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TRIBUNA

El amor por los animales

domingo 25 de enero de 2015, 18:40h
Actualizado el: 26 de enero de 2015, 13:27h

Suelo pasear a primera hora de la tarde, acompañado por Bella, una perrita rescatada del arcén de una carretera, cuando era una cría con escasos días de vida y los ojos aún cerrados. Alimentada con biberón, de pequeña era tan hermosa como una flor de almendro. Al crecer se convirtió en un perrita mestiza, de tamaño mediano y pelo corto. Con el lomo marrón y manchas blancas en la cara, el vientre y las patas, puede confundirse con un sabueso, pero su instinto de caza es muy débil. Se conforma con hacer correr a las palomas y a los conejos, sin mostrar intención de atraparlos. Es una compañera leal y afectuosa, que espera con entusiasmo nuestro paseo diario. Vivo en una casa de campo, a las afueras de Madrid. Solo hace falta subir una cuesta para acceder a la estepa castellana, con su inacabable vacío y su misteriosa belleza, que solo se revela al que ama el silencio y la soledad. La siega del pasado verano ha desnudado los campos. Solo hay un camino blanco y embarrado, que exime a los paseantes de los pedregales. Hace dos o tres tardes, alcé la mirada, buscando algún pájaro, pero la expectativa de lluvia había vaciado las alturas. No había verderones ni gorriones, con su canto alegre y alborotado. Presumiblemente, las avutardas y los sisones se habían escondido en los matorrales. Pasé delante de una casa de labranza, abandonada hace muchos años. En verano, las palomas torcaces se refugian en su interior. En estas fechas, ya han emigrado al sur. Las rapaces –halcones, cernícalos, aguiluchos cenizos- también se han marchado, refugiándose en el norte de África, con sus tierras templadas por la respiración del desierto. Las nubes parecían brevas incendiadas en un cielo nazareno. El sol era una lumbre remota, que dibujaba estelas doradas sobre las crestas blancas de una sierra azul y lejana. Ni siquiera me crucé con una liebre o un zorro. La soledad era absoluta, al menos para mis ojos viejos y cansados. Bella vagabundea decepcionada y yo me debatía con la melancolía, una vieja amiga.

Sabía que el camino se interrumpía a los pocos minutos, pero seguí avanzado hasta llegar a un punto donde solo era posible retroceder, bajar por un pequeño barranco o avanzar penosamente entre surcos. Escogí el barranco. Al fondo hay un arroyo seco, con fresnos, chopos y sauces muertos, que se quemaron durante un incendio acaecido hace pocos años. Los troncos ya no están carbonizados. Ahora exhiben una palidez fantasmal, casi de osario. Atisbé el agujero en un tronco y me pregunté si era el hogar de un búho, una lechuza o un autillo. De repente, noté que se humedecían mis ojos y la melancolía se transformaba en consternación. Sin darme cuenta, me había acercado al lugar donde apareció Descartes. Descartes era un erizo común que ha vivido ocho años en mi jardín y que murió hace unos días. Cuando lo encontré, solo era una cría que agonizaba en el interior de un tronco hueco. Bella, que en esas fechas rozaba el año, descubrió su presencia y comenzó a ladrar. No cesaba de mover la cola y escarbar, pero el árbol -muerto y petrificado- era una barrera infranqueable para sus uñas. Intrigado, me aproximé y, no sin cierto miedo, exploré el tronco con la luz de un teléfono móvil. Descubrí un bulto de color marrón que bufaba lastimosamente. Parecía un erizo, pero muy pequeño. Me había cruzado muchas veces con ejemplares adultos, especialmente en las noches de verano, cuando la oscuridad marca el inicio de su travesía diaria para buscar alimento. Siempre me había sorprendido su tamaño y su ruidosa respiración, que raramente pasa desapercibida. Es difícil no simpatizar con un erizo, con sus ojos negros, su vientre blanco y su morro afilado. Cuando levantan la cara, descubres una mirada curiosa y sin malicia. Schopenhauer explicó las relaciones humanas, empleando el símil de un grupo de erizos que combaten el frío, aproximándose unos a otros. Las púas les obligan a mantener cierta distancia, pero el calor que desprenden los cuerpos actúa como un imán. La metáfora no reproduce un comportamiento real, pues los erizos son solitarios, al igual que el filósofo alemán, cascarrabias notable y solterón empedernido. Sin embargo, la fábula expresa el miedo a la soledad y el temor de sufrir por un exceso de cercanía con los otros. El equilibrio es la solución, pero el justo medio representa la perfección y la perfección no es una meta humana, sino un sueño.

Pensé en alejarme, pero los gemidos me inspiraron lástima e introduje el brazo en el tronco. Noté las púas con la punta de los dedos, pero no se erizaron ni opusieron resistencia. Cuando al fin pude agarrarlo, el erizo se estiró en las palmas de mis manos, casi como si fuera a desmayarse. Siempre he convivido con animales y advertí que sufría un agudo cuadro de deshidratación: piel seca y arrugada, respiración agitada, fuertes latidos cardíacos, ojos hundidos, confusión. Era un cuadro de shock, que reflejaba falta de flujo sanguíneo. Si lo dejaba allí, moriría en pocas horas. Lo envolví en mi gorro de lana y regresé a casa apresuradamente, mientras Bella ladraba sin parar. Una deshidratación es reversible, si actúas con rapidez. Abrí la puerta del garaje y busqué el biberón que había utilizado para alimentar a Bella. No sé si es el síntoma de un incipiente síndrome de Diógenes, pero tiendo a conservar los objetos con cierto valor sentimental, por muy insignificantes que sean. Cuando recogí a Bella, el veterinario me advirtió que sus posibilidades de sobrevivir eran escasas y que solo se salvaría alimentándola cada dos horas, lo cual me obligó a interrumpir mi sueño durante semanas con un despertador y a utilizar como guardería el departamento del instituto donde impartía filosofía, aprovechando los huecos entre clase y clase para darle el biberón. Si no hubiera obrado de ese modo, Bella habría muerto de hipoglucemia. El director del centro y el inspector de zona eran buenas personas y no pusieron ningún inconveniente. Los padres no se molestaron y los alumnos me ayudaron encantados. Bella salió adelante, pero ahora me enfrentaba a un nuevo reto y ya no se trataba de un perro, sino de un erizo. El destino y mis manías se habían aliado para salvar al biberón de su previsible condena al cubo de la basura. Era una buena señal. El pequeño erizo colaboró desde el principio, mordisqueando el chupete. Dos días más tarde, se hallaba totalmente recuperado y se paseaba por la cocina, buscando algo que comer. Bella aceptó su presencia, sin molestarle, salvo para intentar jugar, algo que nunca consiguió. El veterinario me dijo que podía alimentarlo con pienso de gato pequeño, pero me advirtió que era un animal salvaje y que la ley prohibía conservarlo como mascota. El erizo aceptó el pienso encantado. En menos de una semana, su volumen y su peso se habían incrementado notablemente.

Lo saqué al jardín y le abrí la puerta invitándole a regresar a la naturaleza, pero no mostraba ningún interés por alejarse. No sin mala conciencia, lo llevé al campo y lo dejé en libertad, pero a las pocas horas lo encontré de nuevo en el jardín. Había empujado una precaria alambrada con el hocico, levantándola unos centímetros. Era un hueco insignificante, pero suficiente para su cuerpo elástico y menudo. Bella ladraba encantada, con la alegría del que recupera a un amigo. A los pocos minutos, el erizo comía otra vez pienso de gato. Me acosté y por la mañana comprobé que seguía en el jardín. Con unas hojas y unas ramas, se había construido una especie de nido y dormía tranquilamente, roncando a pierna suelta. Compré un bebedero para conejos y lo sujeté en la pared de la casa con un clavo. El erizo aprendió a usarlo enseguida, demostrando una inteligencia despierta y un agudo sentido de la supervivencia. Pasaron las semanas y, salvo algunas escapadas, se pasaba la mayor parte del tiempo en mi jardín. De día, dormía; de noche, husmeaba por los rincones y se comía su ración de pienso. Hablé con el padre de un alumno, que era guardia civil, y le expliqué la situación. Se rió y me comentó que debería avisar a Seprona, pero me aclaró que yo no retenía al erizo, por lo cual no me podían acusar de mantener en cautividad a un animal salvaje.

-Tienes un okupa en tu jardín –comentó, divertido-. A ver qué haces.

No hice nada. Cuando llegó el invierno, compré una caseta para perros y coloqué hojas secas en su interior. El erizo entendió que era el lugar idóneo para hibernar y se enterró entre las hojas, iniciando su período de letargo. Durante ocho años, comió, paseó, dormitó e hibernó en mi jardín. Comía de mi mano, aceptaba mis caricias, y si me sentaba a su lado, trepaba por mis rodillas, alzando el hocico para mirarme a los ojos. Yo pensaba en el zorro domesticado de El principito, explicándole al joven de pelo rubio y ojos soñadores que domesticar significa en realidad “crear vínculos”. “Si tú me domesticas –explicaba el zorro-, tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo… Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sol”. Algunos me acusarán de sentimentalismo, pero el zorro de Saint-Exupéry ya contempló esa posibilidad y preparó una objeción irrebatible: “sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos”.

Cuando entendí que el erizo no se marcharía de mi jardín, salvo para breves excursiones en época de celo, decidí ponerle un nombre. Era un macho y Descartes me pareció una buena opción. Hegel escribió: “la lechuza de Minerva inicia su vuelo al caer el crepúsculo”. Desde entonces, la lechuza es el animal emblemático de la filosofía, pero yo creo que el erizo, solitario y ensimismado, dubitativo y profundo, expresa mejor el espíritu filosófico, que siempre incluye el anhelo de Dios, hasta cuando niega su existencia. Me atrevería a decir que el erizo es un ermitaño, aficionado a la contemplación y al silencio. Cuando empezó el actual invierno, Descartes hibernó, pero por causas que desconozco abandonó la caseta hace unos días, se ovilló al pie de una acacia y se le paró el corazón. Ahora entiendo que hace unos días no me acerqué casualmente al lugar donde nos encontramos por primera vez. Había caminado hasta allí para decirle adiós.

Al volver a casa, me senté en el jardín, que me pareció insoportablemente vacío. Bella se colocó a mi lado. Ya ha cumplido nueve años. Tiene el hocico cubierto de canas y ha perdido vitalidad, pero aún corre si le arrojo una pelota. He enterrado a Descartes al pie de la acacia. Estoy seguro de que esta primavera sus flores serán más blancas y luminosas. Algunos no entenderán mi tristeza. Su incomprensión me recuerda a Doña Domitila, que no aceptó a Platero en la escuela, alegando que no sabía nada de gramática ni de aritmética. Es cierto, pero el problema no era de Platero, “el borriquillo niño que también entendía a los niños”, sino de la maestra, que “se había dejado secar el corazón y no sabía nada de ternura, ni de amistad”. Sé que Francisco, juglar de Dios, le habría abierto la puerta –del aula y del cielo- a Platero, a Descartes, al zorro de El principito y a todos los que son capaces de “crear vínculos”, pues donde hay amor, hay sabiduría.

Rafael Narbona

Escritor y crítico literario

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