La muerte de un sacerdote ejemplar en cualquier extremo de su ministerio y de pulsiones y planteamiento “liberales”, perteneciente a una congregación de acreditada fama ultraconservadora, conduce al articulista –siempre reluctante a transitar por los terrenos de su especialidad profesional- a reflexionar -bien que volanderamente- sobre el fenómeno del integrismo, de roborante salud a lo largo de toda la contemporaneidad eclesial, española y universal. Obvio es que, en verdad, dicha circunstancia desborda el ámbito personal, proyectándose en la consideración de la posición numantina adoptada por amplios sectores católicos frente al pontificado del papa Francisco. Actitud por lo demás, como es harto sabido, manifiesta y relevante desde ha casi dos siglos, cuando la andadura inicial del largo gobierno del muy popular Pío IX (1846-78) fue estimada por los “zelanti” de la época como altamente desviacionista del genuino mensaje evangélico. A partir del llamado “periodo liberal” del mandato del papa Mastai el integrismo, en su versión actual, tomará carta de naturaleza en la vida de la Iglesia contemporánea, para convertirse en uno de su ejes decisivos y en permanente tema de apasionada discusión, frente a unos adversarios –el ejemplo español es paradigmático a los efectos- ahincados con frecuencia en posiciones proclives al totorresismo…
Ante la contemplación de cualquier mirada serena, el paisaje ofrecido por la Iglesia del siglo XX es el de un terreno calcinado por la acción del integrismo en los lugares y momentos más cruciales para el diálogo con una modernidad de inmensas virtualidades para la recepción del mensaje de Cristo. La Ilustración, partera de aquélla, no cercenó las inagotables posibilidades ofrecidas por la historia para impregnar con su doctrina la realidad surgida por el formidable poder creador del hombre y la mujer a lo largo de una centuria tan hervorosa y ebullente en todas las parcelas como la ochocentista. En cualquiera de los frentes abiertos en el fatídico combate entre modernidad y catolicismo en los que la presencia cristiana fue a un tiempo inteligente y animosa, se libró con saldo muy favorable para la última. Desde el catolicismo social a la reflexión estasiológica, con el alumbramiento de un estado de Derecho, vivificado con savia de inspiración y fuentes de impecable pedigrí cristiano…
Gentes de ese talante existieron siempre por fortuna, incluso en sociedades culturalmente atrasadas en sus itinerarios contemporáneos, a la manera de España y otros muchos países latinos. Merced a su visión y afán, los canales de un mínimo entendimiento con un mundo marginado de la fe de Cristo no acabaron por obliterarse, pese al esfuerzo, en ocasiones, denodado, del lado de los sectores integristas por conseguirlo. Algunos de los pensadores católicos más insignes de la época como, entre otros muchos, los PP. Congar y Lubac, Maritain o Jean Guitton se vieron obligados a drenar gran parte de sus energías intelectuales a una actividad de inevitable corte polémico que esterilizó fuerzas de superior fecundidad en contexto menos desapacible. En España acaeció el mismo hecho, como para el abajo firmante lo rubrican el testimonio de dos personalidades amantes del color gris y del matiz como, también en una nutrida gavilla, lo fueron Joaquín Ruiz Giménez y José María García Escudero. Y, en un elenco aún más particular, el cronista no vacilaría en incluir el nombre del buen sacerdote vasco, hijo de proletario y humanista, fan del Athletic y la literatura contemporánea, cuya tremente evocación suscitara estas líneas.