Hoy en día miramos como a bichos raros a esos pocos que aún no tienen WhatsApp mientras los demás consultamos la pantallita del móvil decenas de veces a lo largo del día. Hay quien ya pone vetos al uso indiscriminado de tabletas y teléfonos móviles en comidas, cenas y reuniones (de trabajo o incluso familiares), y empieza a no estar bien visto el uso casi compulsivo del smartphone pero aún así no podemos negar que nos ha facilitado la vida en no pocos aspectos. El problema es que esta estupenda y funcional herramienta, por cómoda que nos resulte, puede ser hasta perjudicial si uno no se para a pensar en lo que está haciendo y en las consecuencias que puede tener, como en lo concerniente a la educación de nuestros hijos.
Lo que se lleva entre los padres actuales es pertenecer al grupo de WhatsApp de la clase de cada niño (dos hijos, dos grupos de WhatsApp). En principio todo son ventajas, ¿no? Uno se entera de cambios de última hora, reuniones, excursiones, cumpleaños de amiguitos y… deberes. Que el niño se ha dejado los deberes en el colegio, mamá o papá lo resuelven gracias a ese maravilloso grupito. Pero, ¿se ha parado usted a pensar en lo que estamos enseñando así a nuestros hijos? Por desgracia, y por querer hacer un bien, les estamos inculcando que no es necesario ser responsable y acordarse cada día de llevarse los deberes a casa porque ya me lo resolverán mamá o papá. Luego no les pidamos que sean unos adultos competentes, comprometidos y responsables si no hemos sembrado desde la infancia…
Me van a llover las críticas, sobre todo entre algunos amigos que son padres, pero aún así creo que deberíamos dejar de ejercer de agendas de nuestros pequeños. Si el niño viene un día sin los deberes, no pasa nada, al día siguiente tendrá que explicarle a su profesor que no los lleva porque se le olvidaron y tal vez no vuelva a tener ese tipo de despiste o quizá sí, pero seguro que no con tanta asiduidad.
Y ya que reivindico desde aquí no asumir tareas que les corresponden a nuestros hijos, recomiendo encarecidamente a aquellos padres que envían solicitudes de trabajo en nombre de sus vástagos que por su bien (el de sus polluelos), dejen de hacerlo. No sólo no les están ayudando a conseguir un trabajo (es bastante improbable que con semejante tarjeta de presentación accedan a un proceso de selección), sino que les están convirtiendo en personas dependientes y, en parte, anuladas. Sí, anuladas, porque si usted es de los que envían el CV de su hijo es porque no confía en sus capacidades y 'ya estoy yo aquí para hacer las cosas bien y encontrarte un trabajo, que seguro que lo hago mucho mejor que tú porque tengo experiencia, bla, bla, bla…'. Claro que tenemos más experiencia que nuestros hijos pero si no dejamos que se equivoquen, que lo intenten y no lo consigan, que se frustren un poquito viendo cómo tardan en conseguir algunas de sus metas, tampoco saborearán sus triunfos porque en el fondo no serán del todo suyos.
Nuestros hijos son capaces, mucho más capaces de lo que queremos a veces admitir, de responsabilizarse de sus deberes, de enviar CVs a empresas, de acudir solos a una entrevista de trabajo… de, a la larga, vivir sin nosotros. En nuestro afán por protegerles del envenenado mundo exterior nos estamos pasando de rosca. Tenemos que soltarles la mano y aprenderán a volar igual que lo hicimos nosotros con o sin WhatsApp.