección o vigilancia. En esta ocasión casi podría decirse que la controversia se reanimó de manera preventiva. En España, antes de que las autoridades francesas y las nuestras dijeran nada concreto sobre nuevas medidas a desarrollar ya se estaba anticipando que éstas podrían mermar las libertades constitucionales. Cabe agregar que este lenguaje ha sido empleado tanto por los detractores habituales de todo cambio en materia antiterrorista (o de algunos cambios específicos) como por sus defensores más encendidos. Los detractores son de dos tipos. Unos denuncian todo intento de limitar la libertad pero no por ello dejan de reclamar la seguridad que creen incompatible con aquella. Otros, más coherentes con sus propios postulados, admiten su disposición a afrontar peligros mayores a cambio de preservar las libertades que todavía disfrutan. Al otro lado están los que dicen preferir recortar esas libertades en aras de una mayor protección. Por supuesto, entre los que participan en este debate son pocos los que explicitan su personal concepto de libertad. De otra parte, la mentalidad desde la que algunos definen toda propuesta antiterrorista como recorte de libertades se fundamenta en una aguda desconfianza respecto al Estado y las fuerzas de seguridad. Y no es seguro que declaraciones como las realizadas por el ministro francés Manuel Valls, hablando de "medidas excepcionales pero no de excepción", ayuden demasiado a despejar dudas o temores. Sea como fuere, para que las frases grandilocuentes no impidan que el debate se quede en la pura abstracción habría que descender a preguntas más concretas, una vez más. Por ejemplo, ¿cuánta libertad perdemos si nuestros nombres y datos entran a figurar en un registro europeo de pasajeros o si se refuerzan los controles de tránsito en el espacio Schengen a individuos sospechosos de intenciones y vínculos extremistas? Con todo, no desechamos el debate ni lo consideramos falaz, pues ciertamente los valores a los que aspiramos pueden entrar en conflicto y lo hacen a menudo (no sólo la libertad frente a la seguridad, también la libertad frente a la justicia, la justicia frente a la paz, etc.). Sin embargo, tampoco la oposición entre libertad y seguridad es completa. Antes bien, existe cierta continuidad entre una y la otra. La experiencia del terrorismo etarra debería habernos enseñado que cuando la seguridad se reduce la libertad se resiente o incluso puede desaparecer en alguna de sus formas. Y qué mejor ejemplo que el asesinato contra los caricaturistas franceses para mostrar que aquellos que ponen en riesgo nuestra seguridad también atentan contra la libertad de expresión (y por tanto de pensamiento y conciencia).
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