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ENTRE ADOQUINES

Nisman, ¿el hombre que quería vivir y morir al mismo tiempo?

miércoles 21 de enero de 2015, 20:20h
Actualizado el: 21/01/2015 20:25h

Puede ser cierto que existan 1.000 maneras de morir como proclamaba el sensacionalista título de aquella serie de docuficción de la cadena estadounidense Spike TV, pero resulta bastante más complicado, a priori, pensar en un número tan elevado de formas capaces de inducir a una persona a que termine con su propia vida. Soy consciente, en todo caso, de que a cualquiera de nosotros se nos habrán ocurrido ya, como mínimo, tres o cuatro. Y eso en cuestión de segundos, sin necesidad de detenerse a pensar demasiado. Maneras todas terribles, por descontado. Quizás rayando en lo increíble, aunque hace tiempo que aprendimos que en ocasiones son los sucesos difíciles de creer los que con mayor soltura hunden sus raíces en la realidad. ¿Quién podía imaginar, por ejemplo, que el fiscal argentino Alberto Nisman iba a ser hallado muerto en su domicilio horas antes de su esperada comparecencia en el Congreso para explicar la gravísima denuncia que había realizado contra la presidenta Cristina Fernández y su ministro de Exteriores, Héctor Timerman? Si lo hubiera escrito un guionista especializado en el género del thriller político, incluso habríamos tachado su idea de burda y previsible. Porque en la mayoría de los filmes eso es, con alta probabilidad, lo que habría ocurrido. No tengo tan claro, sin embargo, que en la ficción la muerte se hubiera presentado como un inesperado suicidio.

La acusación sin paliativos de Nisman lo había colocado, sin duda, en el disparadero, con independencia de la mano que sujetara el arma o de la mente que instara a apretar el gatillo. Él lo sabía, así lo había admitido en declaraciones al diario Clarín: “Yo puedo salir muerto de esto”. Porque el presunto “esto” era muy gordo. El informe de Nisman, cuya publicación ha impulsado el juez federal Ariel Lijo en un movimiento inesperado que ha colapsado en cuestión de minutos la web que lo alojaba, señala de manera directa a la presidenta Cristina Fernández y a su canciller Héctor Timerman como los organizadores de un “plan criminal de impunidad” para los supuestos autores del atentado contra la mutua judía AMIA en el que murieron 85 personas el año 1994. En el documento de 300 páginas redactado por Nisman hay también otros nombres, supuestos colaboradores indispensables para poner en pie una trama que supondría la creación de una “realidad alternativa”. Es decir, construir una hipótesis ficticia – quizás alguno de estos colaboradores sí sea guionista de profesión o en sus ratos libres – a base de crear pruebas falsas, con el objetivo de dirigir la investigación hacia personas inocentes y de ese modo desvincular definitivamente a los presuntos autores iraníes de la masacre.

Para el fiscal antiterrorista fallecido, el germen de tan nauseabunda y oscura manipulación tuvo su origen en la crisis energética que atravesaba Argentina en 2011. La necesidad de petróleo habría motivado el giro radical de la presidenta en todo lo referente a la investigación sobre el atentado de 1994 que durante años llevaba en marcha Nisman por encargo directo del desaparecido Néstor Kirchner. Porque fue el marido de Cristina Fernández quien, pocos meses después de llegar al poder, designó a Alberto Nisman para que investigara de forma exclusiva la masacre y a ello se dedicó el fiscal desde entonces. Nada menos que 11 años. No me digan que no parece una dramática carambola del destino. Quién podía imaginar entonces que los intereses económicos pudieran convertirse, presuntamente, en vientos que inclinaran a mirar hacia otra parte. ¿Se habría prestado a este juego veleidoso un fiscal distinto a Nisman en el caso de que su informe algún día se demuestre verdadero?

Sea como fuere, tampoco parece extraño que, después de anunciar públicamente el resultado de sus pesquisas, Nisman supiera que los callos que iba a pisar con botas de clavos no eran los de unos pies cualquiera. El fiscal se sentía amenazado y ese parecía ser el motivo que le llevó a pedir prestada a un colaborador el arma de la que salió la bala que entró por su parietal derecho, dos centímetros por encima de su cabeza, para quedarse allí alojada. O quizá no lo fuera. No lo es, por ejemplo, para la fiscal Viviana Fein, encargada de esclarecer la muerte de su colega de profesión, que analiza el hecho desde un punto de vista por completo diverso: “Supongo que cuando uno solicita un arma a un colaborador, ha decidido por voluntad no continuar. Desconozco las razones”. Curioso, ¿verdad? ¿Qué quería entonces Nisman? ¿Protegerse o destruirse? ¿Vivir o morir? Admitamos, en todo caso, que si Nisman contaba con una custodia policial de diez hombres tampoco parecía “necesario” que tuviera que dormir con un arma debajo de la almohada. A no ser que en su comprensible “paranoia” hubiera llegado a creer que el peligro se alojaba ya en sus propias filas, otro más que previsible giro en la ficción de novelas de complots.

Lo que sí ha admitido Fein es que, según la autopsia y demás pruebas preliminares, no se han hallado trazas de pólvora en las manos de Nisman, aunque a continuación no tardara en añadir que las armas de pequeño calibre como la del 22 que apareció junto al cadáver no siempre dejan este tipo de rastro. Tampoco hay nota. Al menos, de suicidio. En este cruce de informaciones confusas que suele seguir a un hecho tan trágicamente extraño, lo que sí ha trascendido es que se encontró una nota. Iba, al parecer, dirigida a su empleada de hogar para que no olvidase hacer la compra el lunes. Un lunes que no llegó a vivir el fiscal. ¿Cómo casan dos actos tan ajenos? ¿Pedir un arma prestada para quitarse la vida y al mismo tiempo dejar en la cocina una mundana lista de la compra? Disparatado, hasta que se demuestre lo contrario. Por supuesto, también la presidenta Cristina Fernández admite en la carta que subió a su perfil personal de Facebook el mismo lunes que “El suicidio provoca en todos los casos, primero, estupor, y después, interrogantes”. Y, desde luego, seguro que si los tiene, estará muy interesada en contestarlos.

No sé si realmente existen 1.000 formas de morir o si la mayoría son simplemente leyendas urbanas, pero en Argentina hay muchos que piensan que esos interrogantes de los que habla la propia presidenta son ahora mismo incontables. Lo que duele es pensar en lo efímero de la exaltación llamada opinión pública. Estos días las calles de Argentina se han visto ocupadas por ciudadanos que exigen saber qué pasó durante el fin de semana en el que Nisman, según él mismo confesó al diario Clarín, “necesitaba encerrarse y concentrarse” para estudiar su presentación ante la Comisión de Legislación Penal de la Cámara de Diputados. Cuando digo que duele lo fugaz que, por lo general, son los sentimientos que dirigen las manifestaciones, es porque siempre acaba sucediendo lo mismo. Los acontecimientos de nuestra propia vida marchan a tal velocidad que nos arrastran finalmente al olvido de aquello que no nos toca de manera directa, en el interior de nuestro círculo afectivo más cercano. No es una crítica gratuita, es la realidad. Las familias de las 85 víctimas mortales del atentado contra la AMIA aún siguen esperando una justicia en la que, para colmo, según el informe Nisman, les pretendían dar gato por liebre. A Nisman ya le llaman la víctima 86, aunque aún no se sepa de quién o de qué.

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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