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TRIBUNA

¿Y si Grecia fuera como España?

lunes 26 de enero de 2015, 13:19h

En Grecia ha vencido de forma abrumadora la ultraizquierda de Syriza. Con la mayoría de los candidatos de Amanecer Dorado en prisión, supongo que en términos prácticos tienen más que asegurada la mayoría absoluta.

Han ganado con un relato, como se dice modernamente, para superar la crisis económica, y también institucional y de valores en la que vivimos.

No escribiré sobre la crisis económica pues de todos es sabida y percibida, aunque si de las dos últimas, la institucional, y la de valores. Veamos estas tres crisis como tres escalones. El primer escalón, la terrible crisis económica da pie al segundo escalón, la crisis institucional, y pone en evidencia la tercera, la crisis de valores.

La crisis institucional
Las recetas de la crisis se han impuesto sin seguir los mínimos procedimientos democráticos. Oscuras troikas que establecen programas de rescate; concesiones de créditos a última hora, invisibles apelaciones, “pelotazos” con la deuda soberana, personajes despreciables que se pasean por el mundo arruinando estados… es lo que se denomina la democracia de los acreedores frente a los ciudadanos. Parece como si la soberanía nacional residiera en la City o Wall Street, o Davos, y no en el viejo caserón de la Carrera de los Jerónimos. Es lo que el profesor Streeck denomina la lógica de los mercados frente a los deseos de los ciudadanos. En cristiano, quien tiene agobios de deuda, y los de Europa en algunos países son desorbitados (España por ejemplo y no es de los peores, debe ya más de tres veces su PIB si se suma la deuda pública y la privada); pues bien, como decía quien tiene agobios de deuda tiene poca libertad de maniobra y necesita que le dicten recetas, no políticas. Esta es la crisis institucional.

Si como en el caso español le añadimos el problema terrible de la corrupción, tenemos un problema añadido de legitimación en lo poco en lo que mantenemos de soberanía. Es muy difícil creer a un golfo.

La crisis de valores
La crisis de valores es mucho más compleja. El mundo ha cambiado. El eurocentrismo, incluso occidentalismo es cosa del pasado. El peso de Europa, y cada vez más de los EEUU, en el mundo se empequeñece. Y nuestros valores, los valores europeos están constantemente puestos en duda: La seguridad en el empleo y en el trabajo, los horarios y calendarios de trabajo razonables, la sanidad y educación universal, los colchones sociales, la educación humanista, el ocio, el ecologismo, las infraestructuras al alcance de todos. Hay dudas que la gran vida europea –seamos orgullosos de ello- pueda perdurar.

Syriza, y Podemos, en esto nos parecemos a los griegos, se han aprovechado de la crisis económica para denunciar la crisis institucional, y dar al menos, una ilusión de solución a la crisis de valores. La solución es la habitual entre los ultras: romper con todo, para crear un nuevo mundo. Aunque se vistan de corderos socialdemócratas, lo que viene es ruptura, aislamiento, totalitarismo, y unas consecuencias impredecibles, pero que serán terribles.

Pero lo que proponen implica acelerar aún más la crisis de valores. Si Syriza rompe las reglas del juego, se va del Euro (o es expulsada), la catástrofe será aún peor: será imposible que garanticen los valores europeos por los que precisamente han llegado al poder. El aislamiento, (la albanización como se llamaba a estos procesos hace décadas) implicará un daño terrible para la población. Las consecuencias de la austeridad dictada hoy por los mercados serán un chiste comparadas con lo que les espera a los pobres griegos.

Ante el desquiciamiento del PSOE, en España sólo queda el PP. Y el PP tiene que recuperar a sus votantes y atraer al voto moderado de izquierda para parar este disparate. Tenemos que incidir en el relato que se ha empezado a elaborar este fin de semana en la convención del PP. Rafael Hernando puede hacer una grandísima labor en este sentido. Hay que recuperar certezas democráticas para el electorado. Por ejemplo, España no pasó por el rescate porque el presidente del gobierno en uso de sus atribuciones democráticas le ganó el pulso a la lógica de los mercados, y nos ha ido mejor. Este es un primer paso. También hay que pelear en Europa para elaborar un programa para aclarar cómo vamos a pagar lo que debemos.

Y hay que construir un programa de futuro, la gente tiene que saber que estamos ya en a un mundo mucho más precario e inestable, líquido: donde el empleo estable para toda la vida es cosa del pasado; que habrá pleno empleo si hacemos las cosas bien; que los gobiernos deben ser más pequeños y flexibles para asegurar los derechos básicos: educación, sanidad, pensiones, seguridad, cobertura social, políticas de integración. Esto es clave: un mundo de empleo precario y variado pero con un Estado diligente que recoja a quienes se quedan fuera y que garantice la igualdad de oportunidades.

Un estado donde la transparencia es una exigencia constante para legitimar el poder ante los esforzados, y a veces desconcertados, ciudadanos. Transparencia que implica honestidad y también claridad en las políticas. Y que la tecnología, como lo hace actualmente, lo invadirá todo. Y que será un mundo donde casi todo será exorbitado, el mundo del hiper estímulo, y que producirá grandes ansiedades para lo que será precisa una educación de mucha más calidad para producir ciudadanos conscientes y con criterio. Tecnología y educación serán absolutamente claves.

Al final es un problema de actitud, de ser optimista o pesimista. Y de liderar el optimismo. Nuestros dirigentes no pueden seguir igual de desconcertados que la ciudadanía, pues se tenderá al fatalismo. Una encuesta bastante cachonda que circula por el Reino Unido establece que el lector del Guardian (el equivalente más o menos de El País, y los multimedias afines como la Sexta) está en contra del 86% de las cosas que dan placer en la vida. Esta encuesta tiene mucho que ver con la actitud hacia la vida que impregna a quienes montan un movimiento político desde la crítica y sin proponer política alguna que tenga la más mínima base.

A mí personalmente, el mundo en el que estamos con sus muchos defectos, me gusta. Nadie duda que tenga sus retos, sus incertidumbres y sus problemas; pero que es mucho mejor tampoco se puede poner en duda. Un dato para cerrar, la denostada globalización ha traído mucha prosperidad al mundo, y para todos, para los ricos y para los pobres: las personas que viven en la miseria se han reducido a la mitad en los últimos treinta años. No hay nada más que recordar como estaban China, India, Brasil o Sudáfrica hace veinte años y como están hoy. Queda mucho por hacer, muchísimo; pero nada se va a conseguir con experimentos. Experimentos que además no lo son, pues son viejas y destartaladas realidades que se han probado demasiadas veces con consecuencias terroríficas.

Luis Asua Brunt

Abogado, empresario

Abogado, empresario. Estudio en la Complutense y London School of Economics . Ejerció la abogacía en Londres y a su vuelta, 13 años en la cosa pública: 12 como concejal en Madrid y 1 como Viceconsejero de Medio Ambiente y Ordenación del Territorio. Su último comentario: “Ah y no vuelvo ni a tiros a la política”.

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